sábado, 27 de noviembre de 2010

El diario de Adeline



En estos días he vuelto a la lectura continua y experimento una satisfacción que ya extrañaba. Me introduzco en dos mitologías determinantes dentro de la historia de la humanidad. Una relacionada con la potencia babilónica y otra más íntima, más personal, más doméstica, estética y literaria, por ello tal vez más “imperfecta”. Pero de esta segunda, intimista y del siglo XX, es de la que quiero comentar. La llamo mitología porque el presente solo llega a ser maravilloso cuando alcanza carácter mitificador. Y a esta mujer nadie podrá negarle esa habilidad a estas alturas.

Los hallazgos literarios suelen ser en mí fortuitos: camino por una calle, entro a una librería, veo un ejemplar insólito, lo abro y desde la primera frase quedo cautivado. Hasta esta semana, luego de unos meses de avidez por sumergirme en sus páginas, no había podido dedicarme a leer, ni siquiera en los viajes de metro y tren, el diario o la selección de los diarios (más bien de los pasajes literarios) de Adeline Virginia Woolf, la “bruja eximia”, como le ha llamado la profesora cubana Beatriz Maggi.

Casi todas las afirmaciones y los análisis literarios de la escritora inglesa dentro de estas cavilaciones personales cotidianas son parciales y equívocos. Adeline se deja llevar por sus gustos, por una forma de pensar a veces radical; es subjetiva en más de una de sus opiniones, y contradictoria al hablar, por ejemplo, de la obra de Byron, al que convierte, durante las reposadas lecturas de la tarde, en “mi Byron”. Mezcla con mucha frecuencia el texto y la biografía del autor, en ocasiones de forma indiscriminada; y sin embargo, a pesar de todo lo apuntado, no podría decirse que Virginia se equivoca: en esa escritura de “vigor y desparpajo” se asoman esencias inesperadas, raptos de sinceridad humana, espontaneidad no elaborada, un carácter que se perfila. Estos cuadernos reflejan aquello que perseguía Plutarco al escribir sobre Alejandro Magno. El historiador griego dice:

“Porque no escribimos historias, sino vidas; ni es en las acciones más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio, sino que muchas veces un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirven más para pintar un carácter que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. Por tanto, así como los pintores toman para retratar las semejanzas del rostro y aquellas facciones en que más se manifiesta la índole y el carácter, cuidándose poco de todo lo demás, de la misma manera debe a nosotros concedérsenos el que atendamos más a los indicios del ánimo, y que por ellos dibujemos la vida de cada uno, dejando a otros los hechos de grande aparato y los combates.”

Esta mujer asumía el acto de la escritura como un ejercicio de disciplina. Escribía durante el día una cantidad de horas que dedicaba a la obra que estuviese creando, ensayística o de ficción. Leía incansablemente los libros de sus contemporáneos y de los antiguos. Dentro de su itinerario ocupaba media hora de la jornada a la tarea de escribir en su diario, pues lo asumía como parte de su planificación diaria. La propia autora solía regresar, pasado un tiempo, a sus apuntes biográficos y a sus pensamientos, extrañada, se sorprende de la imperfección de sus opiniones, de los errores sintácticos, de la imprecisión en el uso de algún término, al extremo de que ella misma reconoco en el propio diario, dentro de sus reflexiones metalingüísticas, que el estilo rudo y agramatical de sus apuntes la han afligido un poco.

“Quiero decir- confiesa Adeline- a quien quiera que sea que lea esto algún día, que puedo escribir mucho mejor; y que no malgaste mucho tiempo en la lectura; y que ella prohíba que hombre alguno eche la vista encima de este texto.” La autora evidencia así, que tiene conciencia y que piensa a veces en el receptor futuro, por lo que sus apuntes se mueven entre lo íntimo y lo intelectual, oscilan en estos terrenos constantemente, se entremezclan, es “medio profesional, medio familiar” como una conversación afable que mantiene con ella misma, o con un amigo muy allegado; y si no es exacta en sus opiniones (que sí lo es) al menos es sincera “al escribir a esa velocidad […] obligada a disparar directa e instantáneamente sobre la pieza, por lo que debo agarrar las palabras, escogerlas y dispararlas, sin otra pausa que la precisa para mojar la pluma.”

