viernes, 12 de febrero de 2010

Viaje a la Magna Grecia. Sicilia.



Partir es siempre el dilema de la criatura de isla. Partir o no partir, en esas agónicas oscilaciones se resume su vida, su existencia. Dejar Sicilia es perder las voces que como árboles frondosos ya hacía cotidianas. Giacomo, Carla, Alessandra... Que una isla te mime y te asuma como un príncipe, como un pequeño y extraño príncipe, humilde y pobre como ella misma, hijo de una prima testaruda y lejana, es entrañable. Palermo tiene calles, modos, gestos de carne o de piedra que pertenecen a las islas. Bocados no terminados por Neptuno, platos escurridizos entre los dientes lentos y hermosos del agua, en su dentadura espumosa y triturante. Minúsculas ínsulas que atraen otros cuerpos al suyo, otras porciones gravitantes a su alrededor. La humildad de las islas es una lección interminable, una refracción infinita. Una isla llama a otra, llama a otra, llama a otra....

Como las sábanas parlantes de La Habana, látigos sonoros en el viento y la luz; como la piedra envejecida, pero viva, palpitante, sudorosa y oscura; la vida de las islas va hacia afuera, porque está sola, a-isla-da, y va buscándose fuera de sí, en otros cuerpos después de los océanos, las olas no le bastan y se mueve, busca... Son su límite y su elección: colgar la tela al sol sobre las altas cuerdas del viento y más allá del muro del balcón, la misma tela que nos cubre en la noche, es un acto de espontánea irreverencia, de exorcismo cotidiano, de genuina sencillez, solo posible en los hijos legítimos de las islas, en los hijos del mar, que es lo mismo. Sacar las penas, los trastos, el tejido amargo e incendiarlo al borde del camino, en la cima de las brisas de la tarde que reverbera, es lo que permite continuar, a ciegas por el azul interminable. Izar el propio cuerpo como otra vela inmóvil al borde del mar es pretender diálogo desde la soledad.



Todo empieza con la noche que es caverna del aire. Órfica. El descenso. Y luego pocas luces en el camino, como una fogata dispersa, como chispas platónicas en la noche de la isla, que es un modo de regresar a la noche primera del mundo, al nacimiento de Zeus en Creta o de Apolo en Delos, esos otros seres itinerantes y perseguidos como las islas. Luego de las luces, del huevo dorado que la cercanía recompone, del cielo desplegado sobre la mesa como un mapa titilante, de los primeros pasos por calles de losas encharcadas, viene la isla en representación, como se suele llegar a la verdad, por medio de la imagen intuitiva o mediante el regreso: la evocación física de lo vivido en lienzo, sonido o papel . La primera visión de una isla es la poiesis. Mosaicos intangibles, anuncios en el éter de las grandes representaciones normandas en il Duomo de Monreale.

¿Cómo es una ventana en Sicilia? ¿Una ventana que se abre, suave y olorosa, en la mañana? No lo sé decir. Pasas del sueño, del huevo recompuesto en la noche, de la lluvia como primera visión de lo sólido y perdurable a la luz, a la brisa matinal que enamora. En las islas los brazos se abren con más entereza, ya sea para el sufrimiento o el gozo. Estás dentro de casa, pero la mano verde y luminosa que asoma te hace ver hacia afuera, por los párpados abiertos en la piedra, la continuidad sorprendente entre el suave edredón de la noche y los trajes del viento, que armonizan los huesos ardientes del amanecer.



Fuimos del Mar Tirreno al Mediterráneo en busca de las piedras milenarias de Agrigento. La tosca elegancia del dórico florecía con la Mandorla en febrero, y el sol se espigaba entre las columnas de Hércules. Tuve en la tarde, durante toda la tarde, las sombras dióscuras del pino y la piedra. Y las pequeñas flores amarillas, humildes, calladas surgían por entre las columnas yacientes, dormidas a través de los tiempos de una larga caída. Los modos de caer de la piedra fundan en el silencio, en el abandono, en la soledad, otra arquitectura inesperada, otras puertas sintácticas, nuevas direcciones menos rectas, no ya la verticalidad celeste, la ascensión, sino modos más ubicuos, que son los propios de los supervivientes; vi la cercanía con la tierra y las ramas, paredes o espacios reordenados, una era en que el verde se alarga sobre el capitel encajado en la superficie, de punta, y lo que era base ahora se empina en diagonal. Otro orden en la miseria dórica, una organizada destrucción, otra estética que hace del vacío prolongación de lo existente, término y continuidad de lo que está por ausencia. Insinuación que reconstruye el paisaje. Unos textos de piedra que el tiempo ha ordenado en taxis y cuerpos nuevos, como palabras bien antiguas que resuenan por dentro su esencia indoeuropea: aleph, buey, espejo, signo...



Il mare, il mare, il mare; ¿por qué ese cuerpo infinito, sin perfil determinado es tan importante para nombrar, definir con sus lenguas innumerables los límites de una isla? ¿Por qué entre todos los caminos posibles nos han dado el menos seguro, un mosaico que los vientos reconstruyen interminablemente? Porque la isla es, entre lo conocido lo menos conocido, entre lo itinirante, lo más itinerante, entre lo que el hombre persigue definir lo menos definible. Porque el mar reinterpreta, la nombra, la reconstruye, redimensiona del mismo modo en que él recomienza siempre. El diálogo más cercano del mar es con la isla, el más íntimo, la re-crea a su imagen y semejanza. La isla es poiesis del agua. “La mer, la mer, toujours recommencé! ” y de esa forma incide sobre la ínsula, de un modo determinante y perpetuo. Ambigua como “el mar”-”la mar” indefinible, eterna, la isla asume su destino y lucha contra él. Y la criatura que la habita viaja, recomienza, se crea día a día, como el mar, como una isla. El agua es cáncer y respiro. Opresión y abrazo para la isla que se encoje, extiende y viaja interminablemente hacia otros cuerpos y otros diálogos posibles.

Palermo día 8- Madrid día 12. Febrero de 2010

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