domingo, 19 de diciembre de 2010

Imagen de Céspedes y del primer aniversario de Yara en Don Junípero



Del Papel periódico de La Havana creado en la última década del siglo XVIII hasta llegar a mediados del siglo XIX, la evolución de las ilustraciones en las publicaciones periódicas avanza vertiginosamente. Si en 1790 y en los primeros años decimonónicos las imágenes eran prácticamente nulas, muy escasas, se puede hablar de un desarrollo posterior que entre los años 50 y 60 alcanza un gran apojeo. Ya a mediados de los años treinta del XIX, en publicaciones como El correo de las damas o El Almendares, la tipografía y los grabados van siendo, si bien a veces repetitivos, más trabajados y de un mejor acabado estético, hasta llegar a ediciones en que la ilustración juega un papel fundamental junto al texto. Es el caso, por ejemplo, de los dibujos de Víctor Patricio de Landaluze y los grabados de José Robles en el volumen de tipos cubanos titulado Los cubanos pintados por sí mismos.

Otra de las muestras de la importancia que alcanzó la imagen gráfica, la ilustración, por medio de la que se plasman comportamientos cubanos que luego cristalizarían en los conceptos de "choteo cubano" y el "disparate", la encontramos en la labor del mismo peninsular Landaluze en su periódico Don Junípero, de carácter prohispano, defensor de la parte de la sociedad cubana más conservadora y a favor de la continuidad del gobierno de España en la isla. El suplemento se publicó a partir de 1862 y era denominado como "satírico y literario". El lenguaje de los artículos refleja una cubanía y una defensa del ser criollo, al mismo tiempo que se vinculaba a los intereses españoles.

En esta publicación que fue contemporánea con la efervescencia revolucionaria de 1868, se le hace frente y crítica a los mambises, a los principales jefes de la manigua y Céspedes será blanco de muchísimas críticas, como se evidencia en las imágenes que muestro en esta entrada.



El suplemento se hará eco de las consecuencias que traería la guerra y que irían en contra de las supuestas "buenas costumbres" de la sociedad cubana, que muchas veces, como se ve en algunas imágenes elocuentísimas, tenían que ver con el esclavismo, con el racismo y con la negación a la mezcla entre africanos y españoles. Céspedes es presentado como un oportunista e hipócrita, como un cobarde a quien poco le importa en verdad el bienestar y el futuro de Cuba, sino solo su enriquecimiento.

Véase, por ejemplo, cómo se caricaturiza el "Grito de Yara" en un poema homónimo, relacinándolo con la idea de que los insurrectos eran todos unos borrachos, y dando a entender que el levantamiento era solo un escándalo de gente alcoholizada:

[...]

Todos se esfuerzan en que beba Céspedes
aguardiente que allí llevan oculto,
que al caudillo las fáuces refrescándole,
pueda el grito lanzar fuerte y robusto.
El instante llegó: forma la pléyade
de su gefe en redor compacto grupo:
silencio sepulcral reina en los ámbitos,
ni el sonido se escucha de un murmullo.
A una... á dos... á tres... el bravo Céspedes
abre la boca al fin... y dá un rebuzno.

Juan Ortega y Girones

O también leemos estrofas como esta que hablan del supuesto oportunismo de Céspedes en medio de la revuelta:

"Si Cuba se arruina,
en cambio yo me libro de acreedores;
¡en la revolucion tengo una mina,
y ya me guardarán los salvadores!...
¡Soy General! ¡qué linda patarata!
¡Viva la libertad! ¡viva la plata!"



Este es el reverso de El cubano libre fundado en la manigua o de La estrella solitaria, la otra defensa de los intereses de otra parte de la sociedad cubana que sí creía en la lucha. No fue tan altruistra Céspedes, ya lo sabemos, tampoco fue la bestia oportunista que describe y critica Don Junípero. Pero como suele atribuírsele a Gómez: los cubanos, cuando no llegamos nos pasamos, y aquí evidentemente hay intereses bien distintos en juego, privilegios que la burguesía azucarera cubana no quería perder y con tal de desacreditar el movimiento se usan todas las armas al alcance. Y las utilizan bien, para qué engañarnos.

