jueves, 9 de diciembre de 2010

El arte también tiene derecho a ser malo (Hans-Peter Feldmann en el Museo Reina Sofía. Septiembre de 2010- febrero de 2011)



Hans-Peter Feldmann (Hilden, 1941) suele llamar a sus muestras artísticas como "Una exposición de arte", sin singularizarlas con un nombre específico. Una más, simplemente, otra de las tantas que se hacen a diario o mensualmente en los miles de museos alrededor del mundo. Asume el arte, por tanto, como algo cotidiano, estrechamente relacionado con la vida diaria, en ocasiones anónimo.

Cuando hablé de los artistas del "nuevo realismo", abordé muchos de los elementos que caracterizan la obra de Feldmann, pero, aunque indudablemente este artista alemán continúa el legado de los nuevo-realistas, en ocasiones parece poner orden en aquellas formas conglomeradas y presentaciones caóticas. Si los neorrealistas llenaban depósitos de deshechos, o apilaban objetos y desperdicios, Feldmann hace una selección de esos objetos, los ordena frente al cristal, les da una ubicación museográfica más convencional, pero no menos desconcertante.

Feldmann parte de obras clásicas como el David de Miguel Ángel o la representación de Venus para maquillarlas, pintarlas, destacar el vello de color amarillo o rojo, resaltar los labios de la escultura.








Todo lo que nos rodea puede ser considerado arte, parece decirnos. Si un par de zapatos dorados son hechos, creados, pintados, cosidos por un ser humano, como también la mona lisa fue realizada por un hombre, ¿por qué el primer objeto no ha de ser considerado arte y el segundo sí, si ambos son el resultado de la mano del hombre? ¿Por el valor estético? No, hace tiempo que en el arte contemporáneo la idea, el mensaje es más importante que la esteticidad, aunque se mantenga esa lucha enconada entre arte convencional y arte postmoderno. Si se logra hacer pensar o sentir, se ha logrado hacer arte.

Feldmann nos presenta carteles de personajes fílmicos como Tarzán, recopila y expone las portadas de muchísimos periódicos correspondientes a los días inmediatos de la caída de la torres gemelas en los Estados Unidos: los diarios exponían imágenes de la catástrofe en todas sus portadas. El desastre internacional, la incertidumbre ante un hecho tan desconcertante, puso de acuerdo a miles de publicaciones alrededor del mundo. Reúne fotos amateur, postales naif, fotocopias, juguetes, recorta imágenes de revistas publicitarias y las reúne en un marco, en forma de pastiche y colash.


El artista es un descubridor, alguien que muestra lo que ha encontrado y lo comparte. Lo que logra Feldmann cuando nos presenta un termómetro, un juguete de plástico, un zapato de tacón, o una máquina de afeitar, es extrañarnos de esos objetos que manipulamos a diario para reparar en su forma peculiar, en su hechura, en su aspecto físico, en su valor formal y conceptual. Recontextualiza esos cuerpos y les da carácter ya no solo funcional sino más bien artesanal y, ¿por qué no?, artístico.

Feldmann, además de ser un coleccionista de objetos, es un gran fotógrafo. La trivialidad de los acontecimientos que nos presentan adquieren valor artístico a través de la plasmación y el uso o la ausencia del color: la secuencia fotografiada de una mujer maquillándose, la entrada de un buque pasando por el río, una mujer limpiando las ventanas...





Aunque escribo estas palabras, he querido tomar fotos, muchas fotos de sus imágenes, y presentarlas yo también como un extraño hallazgo. Feldmann crea y encuentra lirismo en lo cotidiano. Un lirismo humilde, a veces triste; hay un hondo dolor en la (supuesta) intrascendencia de estas imágenes, que me atrae: fotografías de personas desde las ocho semanas de nacimiento hasta llegar a la edad de cien años; el papel quemado y los fósforos en una esquina de la habitación, las camas destendidas creando imágenes inesperadas, insólitas en un desorden que nos parece estético; esa trasgresión del tiempo escurridizo, la pretensión de detener los simples instantes del diario vivir nos hace reconocernos como seres humildes, como generación de hojas que un fotógrafo inmortaliza. Ese es el mayor logro de Feldmann, la exaltación épica que logra dar a lo cotidiano e intrascendente, la heroicidad y protagonismo visceral que alcanza en él lo trivial.


Feldmann se obsesiona por las partes y por temas: bicicletas, torres, labios, piernas, cabello, manos, etcétera son fotografiados y seccionados del cuerpo restante para llamar la atención sobre ellos. O reúne los tacones polícromos en círculo, fotografía las hermosas porosidades de una rodaja de pan, desarticula y desestabiliza la clásica escena del sofá que tiene encima un cuadro convencional, pero esta vez colocado al inverso, puesto al revés. Recorta el rostro de algunos cuerpos y los deja así; amplifica las huellas digitales de una mano en tinta, o toma fotos de otras fotos que sostiene con la mano, de modo que esos dedos que aguantan las imágenes se convierten en otro motivo actuante y desestabilizador dentro del encuadre.









El arte, como el revólver, también puede matar, puede herir. Por tanto, un revólver es también una obra de arte que alguien hizo. Los muñecos de plástico con los que jugamos de niños son, por derecho, representaciones estéticas de seres de la realidad. La obra de Feldmann es también un homenaje a los humanos que se dedican a hacer estas piezas y que no son famosos por la labor que hacen. El panadero, los descendientes de Geppeto en el mundo actual, los zapateros y los artesanos también son artistas y se han de reconocer como tales. Si un niño puede soñar con ellos, si una mujer luce elegante al usarlos y se siente crecida e importante, si un panadero le da forma con sus manos, el efecto nos obliga a reconocerlos como arte.

Busco el desajuste a mi alrededor, y Feldmann me ha hecho creer, otra vez, en la potencialidad inquietante de las formas ordinarias. Las obras de Feldamnn son como una puntilla en el zapato, como un accidente doméstico, como revelaciones continuas de un hombre que se extraña y se sorprende de todo lo que le circunda. Yo me he sorprendido y lo comparto.



























1 comentario:

  1. Impacto visual, curiosidad...y reflexión sobre ARTE (con mayúsculas)


    Marcial Herrero

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