domingo, 2 de mayo de 2010

Recapitulando




Sin premeditación, como caminando hacia unos árboles en que la luz se insinúa detrás, soy el más cruel de los amantes. Soy terrible cuando amo. Soy exigente cuando amo, cuando creo que la razón, como esas ramas entre los velos matinales, me susurra al oído, despojada ya de iluminismo atroz, de esas falsas esperanzas humanas en el progreso irreversible.

Como quien avanza con ojos cerrados y una lámpara encendida en medio de la oscuridad, me ha definido una amiga, una de las personas que mejor me conoce, y que, a pesar de ello, sigue amándome, sigue hablándome, me trata. A un desconocido, al de paso, al que no veré más, al que me pregunta en la calle o el teatro, o al colega que habla mal de mí entre los círculos académicos, le trato bien, me son indiferentes y por tanto no tengo nada que exigirles. Pero cuando amo soy cruel y despiadado, y eso me conduce irremediablemente a la soledad. No sé si es malo. Si la soledad es este diálogo con la luz, la ventana entreabierta a las palabras inasibles del viento, la puerta y el balaustral izados en la noche, como proa de barco hacia el futuro; si la soledad es cerrar los ojos y sentir el aire adornando el rostro, los castillos de la brisa en mis párpados, la prefiero entonces a la frustración, elijo el silencio de la vigilia a la impotencia ante la incomunicación.

Antes de salir del baño aún húmedo, antes de caminar por el corredor infinito hacia la luz (eso es la vida y esa metáfora espacial será mi compañera a partir de ahora en un nuevo hogar) yo lo había escrito: “mi elección es atroz/ la soledad y el destierro”, porque la poesía, esa infame que no se aparta ni un momento, ese artefacto de afeites y multiformas, sigue siendo un arma temible en cuanto al futuro. La poesía ha sido siempre profecía en mí, por eso cuando escribo lo hago con el vértigo y la seguridad de que el poema, ciertos poemas que hablan de situaciones que no se corresponden con el presente ni con lo vivido, me acercan de modo increíble hacia el futuro. Y le temo, pero salto, porque con esas profecías también nace en mí una seguridad inexplicable e intuitiva.

Cuando tenía trece años dejé de tirar las bolas, de tirar el trompo que nunca supe manipular bien, de batear y ser el jefe de equipo del barrio, de corretear por la zona, de jugar a los pistoleros, no volví a usar el imperfecto conativo tan frecuente entre los niños. Prefería, durante los largos apagones de los años noventa, a la luz vergonzosa de una lámpara improvisada con un pomo, luz brillante y un tubo de pasta, hacer los deberes de la escuela, leer, estar en mi cuarto. Todavía siento el olor de combustible que se derramó sobre mi libreta de matemáticas, una noche en que hacía la tarea y la lámpara se me cayó, no cambié de libreta, no podía, y la usé así durante todo el curso. 1994. Ese año fue crucial para mí, me cerré por primera vez al exterior, comencé a vestir como me gustaba y no como “debía”, y al cerrar las puertas al exterior, me abría otros espacios, a otro mundo, mientras el país hervía y mi madre lavaba con cenizas las sábanas. Hacia adentro, inevitablemente, y hasta hoy.


Leña o carbón
mi madre hierve la ropa en el patio
ceniza en el agua
ceniza que adelgaza y purifica
las sábanas
mi madre se dobla y revuelve
el viento levanta el polvo encendido
como úlcera en sus ojos
la vara de Aarón, vertical, hacia el cielo
ceniza en el cuerpo


Luego vino el instituto, las metáforas que improvisábamos aquellos que nos sentíamos convocados por la palabra. Entré a un grupo de iniciados, que leían a Dulce María (por eso la odio tanto, porque la conozco y convivo con ella todos los días de mi vida), a Wilson Jay, a Sor Juana, a Wilde, a Lorca, a Ionesco. Estábamos encerrados en aquella escuela, y esa era una razón para odiar, no los espacios, pero sí la política educacional. Sin embargo, de algún modo que no puedo describir con exactitud, la libertad, la felicidad, el amor, los mejores recuerdos, la convivencia, los amigos estaban irremediablemente ligados a ese encierro. Creía, a mis diecisiete años que la vida era hermosa, pero lo creía de un modo ingenuo, con una ingenuidad que extraño, porque la felicidad se definía a partir de mis horizontes. Leyendo a Tolkien supe que una vez abandonada la Comarca, el regreso sería imposible. Pero la lectura, como el teatro, no vive hasta que no se filtra por las venas, hasta que no es carne transcurrida.



