viernes, 7 de mayo de 2010

Guadiana* en las aguas del recuerdo




Guadiana


I


Era en el paso del río,
donde bebían las bestias
y mi primo bañaba los caballos:



Extendía un dedo
sobre el agua turbia
y podía sentir toda la vida de golpe.
Una corriente de manos.


El descubrimiento académico y más profundo que he realizado de la civilización griega está relacionado con conceptos milenarios, recuerdos provincianos y personales y experiencias actuales. En mi reciente viaje a Mérida descubrí, crucé, acaricié el río Guadiana. En el museo de arte romano de la ciudad, una de las mejores colecciones de arte romano que he visto hasta ahora, hay una representación escultórica de este río. Inesperadamente, eso une en mi subjetividad como espectador, infancia, belleza, deseo, campo cubano, recuerdo, y me explica en la génesis de mi existencia el destino que me trazo al dedicarme a estudiar la tradición grecolatina en las literaturas contemporáneas, lo cual se me revela no como elección azarosa o simple gusto, sino como fatum que está marcado desde mis primeros años de vida. Encontrar las corrientes milenarias en las aguas de hoy que recuerdan las de ayer. Simois. Tíber. Guadiana.


IV


Ojo de agua,
como un milagro sobre la tinaja.
Cerradura palpitante, lúbrica.
Sabor a tierra virgen, a palo viejo.
Ojo de agua, 
como un quetzal que enciende el sol 
y salta sobre la maleza.

Mi tío Benedo vivía cerca del río Guadiana, los corrales de los cochinos, en la parte de atrás de la finca, estaban muy cerca de su orilla. En tiempo de ciclones el agua llegaba hasta la puerta trasera. Y los cerdos, o nadaban por sus vidas o eran evacuados. Mi tío nunca quiso ser evacuado mientras vivió en aquellas tierras. Era (aún lo es a pesar de vivir en la ciudad) testarudo y orgulloso como suelen ser los campesinos. El Guadiana me vio subir las matas de aguacate, esconder los huevos de las gallinas, molestar a los perros desde las altas ramas. El Guadiana me vio cruzar a caballo sus aguas, correr cuando pequeño huyéndole a mi tío porque había hecho algo malo.


Habla el tío barrigón


Muchacho maldito,
no hay nido de huevos 
que no localice 
en el platanal.



Pequeña alimaña,
pícaro y callado.
Con un jarro de agua
despierta a mi perro,
al pobre animal
que busca espantado
de dónde ha caído
el líquido frío
sobre su costal.



Muchacho maldito,
qué te podré hacer
escondo los huevos,
te corro detrás,
dónde te escabulles.
Maldito muchacho
perdido y velando
desde el platanal.




Mi padre dirigió cuando yo tenía trece años una empresa de abastecimiento que estaba rodeada, abastecida y alimentada por el Guadiana. El nuestro, no el de la Mérida española, sino el pequeño y sorprendente río, variante, con ojos de agua por todas partes, semejante a la bestia apocalíptica, silencioso, oculto entre los matorrales, ensombrecido, con aquellos enormes peces entre las aguas cristalinas que parecían perfectos dioses helenísticos por la frialdad de sus miradas, impasibles, como figuras de un friso de Pérgamo en las aguas más occidentales de la isla.


VII


El río es una mano de agua inextinguible.
Por más que lo rodeo, que lo persigo,
no logro llegar a describir sus prolongaciones.



Pasa del marabú al puente del camino,
de la ceiba a los espinos.
Y todo tributa cada vez más,
mientras avanzo perdido,
a ocultarlo.



Los mangles, los arbustos, 
las palmas hundidas en la orilla,
hacen con su sombra en la tarde 
una extraña salutación,
para que pase su cuerpo transparente
lo más inadvertido posible.