Pero lo más interesante del fenómeno es que entre tanta crítica, en medio del lenguaje relajado de los textos de Don Junípero, se pasea un criollismo lingüístico que fascina, un cubaneo constante que evidencia un decir y nombrar desde la isla, propio ya, que solo podrá tener paralelo en las comedias de Luaces. Las historias, los diálogos, las conversaciones entre estos personajes sacados del pueblo y de la realidad más inmediata hablan ya en cubano.

Eran crueles los redactores, con lengua viperina, no perdonaban, escriben cartas dirigidas a Céspedes donde llaman a Emilia Casanova (una de las grandes insurrectas de la primera guerra cubana), por ejemplo: Emilia Carababa de Vieja-verde ( su nombre era Emilia Casanova de Villaverde, apellido que tomaba de su esposo el novelista vueltabajero Cirilo Villaverde).

En una de las caricaturas de personajes sentados a la mesa (la que dice "Aniversario de Yara") la única mujer que aparece es, precisamente, Emilia Casanova. En realidad, la caricatura de la fémina es muy buena, como la de los demás personajes. Debajo de la figura de la esposa de Villaverde se lee:

Da. Emilia Casanova Villaverde: - Vamos, chinito, pruebe V. este pastelito de banderas hecho por mi mano.

A lo que responde Néstor Ponce de León: - Señora, ¡por Dios! ¡no mas banderas! Mire que ya estamos hartos de regalatrapitos a los voluntarios.



De forma manipuladora y mal intencionada, la palabra "independiente", la idea de "independencia" enarbolada por los mambises se utiliza para decir, por medio de imágenes acompañadas de pequeños pies de texto, que un hombre que desea justificar el adulterio dice que quiere ser "independiente" de su mujer, o que para un hijo demostrar que ya es "independiente" golpea a su madre. También abunda la burla a los propósitos de anexión a Estados Unidos, así aparece un barrendero pordiosero en las calles de Nueva York, o un caballero para seducir a una dama y conquistarla estando al día en el lenguaje le dice ¿Quiere usted anexarse a mí?



Y así, de forma interminable entre tantas "juniperadas". Lo cierto es que, además de la di-versión y del interés que despierta esta otra mirada a la realidad cubana del 1868 y el 1869, uno descubre que hay hasta en los partidarios de España una consciencia cubana, y una expresión propia bien distinta ya a la peninsular. Cuba cada vez iba siendo más una isla también en asuntos de lenguaje y de imagen.



sábado, 18 de diciembre de 2010

Viendo patinar a Javier Fernández como Jack Sparrow




Con las manos contra el hielo invisible,
hunde el pecho, se sumerge y se alza luego poseído,
acuchillando el vacío, irreverente, con su cuerpo,
como un guerrero de espadas talonarias,
de dardos nevados que escriben en la helada
un mensaje, el dibujo, algún discurso desconocido,
doloroso como todo lo impenetrable.

Desafía el polvo congelado que levanta
y no teme a la falta de equilibrio, sigue,
arremolina el mal paso, lo despeina, lo aplasta.
Elfo ebrio en la velada, Alceo de patines afilados, luciféricos,
inevitablemente bebiendo en una guardia,
espontáneo y seguro como un dios.
Contra el viento, en la altura desafiante, su cuerpo arde.

Construye el paisaje golpe a golpe;
como una aparición órfica, demiúrgica,
describe montañas, árboles,
violenta los colores de la nada,
la monótona textura de la luz
y se alza con epicidad desconocida,
en violentos tajos contra el agua.

Baila, bebe, ataca.
Baco hispano, guerrero volcánico de Los Pirineos,
pirata desvergonzado en invierno, negociador corrupto,
vuelve a la vida como salido de un viaje en alta mar,
sonríe, palpita entero y desde el oriente de su mirada
lanza una sonrisa irresistible de corsario vencedor.

viernes, 10 de diciembre de 2010

"Yo no sé escribir y soy un inocente" (Gastón Baquero)


A O.B.

