viernes, 5 de noviembre de 2010

Argifonte en la gruta de Cileno



Amargo el gesto del día
en que el viento se eleva,
con torpeza danzaria
y el recuerdo como ardid
como plomo calcinante
se enquista, pesa, duele.

La memoria se alza
en pilares infinitos
de Hermes mutilados.

Crióforo, Argifonte,
Psicopompo.Yo soy Argo.

Que vuelvas deshecho a mí,
mensajero, y encuentres
el regreso desde el Aqueronte.
Que los muertos no detengan tu ala,
tu espiral de gestos ascendentes,
de pose incendiaria
entre los lotos enfangados
y revueltos de la orilla.

Aunque invisible,
contra Hipólito, vengas
desenfundándote fiero.
No me golpees, dios,
ni me extirpes los tendones.
No me compares a Tifón
o a algún gigante.

Ladrón alado. Detenido en Ogigia.
Congelado en las lentas imágenes
de una isla que ya no recuerda a Odiseo.
Hay en el camino mutilación
y también la libertad engendra riesgos.

Porque todo viaje es un modo de morir.
Y Hermes acompaña al peregrino
que intenta rescatar el cuerpo de su hijo
o al que cruza las riveras del Tártaro.

En vida o muerte siempre Hermes.
A Atenas o a Roma.
A Toledo o a Madrid.
Cada ciudad guarda un Hades
que el otoño ennoblece.
Callado, íntimo.

Y luego el viento,
afilado sobre sus propios pies,
se alza, juega, gime.

Hermes es el dios más cruel
y lleva a Dionisos en sus brazos.
O filtra el viento de La Habana
desde la cúpula en la lonja.

La soledad es una estola viva,
un bailarín de tela suave
que encrespa sus pies en el cuello
y asfixia, levemente.
Hasta que caes sobre el lodo del camino,
y tus vísceras se tensan como juncos
entre los lotos oscuros de la orilla.

La soledad alza el pie, salta, duele
y entre la tierra y el labio,
entre el polvo y la lira de mis tuétanos,
una extraña melodía se abre paso.

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