Allí me bañé con mis primas, en el paso del río donde bebían las bestias luego de la jornada de trabajo. Algún caimán, tan silencioso como el propio río a veces asechaba entre los árboles de las cercanías. Llamaban poceta a un círculo azul de agua, en que los árboles se elevaban, rascacielos verdes empinados por la brisa de la tarde, donde el agua era más fría y el azul era al centro más profundo y oscuro, como la misma muerte. Un poco más allá de la orilla, dentro del río ya, un árbol seco lanzaba sus raíces hacia las profundidades. Fermín, desnudo, se elevaba en salto desde el tronco seco.



II


Fermín se erguía
sobre el tronco oscuro
varado en medio del río.
Desnudo sonreía,
daba el salto
y quemaba el aire.
Entraba a la luz,
como un vidrio 
que alguien lanza. 
Con la ligereza de un pez.



Aquel tronco era, además, en medio del río, la señal del “non plus ultra” para los niños, nuestra columna de Hércules. Yo me lanzaba hacia el azul, iba de una orilla a otra, con el frío y el susto de las aguas sobre mí. Andresito y yo la pasábamos muy bien en la finca de mi padre.


III


Andresito y yo
aplaudíamos bajo el agua.
No dejábamos de salpicar,
de hacer ruido.
Después del tronco
que extendía a la orilla
sus raíces como brazos de madre,
comenzaba el pozo azul,
una pupila inmensa
que hacía del silencio
su canción más terrible.
Por eso el aplauso y el chasquido,
para no oír su himno oscuro.


A los diecisiete, cuando mi prima regresó por primera vez a Cuba, después de llevar ocho años en Miami, retornamos juntos al río, y como solía hacer la familia, como hace aún cuando viene alguien del Norte, se asó un puerco, se hizo un arroz con gris tapado por hojas de plátano, y nosotros los adolescentes que éramos, fuimos, por supuesto, a bañarnos en el río. Aquello me confirmó que mi prima seguía siendo sencilla, accesible y amistosa. Nos bañamos en el agua sucia del paso de los animales, donde bebían las bestias.




Entre semanas, me quedo en el pueblo para ir a clases. Pero el viernes en la tarde monto el quitrín de tío hasta los pinos lejanos en que queda su casa. Un poco más allá, mi padre tiene una finca. El olor de la tarde irrumpe por entre el viento sonoro y la luz fugitiva cuando me acerco. 


Allí está la casita de guano bien cortado alrededor de la cual mi madre siembra malangas y jazmín. Las ventanas de madera se abren con entereza y precisión, y mi cuarto abre sus hojas a los naranjos florecidos y palpitantes por la intensa luz del mediodía.



Pero la revelación escultórica de las aguas, el paso del perfil de la orilla a la sustancia primigenia y consistente de la piedra vino después. Ya había sido alumno de Guadalupe Ordaz en la Facultad de Artes y Letras, ya había estudiado arte griego con ella, lo cual es una experiencia que agradezco infinitamente, por saber mezclar como pocos efusión, sentimiento, y rigor académico. En segundo año de la Universidad había conocido, un poco más de cerca, a un bailarín de mi pueblo; nos encontramos en Ciudad de La Habana. Conversamos, y en uno de los viajes a Sandino coincidimos, teníamos otro amigo en común que, además de hermoso y ferviente, tenía grandes inquietudes literarias y espirituales. Era como una especie de Madame Bobary masculino en medio de un pueblucho pacato e intolerante. Fuimos los tres, una de esas tardes del verano en que el calor de la isla es insoportable, otra vez, porque el destino es así de recurrente con los símbolos, al Guadiana, a calmar el calor. Entonces surgió el poema cuando vi a mi amigo bailarín recostado en la orilla, con los brazos cruzados sobre el pecho húmedo. Nunca le mostré el texto. Salió en el único libro de poesía que he publicado y que recoge los primeros atrevimientos poéticos de mis 18 y 20 años. Él no sabe que el texto está escrito por él y para él. No sabe que su cuerpo fue una revelación para mí en aquella tarde, que aparecía como la encarnación de un ideal milenario, que por un momento su figura se fundió ante mis ojos con la unidad cosmológica. Desde aquel momento comprendí que el secreto de la belleza, el secreto del arte está en sostener en la palabra, en detener en el mármol las infinitas corrientes de las aguas. El joven de Bitinia se lanza, terso y perfecto, callado y simétrico, a las aguas del Nilo. Y luego solo queda hacer de la piedra, del mármol veteado, la encarnación lascerante de la belleza. Es atroz, pero es así. Adriano lo supo. El arte sigue siendo el modo de sublimar el sufrimiento, la forma de hacer táctil el recuerdo, lo irrecuperable.