"Solo sé que no sé nada"
Sócrates

Mi alumno analfabeto y yo somos iguales. Las letras, la lectura, le producen dolor de cabeza. A mí me sucede lo mismo con el lenguaje, con mi impotencia ante el misterio del lenguaje. Para comprenderlo, para que él pueda dibujar los cuerpos sinuosos y extraños de los caracteres, yo he tenido que dejar de saber mucho de lo que sé. He tenido que borrar, en su presencia, todas las asociaciones que sería capaz de hacer a la hora de impartir una clase, y viajar por el cuerpo de las letras como si fuese la primera vez que me moviera por esos arabescos que ahora mismo me parecen tan extraños, artificiales, convencionales, arbitrarios, absurdos. Frente a él de nada me serviría haber leído a Homero.

De mi alumno a Borges no hay mucha diferencia. Hay una esencia que une al docto y al que comienza a descifrar las primeras sílabas: es la imposibilidad y la agonía por el conocimiento, la palabra perdida, Borges buscando el nombre de Dios en una biblioteca infinita. El lenguaje multiplica el número de posibilidades, de mundos, de realidades, y eso fascina y enloquece. También cansa y da dolor de cabeza.

Mi alumno tiene nombre de poeta latino, de poeta expulsado, exiliado. Es pastelero y matador de cerdos. Con las mismas manos que prepara la masa de una tarta o de un pastel de manzana, o con la diestra que mata el cerdo de navidades para hacer morcillas, ahora, frente a mí, dibuja las palabras. Es como un doloroso parto. Escribir duele, y el dolor es lento. Unes eme con a y es como un calambrazo, un descubrimiento lascerante. La mano tiembla y es como si Dios otra vez dijese "sea la luz". El lenguaje hiere en los ojos, taladra las mentes, es una alimaña invencible.

Una sílaba cuesta. Una sílaba arde en la garganta a veces. El lenguaje es la suma de convenciones consecutivas. Un sonido se hace coincidir, por convención social, con un caracter, la suma de esos caracteres conforman un morfema que tiene determinada informción semántica, la unión de morfemas crean una palabra, las palabras forman sintagmas, los sintagmas oraciones, las oraciones reunidas conforman un párrafo, la suma de párrafos crean un texto, un tejido, un manto, un mundo, sucesivos espejos que distorsionan y ondulan sus referentes. El lenguaje es oceánico. En español tenemos 27 letras. Pero las convinaciones pueden ser interminables. Cada ser humano, ante el lenguaje que usa, es un demiurgo.

Todo hombre que sabe escribir, sabe pintar, tiene un estilo para pintar, porque cada letra es un dibujo, cada símbolo del alfabeto es un sol viejo y cansado, un reciclaje infinito de posibilidades milenarias y heredadas.

Quizá, para encontrar de una vez el nombre de Dios haya que comenzar nuevamente a aprenderlo todo desde la A, desde el aleph, desde el principio. La única certeza que me ha dado el impartirle clases es que estoy listo para empezar de nuevo a unir la eme con la a, a extrañarme de todos estos signos raros, distintos, dispares que se unen y forman conceptos, palabras, expresiones que si las pienso una o dos veces, me son tan incomprensibles como los jeroglíficos babilónicos. Yo le he enseñado a escribir y él me ha enseñado a dudar.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Delfín Prats: "lo mejor es que no escriban"



Al escucharlo declarar en una conversación de amigos estas ideas sinceras y desenfadadas, duras muchas veces, por lo ciertas y rotundas que son, he comprendido por qué Norge Espinosa quiso compartir con él y solo con él el espacio Confluencias que organiza en La Habana el Instituto Cubano del Libro.

Para Delfín Prats, en cuestión de escritura, lo mejor es negar y reprimir la vocación por la palabra. Mientras más se evite el verso más inevitable será. La negación de la poesía es el único modo de confirmación de que no se es obrero, sino creador.

Para decir estas cosas hay que ser muy sincero. Para ser muy sincero hay que estar loco. Delfín Prats cumple estos dos parámetros, así que lo mejor es hacerle caso:

"En realidad considero que yo ya escribí una poesía."

