viernes, 3 de septiembre de 2010

COMO EL CRISTAL



Toda la noche frotando superficies. Toda la noche pegando el paño sobre el fino cristal de las palabras. En silencio.

Qué es un oficio. El mar sobre los platos. Los nombres del menú, tan distantes, marítimos, moviéndose entre Perú y Ásia.

Toda la noche complaciendo al que se sienta en la silla y pide de comer. Comidas como el cristal. Frugalidad. Golpe del vino, de la sangre, de Dionisos refinado sobre el cristal de turno.



Vidrio es también una palabra hermosa, tal vez más dura, con una luz diáfana y violenta. Vidrio es una palabra más densa. Vidrio corta. Cristal hiere. Vidrio es de una belleza despiadada. Cristal de un golpe casi inadvertido.

Cuando en la noche las luces de la fuente juegan con el agua que incesantemente borbotea, la diosa de mármol luce de un cristal veteado, se transforma, y sus velos, sus peplos que rodean automóviles se mueven como cristal izado, como cristal receptivo al viento, como paños de cristal.

Te bajas en Bilbao, vas por el paseo principal y entras por la segunda calle. El restaurante está en la esquina.

Toda la noche con el cristal en los ojos. Sin parar. Echas alcohol y frotas. Doce, una, dos. No sé si podría hacer esto diariamente. Pero ahora no me quejo. Miro la superficie contra la luz que sale del suelo y me aseguro de que no queda mancha, de que casi la realidad se puede ver desde la copa que sostengo y froto.

Di una palabra que suene cristalina, que sea de cristal melodioso. Di una palabra sonora o calla. Mejor el silencio y limpiar las copas. Mejor la madugada y las mesas.



El agua es cristal líquido. El cristal es agua detenida, agua pulida, agua esculpida, moldeada. Tomas el paño y echas cristal sobre el agua, un poco de cristal líquido sobre el agua sólida. El cristal es escarcha estilizada, es verso limado. Estrofa de agua.

En la vigilia, a veces, escribo como si frotase el cristal. Porque el secreto está en bruñir la superficie, en moldear y abrillantar la palabra, de modo que puedas ver desde ella ese mundo pretendido, ese país que el agua insinúa.

No es por azar que la casa de Luis Cernuda en Sevilla es una cristalería. El tiempo, el fatum develan ahí un símbolo. Escribir como si tocásemos el cristal, como si con las palabras moldeásemos una vasija, una jarra, una alta copa en la que verter todo, todo, todo, de modo que al caer sobre las palabras, sobre su superficie cóncava y espejaente, la música sea como un silencio, como una suave luz que penetra y que surge de la misma oscuridad.

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