Por Guadalupe Ordaz
Por sus clases de Arte


El muchacho próximo a las malanguetas,
con los brazos cruzados,
no ha vuelto a sumergirse en el río.
El agua a las caderas,
caderas de muchacho.



Los brazos debían de estar rígidos,
cosidos al cuerpo,
recordando estatuas egipcias.
Él los entrelaza,
viola las reglas de kouros.



Laxitud se posa en su cuerpo.


Los ojos.
Aves enfermas de viento,
de tanto viento,
de viento almendrado en otoño.



A veces mueve los brazos de piedra,
extremidades marmóreas
recién venidas de Paros.
Sumérgese en el agua levemente.
Parece besar el fondo.



Sus labios
avituallados de tarde,
de sabor a tarde,
de esta tarde como paloma en mis párpados.



Convierte rigidez en laxitud.


La espalda,
burla perfecta a la ley de frontalidad.
Atleta-guerrero perdido en tiempo.
Todo en él es impasible.



Sonrisa arcaica,
apenas levantada 
la comisura de los labios.
Sonrisa arcaica,
búsqueda incesante 
hecha carne ante mí.




Volví al Guadiana en silencio, buscando un cuerpo, ese otro rostro, el de la colonización romana en la península, sedente y hermoso, con un vestido de mármol o de agua. Participé en las VI Jornadas de Esudios Clásicos en Mérida. Fui a las clases, a las conferencias, algunas en latín, y apenas pronuncié palabra durante tres días. Solo monosílabos. No hice ningún amigo en esos tres días, no copié el teléfono de nadie. A nadie le interesó hablar conmigo, o nadie lo hizo. A mí no me interesó. Hubiera preguntado a alguien de no entender algo, pero nunca fue necesario. La gente fue amable, al igual yo, no hicieron falta las palabras. Mi diálogo fue con la piedra y con el agua, quería, como en San Juan y Martínez, pero ahora desde la soledad y el desamor, fusionar el molde de la piedra con las aguas del río. Mi diálogo fue con el acueducto romano, el puente, las plazas, con la piedra domesticada bajo el sol de abril. Una roca por sí es ordinaria, pero cuando hasta la piedra cruda se une en armonía inesperada con las otras, sucede el milagro. Mi diálogo fue al cerrar los ojos en el teatro romano de mérida, al caminar el circo, por entre las columnas que el viento y el paisaje reconstruyen de modo surrealista, desde otro orden que ni los antiguos pudieron imaginar.



Con la mirada y el silencio, con las lámparas antiguas detrás del cristal, con el rostro de algún romano, ya envejecido y de pupilas que el tiempo emblanqueció, fui haciéndome un mosaico propio de Mérida. Piedrecita a piedrecita lo fui decorando en mi memoria. Y ahí está. En una esquina de ese mosaico aparece el fuerte y viejo Guadiana observándome, sosteniéndome entre sus manos de agua. Y yo he pensado en su tocayo isleño, que sí me tuvo hundido en su cuerpo cuando niño, adolescente y joven. Yo he de huir de los Guadinas una y otra vez, porque en ellos se cumplirá la ley heraclitiana, pero no tengo la seguridad de que eso suceda en mí, por lo que no me puedo quedar mirando mi rostro entre sus aguas, mirando las piedras que sobre él se elevan. Voy, con ese mosaico, caminando, a veces me sirve para cubrirme el frío, la soledad. Y la Mérida transitada solo quiero hacerla hacia dentro, lo he intentado. Quiero que en mí, como en Mérida, la cotidianidad y la arqueología se confundan, que mis pensamientos modernos y mis lecturas de autores y culturas antiguas se complementen, que pueda caminar sobre una palabra como transité el puente romano, que los vocablos por antiguos sean sólidos y seguros, como las columnas del teatro, y que pueda bordar los contornos de mi alma con el mármol de sus estatuas.


