lunes, 26 de julio de 2010

Santa Cecilia*


Volví al teatro una y otra vez, como en Ícaros que me salvó de una de las decepciones más grandes en mi etapa estudiantil universitaria. Aquella muerta que decía "buenas noches" y golpeaba el escenario con su bastón, me devolvía el alienta en cada puesta. "Dije buenas noches" y se iba dando la vuelta en su sillón de mimbre hasta que podía ver su rostro de muerta ilustre, de sobreviviente, de sobremuriente.

El arte sublime, el arte que busca la perfección es digno de ser admirado y estudiado; pero el arte que devuelve la vida, que de un pálpito te regala otra imagen posible de tu derredor, sin endulzarlo, sin idealizarlo, transperantándolo en algo distinto y a la vez igual al mundo cotidiano; el arte en que lo ordinario se vuelve mágico, en que poder verte en los ojos de una muerta es una bofetada que descoloca todo lo conocido, ese arte es imprescindible para seguir viviendo.

Era elegante y descarada, lujuriosa y fina, grosera y elocuente. Sabía muy bien lo que vale un negro, como Diego. Una mezcla de mujer aristocrática loynaciana y de mulata irremadiablemente sata. Cecilia Loynaz podría ser su nombre.

Los versos de Juana Borrero mancillados, parodiados, traídos a escena de modo bien distinto a lo que aquella niña finisecular podía haber sentido cuando los escribió. El choteo de filósofos como Pascal, la hamaca como espacio y lugar para el pensamiento tropicalesco. La burla de aquella mujer que cantó al Almendares ("Almendares, mi río, qué se hizo de ti. Uno no se baña dos veces en el mismo... Almendares"). Nada se salvaba, todo se hundía con aquella mujer, todo regresaba en su hundimiento, y con ella uno gravitaba, con su báculo de vieja amargada y muerta, de ahogada que retorna en cada golpe de ola.


Abilio Estévez entretejía citas de autores, intertextualidades con desenfado, "¿Para usted qué es el tiempo? No, no cite a Proust, dígalo con sus propias palabras." Muchas de las referencias se mueven entre la parodia y la solemnidad, el homenaje y la burla, dos filos que el dramaturgo suele utilizar muy agudamente. Esta mujer cae de modo irremediable mientras canta al placer, a la belleza y a la vida, canta "por burlar sus desventuras", y "entre furias cayendo se divierte". Asume la muerte como un regreso incesante a la sala de teatro. El infierno es un mar encerrado en una sala de teatro: algas, lentejuelas oxidadas, telas que el salitre trasparenta, y una vida por contar, más de cien años que regresan interminablemente, sin que pueda reposar, sin que Dios le conceda el descanso.


A los muertos de paso, a los cuerpos de agua que van de camino pregunta "¿Alguien viene de...? NO. ¡Qué palabra áspera: NO! ¿Alguien viene de... LA HABANA?" Y su gesto era grandilocuente y doloroso, como cuando sentada y cantando se pincha el corazón con la aguja que cosía, o como cuando llama "hijos, vengan a cenar, hice arroz blanco, frijoles negros, tamales, ropa vieja"; espejismos todos en el fondo del mar.


Uno de los recursos que más me llaman la atención en la poética de Carlos Díaz es esa mezcla de choteo tremebundo y solemnidad grandilocuente. Y este monólogo de Abilio se presta para momentos de gran trascendencia en cuanto a lo lírico y a los gestos extremadamente teatrales. Gestos, a veces rápidos, a veces con una lentitud que hieren, palabras en ocasiones desenfadadas y coloquiales o enormes y epifánicas. O todo al mismo tiempo, porque nadie negará que "puta al fin me pongo triste" es una de las mejores frases que se ha escrito en este sentido. Agudeza, exactitud, lenguaje obsceno, sincero dolor y solemnidad: todo ello en seis palabras.


"El horizonte no existe, Venecia no existe, París es mentira. El horizonte es un muro". Hay añoranza y dolor por la isla, que es, a sus ojos e indisolublemente, epifánica y mortífera. La luz, el juego pueril con la luz, Cecilia niña transparente como la luz transfigurada en el aire. Y luego el calor, el insoportable calor de un teatro como el Trianón sin aire acondicionado, donde el programa de mano era un abanico de cartón. Nada era azaroso en esta puesta.