"Mi ideal es la anulación del yo."

"Yo no sé si en el futuro podrés escribir un poema."

"Toda esa vanidad que rodea al oficio del escritor yo no la padezco."

"Yo no soy intelectual."

"[...]está formado por fragmentos de diario, que es donde único uno es verdaderamente auténtico."

"Estos cabrones me están haciendo una entrevista."

"En cuanto a poesía. Sería incapaz... En este momento ya no tendría ninguna presunción de escribir poemas, porque avalados por mi firma van a ser publicados, pero esos poemas no agregarían nada a lo que ya escribí una vez y a los mejores momentos de la tradición poética cubana."

"Hay que negar la condición de artista."

"Tú eres alguien que sensillamente produjiste esos poemas."

"Tienes que rechazar el hecho de que TÚ eres un artista."

"Lo mejor es que no escriban."

"Si tienes una vocación por la escritura, tarde o temprano tú vas a ir por ese camino."

Un hombre celoso del verso, exigente para la Poesía, indulgente más con la plástica que con los que se dedican a la palabra. Porque la palabra le lascera, le toca demasiado cerca, y le duele ver que la tomen como un juego, como un reciclaje y no como encarnación de lo inmanente del ser, de lo genuino de la existencia y de lo experimentado.

Un hombre que ha sabido callar a tiempo antes de repetirse interminablemente. Que ha preferido la pobreza a la fama hueca.




Lo vi aquella tarde, en el edificio habanero de las cariátides, leer sus versos, organizar sus palabras y su violenta sintaxis gestual. Y no pude hacer otra cosa que cometer el error de escribir:

A D.P.*

entre un poema y otro bebe agua
espera su turno
ademanes epilépticos
manos proyectiles
el codo atado al mantel

habla y el dedo es moscón
verso mudo
en el golpe inesperado contra el micrófono
traza con el índice un mapa una figura
en esa otra página ardiente
tangencial al sonido
que es el vacío

la voz
detrás viene la tarde
como un automóvil o un árbol la voz

bajo el vaso hay un hueco en el mantel
un cigarro quizá
el abismo
a su espalda queda el mar
que encuadra la madera ronca

deponer la noche sobre el muslo mientras
el poeta rodando la voz como un neumático
habla de un lugar llamado Humanidad


Solo espero que algún día yo consiga también dejar de escribir (de arañar más bien la) Poesía, aunque no logre tan buenos poemas.

* Este poema fue publicado en la Revista Extramuros en 2009.

El arte también tiene derecho a ser malo (Hans-Peter Feldmann en el Museo Reina Sofía. Septiembre de 2010- febrero de 2011)



Hans-Peter Feldmann (Hilden, 1941) suele llamar a sus muestras artísticas como "Una exposición de arte", sin singularizarlas con un nombre específico. Una más, simplemente, otra de las tantas que se hacen a diario o mensualmente en los miles de museos alrededor del mundo. Asume el arte, por tanto, como algo cotidiano, estrechamente relacionado con la vida diaria, en ocasiones anónimo.

Cuando hablé de los artistas del "nuevo realismo", abordé muchos de los elementos que caracterizan la obra de Feldmann, pero, aunque indudablemente este artista alemán continúa el legado de los nuevo-realistas, en ocasiones parece poner orden en aquellas formas conglomeradas y presentaciones caóticas. Si los neorrealistas llenaban depósitos de deshechos, o apilaban objetos y desperdicios, Feldmann hace una selección de esos objetos, los ordena frente al cristal, les da una ubicación museográfica más convencional, pero no menos desconcertante.

Feldmann parte de obras clásicas como el David de Miguel Ángel o la representación de Venus para maquillarlas, pintarlas, destacar el vello de color amarillo o rojo, resaltar los labios de la escultura.