Entonces la Universidad fue el salto. Hacia mí y hacia el mundo, desde entonces detesto a ambos. Al mundo más. Entendí que “vivir es ir perdiendo cosas”, que la vida no era tan hermosa, y que el mundo no sería tan benévolo conmigo. Todo paradigma se destruyó, todo referente idealizado que partía de la realidad se hizo añicos. Entonces, como debe ser, a partir de las reglas de la existencia en una sociedad determinada, y con unos cuantos golpes de los que no me he recuperado del todo aún, comencé a ser más como soñaba, sin leer conscientemente aún aquello de “solo procura que tu máscara sea verdadera”.

He asumido que el secreto está en aprender a convivir con los defectos y las malas decisiones, ya que no te abandonarán, lo mejor es congeniar un pacto. Pude conocer el amor y su imposibilidad infinita, y conocí la amistad, la más pura amistad, esa que se suele confundir con la relación amorosa. Y de algún modo lo es, pero distinta. Padecí la envidia, a los diecinueve eso puede causar mucho daño en un jovencito inocente y provinciano, pero ya no soy ni lo uno ni lo otro. Y la envidia no me hace daño, me es indiferente. El enemigo siempre ha sido respetuoso cuando estoy presente, y eso me hace sentir una inmensa satisfacción. El enemigo, el que dice mal de mí cuando no estoy, en mi presencia me rinde tributo, y eso es señal de respeto, no preciso otra cosa, aunque a mis espaldas se ensucie la boca y me atribuya lo que le corresponde. Hay algo cierto y tal vez tenga que ver con provincianismo e inocencia, pero me enorgullece. Yo tengo o he tenido enemigos, no lo he podido evitar. Pero nadie nunca me ha tenido como enemigo a mí. Yo no he sido nunca enemigo de nadie. Reacciono ante los malos actos y doy a cada ser el lugar que le corresponde, que él mismo pide con su comportamiento hacia mí, lo cual es saludable para ambos. Pero no hay en mí, en mi naturaleza, en mi formación, en mi pensamiento, ni la más mínima inclinación hacia el odio desmedido e implacable. Eso se lo dejo a los dioses. Más de lo que yo que yo quisiera a veces mi alma tiende al bien, a la comprensión.


Abro los ojos y la noche con exactitud
afila su cuerpo sobre las esquinas altas y empinadas
de la habitación
sangro en silencio
envaino el preciso metal del dolor
como un juez que rige lo desconocido
que pregunta por otros ignorándose

Cierro los ojos y la noche
como una estatua que sustenta una daga oscura 
me impide verte íntegro y amargo

Mi elección es atroz
la soledad y el destierro
como el ralo y violento golpe de la rama
en el rostro que huye
pavorido


Los mayores logros de mi vida los debo a mantener los ojos cerrados mientras salto, a expensas de que la luz de esa lámpara que ayer fue de luz brillante y tubo de pasta y hoy es helenística o kavafiana (algo hemos adelantado, eso ofrece al menos la literatura) se apague para siempre. El riesgo siempre está. He vuelto a saltar, y al abrir los ojos, como en un sueño, he salido del agua hacia la luz, del cuerpo a la madera. Y no sé qué significa cumplir veintiocho años, no sé qué implicaciones tendrá, pero sé que como a los trece años me volví hacia la soledad y los libros, como en el instituto me dediqué a la literatura, como en la universidad entendí la fusión innegable entre frustración y futuro, ahora comienzo otra etapa determinante. Vuelvo a cerrar los ojos, nuevamente en soledad, y mientras salto digo: “bienvenida”.

Madrid, 2 de mayo de 2010

Pronto a cumplirse ciento ocho años de la declaración de la República,
ese otro gran momento que nos recuerda
la imposibilidad y la frustración de nuestra independencia.

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