miércoles, 11 de agosto de 2010

CREDO



Antes de ver este cuadro de Hippolyte Flandrin titulado "Joven desnudo sentado al borde del mar" entre las verjas enormes del Castillo de la Real Fuerza en La Habana, como parte de una exposición itinerante de reproducciones de obras clásicas del Louvre, me había tomado algunas fotos en una postura semejante.

Triste, sí, pero no con la cabeza oculta. Y me alegra no haber conocido este cuadro antes porque tal vez, por imitarlo con mayor precisión, hubiera encogido mi cabeza aproximándola más a mis rodillas, como vencido, gravitante. Pero yo no me he sentido nunca así, y aunque gravite, tiendo por naturaleza a la altura, aunque arda mi corazón entre las banderas del viento. Es mi reacción ante lo adverso: consciente de que la vida es caer con los codos apoyados en el vacío, voy contra la gravedad. Y si he de caer, al menos me elevo antes. Tal vez por eso algunos me consideran orgulloso. Y tal vez, aunque sea de modo incosciente, lo soy.

A pesar de que el mío es un espacio cerrado, doméstico y estoy prácticamente contra la pared, miro al incierto, a Dios o a la lente, siempre al otro, porque soy, por esencia, un ser dialógico, y porque busco el salto, el destello, el maná de Dios, la salida. En ocasiones arrogante, en pose, consciente de que me observan, de que observo.

El muchacho está en un espacio natural, abierto, en el mar, al borde de la misma plenitud. Y sin embargo no puede ver, se ha cerrado para siempre. No salta, no tiene fuerzas. Se deja caer ya sin remedio. Pasó, tal vez, de ser testarudo a comprender que caerá irremediablemente y nada podrá impedirlo. Mas yo quiero arañar al menos las paredes de la nada mientras caigo.

Pero al mismo tiempo el joven de Flandrin es la encarnación genuina de un sentimiento mucho más profundo, lascerante, es la materialización de un arquetipo. Él mismo es el golpe más rotundo contra la destrucción y el tiempo. Es un sorbo de belleza sobre el lienzo. No busca ser observado, ni observar, y por ello es más genuino y atractivo. Es ajeno a las miradas, al deseo del otro. Y eso lo hace superior.

Mi coqueteo con la Tristeza, con esa dama llamada Soledad es solo un juego, es pose literaria, sentida, disfrutada. Pero la Soledad en el fondo es una bestia terrible, así que me limito solo a tantear sus bordes, sus puntadas ligeras pero incendiarias.

Después de tomarme esas fotos, inmediatamente escribí un poema que constata esa búsqueda de la verticalidad, del desprendimiento hacia la belleza, hacia lo Uno. Veleidad, ligereza, esbeltez invitan al salto, desde el cabo de Leucas o desde el malecón; desde un solar de Regla o desde un apartamento en Madrid. Es mi CREDO y hoy lo comparto, lanzo otra vez la mirada al lector, a ese hermoso "espectador de ojos terribles".




CREDO


Despídete de tu cuerpo

como si fuera una visita no deseada,

un invitado que deja de ser bienvenido

por la ya tan larga estancia.


Despídete de sus excesos

y vagos maquillajes.


Entra al doloroso

y deseado mundo de las líneas,

al credo absurdo y necesario,

a la lucha imposible contra el trono del tiempo.


Sé como el soplo o el agua esbelta

que trascienden por la levedad de su traje,

por la transparencia casi inadvertida.


Di adiós de una vez a tu cuerpo, arrójalo

como un traje ya gastado,

como madera sumergida.


Persigue la belleza como un sílex

encendido y afilado,

como un aguijón en el hueso,

como un tahalí de fuego en tu cintura.


Sé como el pez que salta sobre el banco,

como un puñal en las aguas de la noche,

hacia el origen incierto

en que un hombre te golpeó

el vientre de mármol luminoso.


1 comentario:

  1. Hermoso!

    Me recuerda a esta foto de Von Gloeden, mi favorita

    http://www.fondazionecapri.org/wp-content/uploads/2009/05/foto_wilhelm_von_gloeden.jpg

    te quiero, mi guardián

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