jueves, 11 de marzo de 2010

Visión de Dios




Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto, y salió, y se puso a la puerta de la cueva. Y he aquí vino a él una voz, diciendo: ¿Qué haces aquí, Elías?

I Reyes 19, 11-13


Hoy pienso en la imposibilidad infinita y perpetua de conocer a Dios. Quisiera poder callar, por ejemplo, para que el lenguaje no obstruyese ni mediase mi percepción de lo divino. Pero ya el lenguaje y el pensamiento cambiante del hombre ha mediado por siglos. Si uno lee la Biblia, hay un factor que atenta contra la credibilidad de la inspiración divina en lo que conocemos hoy como “sagradas escrituras”: la imagen de Dios, la idea y los propósitos de Dios, al mismo tiempo que sostienen líneas de continuidad como la venida del Mesías, el propósito de salvación, la tierra prometida, la compasión; varían de acuerdo a las costumbres y cambios generacionales y epocales. Este elemento aumenta mi escepticismo. La visión que hemos heredado de Dios tiene que ver con lo que se ha escrito y asumido como texto inspirado por él. Y me pregunto cuánto hay de ropaje humano, de interferencia en la trasmisión, de agrego “terrenal” a esa visión reescrita y redimensionada por siglos y que, además es plural y contradictoria en los distintos grupos de creyentes que hoy existen en el mundo.

Si “logos” o “Yo soy” se definen por su indefinición, por su impersonalidad y ambigüedad, por lo abstracto de dichas nominaciones; cuando el hombre “inspirado” escribe que Jehová dice que no debemos comer animales con pezuña, o que se han de pasar por espada a todo un pueblo “pagano”, cuando lo textúa por lo que Él ordena, ¿podemos decir sin reservas que es Dios quien lo manda? ¿Cuando Pablo habla a las mujeres o Juan a las iglesias es siempre Dios el que inspira?

La idea de un ser superior, lo mucho que ha de conocer este, la asunción de la omnisciencia del creador, es un tema harto complejo que se puede asumir solo por fe, por intuición, por experiencia personal; pero ¿del mismo modo debemos asumir esas otras leyes arbitrarias y plagadas de color local, marcadas por costumbres epocales y limitaciones morales que varían con el tiempo, como la categorización genérica de Dios y la orientación machista e intolerante que tienen esos textos? Sé que el problema no está siquiera en las interpretaciones que se hacen de las escrituras, sino en el modo en que se imponen y se llevan a la práctica en la sociedad. Hasta el presente se ven comportamientos primitivos, violentos, desligados de los nuevos tiempos en las iglesias y en la manera de pensar desde los espacios de poder eclesiástico.

La idea de que una interpretación de la Biblia puede dar acceso a la verdad (“conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”), el hecho de que un grupo de seres humanos considere que posee la verdad, puede ser (ha sido) letal para la humanidad y ha servido de bandera para fines expansionistas y de saqueo. Uno se acerca a un conocimiento abstracto, a una idea difusa del ser creador, y a la vez lee mandamientos en la Biblia, algunos con una base clara de lo que hemos heredado como “humanitas”, otros más arbitrarios y pasajeros, y por lo mismo más perjudiciales si son perpetuados. Entonces, ¿cómo establecer el límite entre lo que es interferencia humana y propósito divino? Los mejores de los creyentes, al hallar esa “verdad” y al encontrar un modo de ser felices en medio de las contradicciones y problemas cotidianos, quieren compartirlo con los demás seres humanos, quieren que los otros puedan disfrutar de lo que ellos disfrutan y eso puede llevarlos, con sus buenas pretensiones y propósitos, a la intolerancia, al poco respeto de la alteridad y de lo diferente.

La Biblia es tal vez el ejemplo más universal y agudo del doble filo que posee el fenómeno literario. El texto artístico es polifónico, no es unívoco, es susceptible a varias interpretaciones, contradictorias y dispares a veces. Pero en el caso de los libros bíblicos, esto complejiza el entendimiento entre los hombres, a cada interpretación de sus historias surge una nueva secta, un nuevo culto, distinto a los existentes, en contra de uno anterior; de ahí provienen las cruzadas, la expulsión de los judíos de España el mismo año que Colón llega a América, la “Santa Inquisición”, la “Armada invencible”, los enfrentamientos entre israelitas y palestinos que tienen miles de años de historia. La interpretación de Dios, la manera en que hablamos de lo que nos supera, el modo en que intentamos decir lo intangible nos lleva a la incomunicación, a la intolerancia y al enfrentamiento. Inclusive, que existan otros tipos de libros sagrados, otras religiones fuera de las diferentes ramas del cristianismo incrementan y agudizan la situación. Los mismos judíos hoy no reconocen a Jesús como Mesías, no asumen esos textos como continuidad de las promesas de Iavhe en el libro de Isaías.

Quiero creer que en esos textos, como en cualquier obra literaria, existe una verdad necesaria y que nos hará mejores, escondida tras la ideología pasajera y local de época, tras la ambigüedad de las imágines, las elipsis, los silencios, los enigmas, las parábolas. El hombre necesita libertades, y también necesita orden y límites. Pero la historia nos demuestra de modo reiterativo y doloroso qué sucede cuando una ideología se impone a otra y es la que establece sus límites, los generaliza y exige su cumplimiento. Tal vez la solución está en el respeto al otro y en los deseos de ayudar al prójimo sin querer imponer nuestro modo de pensar.

Quiero creer, como Borges, que la maquinaria del mundo es harto compleja para entender el modo en que funciona. Y quiero más, deseo pensar que en la Biblia está una verdad que nos acerca, entre velos y sombras, al logos universal. Miro atrás, como la mujer de Lot, y quedo perplejo e inmóvil. El ser humano intenta encuadrar, definir, imponer. Y no hemos aprendido a convivir, diferentes, los unos con los otros. ¿Somos intolerantes por aturaleza? Pues si es así, habrá que luchar contra eso. También somos egoístas por naturaleza y sabemos que eso no nos hace bien, si es que queremos seguir llamándonos seres civilizados.

Mientras, me otorgo el silencio, y espero, para hablar, que pueda comprender al otro, sin que su presencia, su forma de ser y de pensar me estorben. Sigo viendo por espejo, oscuramente (in aenigma) cuando leo lo que hemos heredado como palabra de Dios. Nombrar a Dios, desde Moisés, Homero, Heráclito, Esquilo, Juan, y en el presente sigue siendo una utopía. Espero que algún día pueda ver cara a cara. Hasta hoy Jehová permanece como verso desconocido.

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