Jugo de tamarindo, olor intenso de los galanes de noche, flan de calabaza, una rodaja de piña, mucha zalamería, los mercados, pregoneros, la bandera izada por primera vez en el 1902. El cambio de siglo. La libertad, una adolescente que se enfrenta a los prejuicios de un padre autoritario, temible, tiránico. Una mujer que se opone a todo tipo de tiranía, la de los hombres y la de los dioses. "Me voy de la casa". La bofetada. Y entonces la vida de la calle: "Puta al fin me pongo triste. Puta al fin me pongo a decir versos de amor." Los músicos y una canción que le escribe Manuel Corona: "a veces él mismo viene a visitarnos".



Una estola de plumas blancas, un traje de perlas y las palabras, muchas palabras. Y claro, un cuerpo, una sintaxis orgánica del movimiento, una dirección experimentada detrás de cada gesto. Porque en Santa Cecilia no había nada gratuito, nada fuera de lugar. Era una puesta redonda, tan perfecta que llegaba a doler aquella mujer devuelta a las olas encrespadas de las que habían salido sus palabras. Tanto fue así que pasaron unas cuantas puestas de otras obras para que ese inmenso actor que es Osvaldo Doimeadiós pudiese quitarse el fantasma de esa mujer de encima. Con los muertos no se juega.



"Mejor sola que mal acompañada", y nos expulsaba del teatro, agónicamente, porque todo lo que había vivido, lo que había contado, la ciudad vuelta a ver en espejismos no eran más que ilusiones en las aspas engañosas y sonoras de las olas. Si la Habana tuviese otro nombre se llamaría Cecilia y sería, como esta, una santa impúdica, incorregible, agonizante y gozona.

Ahora salgo a la biblioteca a buscar el texto de Abilio para pasar otra vez sus palabras por el escenario que es toda mente humana. He escrito en ocasiones en pasado al referirme a la obra, porque esas muchas veces que regresé al teatro ya son parte del recuerdo. Ella misma me dijo en cada puesta que "vivir es ir perdiendo cosas". Dónde está esa mujer ahora mismo repitiendo su historia interminablemente, retozando sobre la luz, abanicándose, oyendo a Caruso en el Nacional o perdida en la sombra lujuriosa de la isla. No lo sé, pero la quiero de regreso. Y ese, su castigo, su infierno, su teatro inundado y en ruinas es la única manera que hoy encuentro para dar un sentido, doloroso y burlesco, a lo que significa ser cubano. En la Colonia, en la República y en el presente. Por eso su condena cíclica, su golpe rítmico sobre el fondo áspero del mar. Ella vuelve a contar lo que ha vivido, y sus palabras, como los brazos inmensos de un molino giran y confunden el presente, el pasado y el futuro.




Una isla se salva y se hunde por una misma razón, por un mismo elemento: el mar. Es su salvación y su mayor castigo. La mantiena aislada y a la vez le permite respirar ("me voy para el malecón, para algo construyeron el malecón, ¿alguien sabe si ya estaba construido el malecón?"). El mar es un ser tiránico e imprescindible para la criatura de isla. A veces, en Madrid, salgo de noche, buscando las zonas más espaciosas, más abiertas, pensando que en algún momento el mar aparecerá, porque instintivamente busco un muro, un muro al menos para poder reposar los miembros y dejar descansar la vista en la "infinita risa de las olas". A falta de mar busco el texto, para repetir aquella frase trascendente, ya no de memoria, sino con el texto delante: "no basta pasar por el arco de Belén, es necesario sentir en el pecho la humedad de su sombra."


* Puesta en escena de Teatro "El público" dirigido por Carlos Díaz que tuvo lugar en el Trianón de Ciudad de La Habana en el año 2005. Ahora, pasados cinco años, desde el recuerdo, escribo estos párrafos, porque el teatro no es solo lo que ves, es también y principalmente lo que queda en la memoria.


NOTA: Todas las citas son de memoria, como hacían Aristóteles y Platón al citar a autores como Homero y otros, y como en las obras de ellos, es posible que algunas estén parafraseadas. Nunca he tenido el texto escrito de la obra en mis manos.

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