Aurora


Hay un hada que vive detrás de los pinos,
me dice mamá,
un hada de agua que al amanecer 
me arrulla por la ventana
con sus dedos rosas
entre la brisa y las hojas de plátano.
Un hada que estremezco
entre mis manos cuando bailo escondido.



Un hada que junto al sol 
se oculta detrás del pinar.


El Guadiana de mi infancia y mi adolescencia está disperso por el mundo. Mi amigo bailarín vive en algún país frío de Europa, después que se cansó de viajar y pasar trabajos en la isla, como suele suceder. Mi prima, la que se ha vuelto más entrañable con el tiempo, la que se había quedado en Cuba, viajó a Perú, cruzó fronteras y se fue para Estados Unidos. Mi otra prima que regresó a Cuba a los diecisiete años ha desaparecido completamente de mi vida, hay gente así. Mi tío se ha mudado para la ciudad, para la casa de mis abuelos, después que un ciclón lanzó un árbol que partió su casa en dos, pero no ha dejado de ser un arrogante y testarudo campesino. Mi amigo sigue siendo Madame Bovary en Sandino con algún Charles femenina que pueda aguantarle todas sus inconformidades y sus sueños y poemas en bruto. Ojalá no tenga el fin del personaje de Flaubert. Los jóvenes de aquel pueblo seguirán yendo a ese río que ya no me pertenece, que ya no “es” sino en el recuerdo, porque un río es irrecuperable como es irrecuperable el tiempo, porque solo lo encontraré en la cintura de mi memoria, en la evocación de mis palabras. No podía yo quedarme frente a las aguas del Guadiana, ni en Sandino, ni en Mérida. Porque lo que puede significar mirarse en sus aguas desde su orilla, lo que puede significar hundirse en él, en su cuerpo veteado como el mármol, es que es indispensable buscar los cuerpos posibles, los cuerpos estéticos y vivos, la forma arquetípica y asirla, o intentarlo. Y para eso hay que saltar, como Fermín, hacia el azul tenebroso, y sonreír en el salto, aunque caer en las aguas sea un acto de incertidumbre y de sorpresa constante.


* El Guadiana debe su nombre a la mezcla de los nombres que le dieron los romanos y los musulmanes en la Península Ibérica. Los romanos lo llamaron Fluminus Anae (río de los Patos) y los musulmanes sustituyeron el Fluminus por su Uadi (río), dando origen a su nombre tal y como hoy se conoce, de modo que su denominación es resultado de la mezcla de culturas, y en él se unen el legado romano y el legado árabe, por lo que bien podría ser símbolo de convivencia y diversidad cultural. Durante la dominación romana, este río separaba las provincias Baetica y Lusitana. Es citado por el naturalista latino Plinio el Viejo en su obra Historia Natural. La historia interesante es cómo llega este nombre para un río mucho más pequeño en la zona más occidental de Cuba. Hay tema para investigar.

domingo, 2 de mayo de 2010

Recapitulando




Sin premeditación, como caminando hacia unos árboles en que la luz se insinúa detrás, soy el más cruel de los amantes. Soy terrible cuando amo. Soy exigente cuando amo, cuando creo que la razón, como esas ramas entre los velos matinales, me susurra al oído, despojada ya de iluminismo atroz, de esas falsas esperanzas humanas en el progreso irreversible.

