jueves, 24 de junio de 2010

ANACREÓNTICA



Mira cómo el verde flamboyán roza los pechos incendiados de Ceres en el mediodía de la isla. Ceres decapitada custodia la ciudad en uno de los flancos de la avenida de Carlos III (nadie la llama Salvador Allende, aunque el pedestal vacío de la estatua borbónica a la que uno de nuestros locos más ilustres cantó, sea atravesado por el golpe ardoroso del Favonio). Con las manos mutiladas y de un mármol blanco que el tiempo y el sol doman durante el paso interminable de los transeúntes, sus rituales se insertan en la mirada del que pasa, en el deseo del que ahora llega a la parada a esperar, en la indiscreción del que se ha quedado en la esquina custodiando a alguien. Ese pálpito del día, de la noche que con sus pencas magulla el torso de la diosa muda, comienza a unir lo inarmónico, irrita el vacío, ritualiza con la mano del que pasa, rescata con el gesto del que fecunda los músculos y las miradas, el semblante perdido e imposible de la divinidad. Un mulato se recuesta a la base y Ceres vuelve el rostro que le falta para disimular el rubor del mármol, el estremecimiento de la piedra ante la carne dura y moldeada que tan bien imita al bronce de las copias romanas. Cómo puedo, sin contrariarme, trazar el arco ensangrentado sobre el alba de la piedra que va desde el temor al mandinga, de la aversión a los cultos de los africanos traídos en largas embarcaciones, hasta el joven moreno que ahora cruza la calle, seductivo, yabó de facciones divinas, que compite con el blanco espejeante de su camisa frente a la piedra que el sol pule.



Una fuente, cupidillos, obeliscos que custodian bajo el silencio pertinaz y caluroso de la noche estival, se dispersan por varios puntos de la ciudad. Neptuno en el malecón, tridentífero y majestuoso. Barbudo y de pecho erguido, como un guerrillero desnudo de la Sierra que el mármol ennoblece. Incendiada tú también, india de pechos duros y consistentes. Has visto crecer el asfalto, los paseos. Conoces las balas de la noche, el gesto del traficante o el violador. Y no te inmutas. Como una diosa helenística, con el bordado de tu sandalia y la mirada perdida como en los frisos de Pérgamo, podrías aplastarnos, nos aplastas y permaneces, húmeda adentro, con el agua de la isla en las entrañas. El negrito que se baña en tu fuente, los chiquillos que salpican en tus faldas semejan náufragos indolentes y desapercibidos de la zozobra. De ahí que parecieras otra imagen de la patrona, de la virgen. Pagana, sin embargo, ofreces también al fornicador y al sodomita, al “hombre muger” el agua que cure el incendio, que atenúe el fuego adquirido en la sombra del banco durante la madrugada, a falta de otro lugar al que ir.



Esta apolínea simetría del mármol, su golpe de siglos en las plazas y los muros de la ciudad, la veleidad y la insultante perfección en la forma que nos supera, tiene, tras lo callado y lo correcto, tras el equilibrio y la pureza neoclásica del blanco, un pálpito dionisíaco, un desorden, un desajuste en el labio entreabierto y oscuro, en el óxido de la máscara, en la abertura de la fuente, en el brazo que falta, en la rama plateada del flamboyán que con levedad y con ritmo golpea y oculta la figura de la diosa; un canto a lo efímero, una carrera de relevo que nos permite, en nuestro paso corto por la vida, terminar el rostro que el tiempo ha borrado, ser la mano que hurga en los velos de la noche, sentir en nuestras venas el golpe rítmico de la naturaleza contra la persistencia marmórea.

jueves, 10 de junio de 2010

El justo tiempo humano



Si hubiera sido César yo, también Bruto me habría odiado, Cicerón hubiese dado su voto y confianza a otro llamado Pompeyo o Pepe, da igual. Mis palabras imprudentes, mis comentarios agudos hubiesen ahuyentado a los míos, mis cercanos habrían acumulando resentimientos y malas intenciones por mi causa. Tal vez todo acto de soberbia, de arrogancia, de orgullo, de pretensión sobrehumana, inconsciente o no, merece una pequeña y profunda puñalada. Solo me salva el no tener poder, el no ser gobernante, pues no me ha dado Dios el fatal destino de imperar sobre otros.

Pero todo hombre es un César en potencia; las conquistas, las batallas, las victorias, las ocupaciones, las prioridades exigen sentido práctico y un raciocinio que roza lo inhumano. Al hombre poderoso no se le perdona un insulto, una negativa, un comentario imprudente, una decisión en la que salgamos desfavorecidos. Un chiste, unas palabras relajadas e inoportunas de su boca son más dolorosas y amargas para el aludido que cualesquier otras, porque se sobre-dimensionan. El pobre que alardea es tomado por loco y mueve a la risa, el poderoso que ostenta sus capacidades suma enemigos que le sonríen. Por eso todo dios que sube al trono acumula puñaladas y falsas sonrisas.

Posiblemente los dioses que nos creamos merecen, precisan, exigen una muerte tramada en secreto. Los monstruos que el hombre crea, confundidos con las divinidades, han de ser luego destruidos por las propias manos que les dieron vida, y eso es, a la larga, una autodestrucción necesaria. La mano que te esculpe a diario y por largos años te escupe un puñal en el abdomen en un instante. Y acaso lo merecías.


Cómo matar la culpa que me corresponde en el tirano, porque su espíritu, como un espectro, reproduce algo que odiamos de nosotros mismos. En qué momento se pasa de la veneración y la estima por él al odio metálico y afilado a causa de sus acciones y por el modo en que maneja la copa, en que observa el grabado sobre el oro, en que habla de forma pausada y segura, en que mueve las crines de su casco cuando entra victorioso y proclamado en la ciudad. En qué instante el tirano confunde y desvirtúa los intereses del pueblo por sus propios intereses, en qué intervalo olvida el bienestar del pueblo y piensa más en el suyo. Cómo configuramos en su rostro el mapa de un imperio, de un país. Cuándo elevó tanto la cabeza que dejó de escuchar las voces humildes. Las culpas del tirano son nuestras culpas, por eso es mejor una puñalada a tiempo. Pero todo dardo sobre su organismo ha de adentrarse con conciencia y convencimiento de que así ocurrirá cuando el que golpea llegue a ser el tirano y merezca a su vez un golpe. Todo justiciero ha de ser capaz de lanzarse contra la espada de la justicia cuando se ha convertido en lo que negó, cuando repite los errores que odió en el que lo antecedía.


Cuando el cuerpo yace ya, “trozo de barro ensangrentado”, qué lo diferencia de un pollo muerto en medio del camino o del cerdo que se apuñala sobre el césped. Todas las glorias, todo el orgullo quedan reducidos al espacio exacto que ocupa el cadáver, entre el silencio y los rododáctilos en una mañana de marzo que se representará infinitamente en el tablado.

Todo lo que amamos nos traiciona. Terminamos traicionando todo lo que ha merecido nuestra veneración. Niéguenseme entonces el poder y la fama; me sean permitidos de vez en cuando una equivocación, un comentario agudo, alguna que otra crueldad, una ironía, una imprudencia. Que mi lugar humilde haga más tenue y perdonable mi falta, que no sea magnificada ni alcance resonancias por mi posición. Y que en los Idus de marzo que me corresponden por mis culpas, por mi orgullo, por las consecuencias de mis decisiones, por ser un pobre loco y presumido, reciba esas pequeñas puñaladas que me regresen al “justo tiempo humano” que me corresponde.