Todo lo que nos rodea puede ser considerado arte, parece decirnos. Si un par de zapatos dorados son hechos, creados, pintados, cosidos por un ser humano, como también la mona lisa fue realizada por un hombre, ¿por qué el primer objeto no ha de ser considerado arte y el segundo sí, si ambos son el resultado de la mano del hombre? ¿Por el valor estético? No, hace tiempo que en el arte contemporáneo la idea, el mensaje es más importante que la esteticidad, aunque se mantenga esa lucha enconada entre arte convencional y arte postmoderno. Si se logra hacer pensar o sentir, se ha logrado hacer arte.

Feldmann nos presenta carteles de personajes fílmicos como Tarzán, recopila y expone las portadas de muchísimos periódicos correspondientes a los días inmediatos de la caída de la torres gemelas en los Estados Unidos: los diarios exponían imágenes de la catástrofe en todas sus portadas. El desastre internacional, la incertidumbre ante un hecho tan desconcertante, puso de acuerdo a miles de publicaciones alrededor del mundo. Reúne fotos amateur, postales naif, fotocopias, juguetes, recorta imágenes de revistas publicitarias y las reúne en un marco, en forma de pastiche y colash.


El artista es un descubridor, alguien que muestra lo que ha encontrado y lo comparte. Lo que logra Feldmann cuando nos presenta un termómetro, un juguete de plástico, un zapato de tacón, o una máquina de afeitar, es extrañarnos de esos objetos que manipulamos a diario para reparar en su forma peculiar, en su hechura, en su aspecto físico, en su valor formal y conceptual. Recontextualiza esos cuerpos y les da carácter ya no solo funcional sino más bien artesanal y, ¿por qué no?, artístico.

Feldmann, además de ser un coleccionista de objetos, es un gran fotógrafo. La trivialidad de los acontecimientos que nos presentan adquieren valor artístico a través de la plasmación y el uso o la ausencia del color: la secuencia fotografiada de una mujer maquillándose, la entrada de un buque pasando por el río, una mujer limpiando las ventanas...





Aunque escribo estas palabras, he querido tomar fotos, muchas fotos de sus imágenes, y presentarlas yo también como un extraño hallazgo. Feldmann crea y encuentra lirismo en lo cotidiano. Un lirismo humilde, a veces triste; hay un hondo dolor en la (supuesta) intrascendencia de estas imágenes, que me atrae: fotografías de personas desde las ocho semanas de nacimiento hasta llegar a la edad de cien años; el papel quemado y los fósforos en una esquina de la habitación, las camas destendidas creando imágenes inesperadas, insólitas en un desorden que nos parece estético; esa trasgresión del tiempo escurridizo, la pretensión de detener los simples instantes del diario vivir nos hace reconocernos como seres humildes, como generación de hojas que un fotógrafo inmortaliza. Ese es el mayor logro de Feldmann, la exaltación épica que logra dar a lo cotidiano e intrascendente, la heroicidad y protagonismo visceral que alcanza en él lo trivial.


Feldmann se obsesiona por las partes y por temas: bicicletas, torres, labios, piernas, cabello, manos, etcétera son fotografiados y seccionados del cuerpo restante para llamar la atención sobre ellos. O reúne los tacones polícromos en círculo, fotografía las hermosas porosidades de una rodaja de pan, desarticula y desestabiliza la clásica escena del sofá que tiene encima un cuadro convencional, pero esta vez colocado al inverso, puesto al revés. Recorta el rostro de algunos cuerpos y los deja así; amplifica las huellas digitales de una mano en tinta, o toma fotos de otras fotos que sostiene con la mano, de modo que esos dedos que aguantan las imágenes se convierten en otro motivo actuante y desestabilizador dentro del encuadre.









El arte, como el revólver, también puede matar, puede herir. Por tanto, un revólver es también una obra de arte que alguien hizo. Los muñecos de plástico con los que jugamos de niños son, por derecho, representaciones estéticas de seres de la realidad. La obra de Feldmann es también un homenaje a los humanos que se dedican a hacer estas piezas y que no son famosos por la labor que hacen. El panadero, los descendientes de Geppeto en el mundo actual, los zapateros y los artesanos también son artistas y se han de reconocer como tales. Si un niño puede soñar con ellos, si una mujer luce elegante al usarlos y se siente crecida e importante, si un panadero le da forma con sus manos, el efecto nos obliga a reconocerlos como arte.