Como quien avanza con ojos cerrados y una lámpara encendida en medio de la oscuridad, me ha definido una amiga, una de las personas que mejor me conoce, y que, a pesar de ello, sigue amándome, sigue hablándome, me trata. A un desconocido, al de paso, al que no veré más, al que me pregunta en la calle o el teatro, o al colega que habla mal de mí entre los círculos académicos, le trato bien, me son indiferentes y por tanto no tengo nada que exigirles. Pero cuando amo soy cruel y despiadado, y eso me conduce irremediablemente a la soledad. No sé si es malo. Si la soledad es este diálogo con la luz, la ventana entreabierta a las palabras inasibles del viento, la puerta y el balaustral izados en la noche, como proa de barco hacia el futuro; si la soledad es cerrar los ojos y sentir el aire adornando el rostro, los castillos de la brisa en mis párpados, la prefiero entonces a la frustración, elijo el silencio de la vigilia a la impotencia ante la incomunicación.

Antes de salir del baño aún húmedo, antes de caminar por el corredor infinito hacia la luz (eso es la vida y esa metáfora espacial será mi compañera a partir de ahora en un nuevo hogar) yo lo había escrito: “mi elección es atroz/ la soledad y el destierro”, porque la poesía, esa infame que no se aparta ni un momento, ese artefacto de afeites y multiformas, sigue siendo un arma temible en cuanto al futuro. La poesía ha sido siempre profecía en mí, por eso cuando escribo lo hago con el vértigo y la seguridad de que el poema, ciertos poemas que hablan de situaciones que no se corresponden con el presente ni con lo vivido, me acercan de modo increíble hacia el futuro. Y le temo, pero salto, porque con esas profecías también nace en mí una seguridad inexplicable e intuitiva.

Cuando tenía trece años dejé de tirar las bolas, de tirar el trompo que nunca supe manipular bien, de batear y ser el jefe de equipo del barrio, de corretear por la zona, de jugar a los pistoleros, no volví a usar el imperfecto conativo tan frecuente entre los niños. Prefería, durante los largos apagones de los años noventa, a la luz vergonzosa de una lámpara improvisada con un pomo, luz brillante y un tubo de pasta, hacer los deberes de la escuela, leer, estar en mi cuarto. Todavía siento el olor de combustible que se derramó sobre mi libreta de matemáticas, una noche en que hacía la tarea y la lámpara se me cayó, no cambié de libreta, no podía, y la usé así durante todo el curso. 1994. Ese año fue crucial para mí, me cerré por primera vez al exterior, comencé a vestir como me gustaba y no como “debía”, y al cerrar las puertas al exterior, me abría otros espacios, a otro mundo, mientras el país hervía y mi madre lavaba con cenizas las sábanas. Hacia adentro, inevitablemente, y hasta hoy.


Leña o carbón
mi madre hierve la ropa en el patio
ceniza en el agua
ceniza que adelgaza y purifica
las sábanas
mi madre se dobla y revuelve
el viento levanta el polvo encendido
como úlcera en sus ojos
la vara de Aarón, vertical, hacia el cielo
ceniza en el cuerpo


Luego vino el instituto, las metáforas que improvisábamos aquellos que nos sentíamos convocados por la palabra. Entré a un grupo de iniciados, que leían a Dulce María (por eso la odio tanto, porque la conozco y convivo con ella todos los días de mi vida), a Wilson Jay, a Sor Juana, a Wilde, a Lorca, a Ionesco. Estábamos encerrados en aquella escuela, y esa era una razón para odiar, no los espacios, pero sí la política educacional. Sin embargo, de algún modo que no puedo describir con exactitud, la libertad, la felicidad, el amor, los mejores recuerdos, la convivencia, los amigos estaban irremediablemente ligados a ese encierro. Creía, a mis diecisiete años que la vida era hermosa, pero lo creía de un modo ingenuo, con una ingenuidad que extraño, porque la felicidad se definía a partir de mis horizontes. Leyendo a Tolkien supe que una vez abandonada la Comarca, el regreso sería imposible. Pero la lectura, como el teatro, no vive hasta que no se filtra por las venas, hasta que no es carne transcurrida.