Adeline se refracta en Virginia. Son dos, binidad. Adeline escribe para Virginia, la imagina releyéndose a ella misma con más de cincuenta años. Porque Adeline, en su juventud, trabaja para la Virginia del futuro, la que ha de escribir sus memorias.

Es esa inexactitud en los términos, esa rispidez en el estilo, esa ausencia de la labor limae la que quiero defender hoy en estos diarios. Porque todo ello evidencia espontaneidad, ausencia del artificio que exige una obra de arte, sin dejar de reconocer que estos apuntes son muy atendibles en cuestión de estilo y de destreza literaria. Porque mientras más cotidiano se hace el acto de la escritura, más natural surge la perfección en la frase, más precisos llegamos a ser a la hora de expresarnos en el papel. Este es el largo camino que describe de modo vertiginoso el mar de palabras, los tomos interminables, esa biblioteca íntima que son los diarios de Adeline.

Su escritura irregular, contradictoria, refleja un pensamiento desbordante, una mente de pulsiones y altas mareas. Adeline se acercaba a aquellos volúmenes especulares y doblada dibujó día tras día su rostro interior, sus largos caminos discursivos, fue construyendo una inmensa casa de palabras para su cuerpo literario, para conformarse, incompleta, segmentada, intermitente, por entre las frases laberínticas y solitarias en que “pudiera barcar cualquier cosa solemne, ligera o hermosa que se me ocurriera. Me gustaría que se pareciera a una amplia y vieja mesa de escritorio, o a un capaz armario para todo, donde una arroja una masa de objetos heterogéneos, sin ni siquiera mirar lo que son”. En esa especie de casi automatismo escritural, Virginia persigue unas cuantas perlas dentro de un amplio cesto, con eso se conformaba. Paralela a las obras literarias que preparaba y revisaba una y otra vez, la escritora llevó a cabo este ejercicio de creación más desenfadado, la otra cara necesaria de su labor como mujer de letras. En vez de unas memorias organizadas y precisas, Adeline dejó, sin que Virginia pudiese organizarlo, un mar de palabras, olas de letras encrespadas y refulgentes bajo las que, con ojos inmensos y oceánicos, nos mira e interpela.

Como resumen de la obra, quiero citar al más cercano testigo de esta aventura, a su esposo Leonard Woolf:

“En 1915, Virginia Woolf comenzó a escribir con regularidad un diario. Siguió haciéndolo hasta 1941, y escribió la última anotación cuatro días antes de su muerte. Por lo general no escribía en el diario todos los días. En ocasiones, durante varios días, efectuaba anotaciones diarias, y luego seguía una laguna de una o dos semanas. Pero el diario da, durante veintisiete años, constancia consecutiva de lo que Virginia Woolf hacía, de las personas a las que veía, constancia acerca de sí misma, acerca de la vida, y acerca de los libros que estaba en trance de escribir o albergaba esperanza de escribir. Escribía en hojas de papel sin rayar, de 8 ¼ pulgadas por 10 ½, técnicamente llamadas de cuarta mayor. Al principio, estas hojas quedaban unidas por pinzas metálicas en forma de aro, pero los últimos diarios tienen todos la forma de volúmenes encuadernados. Solíamos encuadernar dichas hojas en papel sobre cartón, y el papel de la encuadernación es, casi siempre, aquel papel de colores, con una muestra, italiano, que a menudo utilizábamos para encuadernar las obras de poesía que publicábamos en la Hogarth Press, y que gustaba en gran manera a Virginia Woolf. Solíamos comprar las hojas de papel en que escribir y las hacíamos encuadernar, para que formaran los volúmenes en blanco en que Virginia Woolf escribía. En esta especie de volúmenes en blanco escribió sus novelas, así como su diario. Al morir, dejó un diario manuscrito, integrado por veintiséis volúmenes de esta clase.”


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