Busco el desajuste a mi alrededor, y Feldmann me ha hecho creer, otra vez, en la potencialidad inquietante de las formas ordinarias. Las obras de Feldamnn son como una puntilla en el zapato, como un accidente doméstico, como revelaciones continuas de un hombre que se extraña y se sorprende de todo lo que le circunda. Yo me he sorprendido y lo comparto.



























lunes, 6 de diciembre de 2010

Lo único verdaderamente nuestro













“La fraternidad de la desgracia es la fraternidad más rápida.”

José Martí




Solo la belleza y el dolor nos acercan con mayor precisión a la miseria, a lo desprotegidos que estamos. Por experiencia, he llegado a creer que la felicidad es un animal frío, despiadado, pues mientras más feliz es el hombre, más se aleja de sus semejantes. Solo el dolor permite sentir una compasión genuina para con el que sufre. Es un acto de comunicación a veces sin necesidad de palabras. En ocasiones uno amanece con unas ganas inmensas de llorar por el mundo.

Para Ortega y Gasset la comunicación es un ejercicio utópico, en tanto pretendemos sintonizar ciento por ciento con el emisor y eso, según el filósofo, es imposible. Aunque lo que ahora mismo pienso no logra rebatir la opinión del autor español, creo que solo en el dolor el hombre está más cerca de entender al otro. El dolor nos recuerda la vulnerabilidad humana.

Hay una frase terriblemente cierta, manejada con sutil y mesurado tono paródico en La última cena (1976) de Tomás Gutiérrez Alea. El conde francés ha bebido ya en aquella celebración, junto a sus doce esclavos, más de la cuenta. Entre la lucidez y la embriaguez, en esos instantes en que la lengua se suelta libre a causa del efecto del vino, en medio de un discurso esclavista deleznable y de una historia sobre San Francisco de Asís acerca del sentido de la felicidad, puesto en pie, el amo dice, en una de las escenas más cubanas que he visto en mi vida:

"[...]pero el dolor es lo único verdaderamente nuestro y eso es lo único que nosotros podemos ofrecer a Dios con alegría".

Aquí se conjuga aquella desventura zequeriana que da inicio a nuestra lírica y la amarga carcajada de Piñera en el siglo XX.

El dolor hizo llorar al que se sentó frente a su cabaña compadecido al ver pasar el cadáver de su adversario. Está, por ello, la frase "eso no se lo deseo ni a mi peor enemigo". El dolor permitió la alianza entre Príamo y Aquiles, el uno accedió a la petición del anciano, el otro besó la mano del asesino de su hijo. Es el dolor el que revela la parte más humana del hijo de Tetis. Para Esquilo el sufrimiento limpia, purifica, hace alcanzar el conocimiento. El dolor refleja en el otro lo que amamos, lo que hemos vivido. El dolor nos hace cantar desde el fondo. Oscar Wilde dice en De profundis que "somos los bufones del dolor".

Los cristianos se unen hermanados por el dolor. De esas visiones con las que crecí en una isla marcada por el éxodo y la escasez, nació este texto publicado en la revista Upsalón nro 3 de la Universidad de La Habana:

DE PROFUNDIS

Es veintiuno el siglo y los hombres no han dejado de escribir con las rodillas sobre el altar. Jehová permanece como verso desconocido. Los jóvenes cabizbajos gastan sus huesos y ropas en el cemento.

La música es una cinta de sangre en que el júbilo se ahoga.

Aquí los emigrantes golpean su rostro. Una anciana hambrienta llora por el mundo. Un joven luce sus lágrimas, rosetones góticos donde el silencio hace cicatrices.

Este es el templo del dolor.

Las mujeres abortan las noches de existencia. Los niños se adelantan: sollozan la pena que no entienden aún. Rayan sus tiernos músculos, los huesos en la roca del holocausto.

Mis ojos son ya minúsculas piedras sobre el altar.

Somos aplauso al dolor. Tributo. Máscara que nos habita. Templo de la angustia.