Entonces la Universidad fue el salto. Hacia mí y hacia el mundo, desde entonces detesto a ambos. Al mundo más. Entendí que “vivir es ir perdiendo cosas”, que la vida no era tan hermosa, y que el mundo no sería tan benévolo conmigo. Todo paradigma se destruyó, todo referente idealizado que partía de la realidad se hizo añicos. Entonces, como debe ser, a partir de las reglas de la existencia en una sociedad determinada, y con unos cuantos golpes de los que no me he recuperado del todo aún, comencé a ser más como soñaba, sin leer conscientemente aún aquello de “solo procura que tu máscara sea verdadera”.

He asumido que el secreto está en aprender a convivir con los defectos y las malas decisiones, ya que no te abandonarán, lo mejor es congeniar un pacto. Pude conocer el amor y su imposibilidad infinita, y conocí la amistad, la más pura amistad, esa que se suele confundir con la relación amorosa. Y de algún modo lo es, pero distinta. Padecí la envidia, a los diecinueve eso puede causar mucho daño en un jovencito inocente y provinciano, pero ya no soy ni lo uno ni lo otro. Y la envidia no me hace daño, me es indiferente. El enemigo siempre ha sido respetuoso cuando estoy presente, y eso me hace sentir una inmensa satisfacción. El enemigo, el que dice mal de mí cuando no estoy, en mi presencia me rinde tributo, y eso es señal de respeto, no preciso otra cosa, aunque a mis espaldas se ensucie la boca y me atribuya lo que le corresponde. Hay algo cierto y tal vez tenga que ver con provincianismo e inocencia, pero me enorgullece. Yo tengo o he tenido enemigos, no lo he podido evitar. Pero nadie nunca me ha tenido como enemigo a mí. Yo no he sido nunca enemigo de nadie. Reacciono ante los malos actos y doy a cada ser el lugar que le corresponde, que él mismo pide con su comportamiento hacia mí, lo cual es saludable para ambos. Pero no hay en mí, en mi naturaleza, en mi formación, en mi pensamiento, ni la más mínima inclinación hacia el odio desmedido e implacable. Eso se lo dejo a los dioses. Más de lo que yo que yo quisiera a veces mi alma tiende al bien, a la comprensión.


Abro los ojos y la noche con exactitud
afila su cuerpo sobre las esquinas altas y empinadas
de la habitación
sangro en silencio
envaino el preciso metal del dolor
como un juez que rige lo desconocido
que pregunta por otros ignorándose

Cierro los ojos y la noche
como una estatua que sustenta una daga oscura 
me impide verte íntegro y amargo

Mi elección es atroz
la soledad y el destierro
como el ralo y violento golpe de la rama
en el rostro que huye
pavorido


Los mayores logros de mi vida los debo a mantener los ojos cerrados mientras salto, a expensas de que la luz de esa lámpara que ayer fue de luz brillante y tubo de pasta y hoy es helenística o kavafiana (algo hemos adelantado, eso ofrece al menos la literatura) se apague para siempre. El riesgo siempre está. He vuelto a saltar, y al abrir los ojos, como en un sueño, he salido del agua hacia la luz, del cuerpo a la madera. Y no sé qué significa cumplir veintiocho años, no sé qué implicaciones tendrá, pero sé que como a los trece años me volví hacia la soledad y los libros, como en el instituto me dediqué a la literatura, como en la universidad entendí la fusión innegable entre frustración y futuro, ahora comienzo otra etapa determinante. Vuelvo a cerrar los ojos, nuevamente en soledad, y mientras salto digo: “bienvenida”.

Madrid, 2 de mayo de 2010

Pronto a cumplirse ciento ocho años de la declaración de la República,
ese otro gran momento que nos recuerda
la imposibilidad y la frustración de nuestra independencia.