miércoles, 2 de diciembre de 2009

Wilhelm al occidente de la isla



A Dashiell Hernández

Quiero regresar hacia el lugar donde nací,
quiero recordar, quedarme allí.

Pablo Milanés


Mi amado Werther:

Me deja un poco perturbado tu primera carta de mayo. Creo que la primavera en esos parajes de eucaliptos y arena engañosa está haciendo de esa joven que me hablas un espejismo de algo que no existe, una mentira de la belleza inalcanzable. Pero tú eres más idealista que yo, más propenso a las pasiones. El estudio de la gramática me ha convertido en un ser racional, más práctico. Sin embargo, ante tu deslumbramiento por esa muchacha debo confesarte, a ti que te amo más que a nadie en el mundo, que también yo viví fascinado por la belleza de una joven en una isla que visité hace ya más de cinco años. La joven no existe, claro, ya es una señora con esposo e hijos, y yo sigo siendo un solterón inexorable.

Dices que lees a Homero en ese lugar alejado y acogedor. Recuerdo haber leído por primera vez El ruiseñor y la rosa a los diecisiete años bajo la luz del atardecer en un pueblucho insignificante llamado San Juan y Martínez. Pero sabe que bajo los ojos luminosos y almendrados de aquella muchacha rubia yo escribí mis primeros versos, por eso puedo entender tu amor a esas alamedas rústicas y silenciosas. El mito para mí antes de ser cosmológico y filosófico, fue provinciano y húmedo como el musgo o como el helecho que nadie mira, como el arco de la casa deshabitada que erigía, de modo inesperado, un espacio imposible, una habitación en el vacío. Llegué a pensar, y todavía hoy lo creo, que la pobreza en las islas es una lección interminable, que la pobreza es necesaria para creer en el misterio.

Viví al occidente. La casa de la joven quedaba entre el cine y el hotel y frente al parque de los borrachos, donde los hombres se reunían a beber bajo la sombra de unos almendros altos y grises. Ya sé que los almendros son propios de nuestras tierras. Pero nunca había visto cómo un viejo, amarillo y ligero como una hoja que caía en el asfalto, iba colocándose levemente sobre el torso del banco para pasar la noche. Creo que eso tiene que ver con las generaciones de hojas de las que habla tu tan apreciado Homero.



Cerrábamos la puerta y todo era mágico. El viejo sofá en que siempre me parecía verla en la fotografía con su largo pantalón a rayas y con una copa de un vino negro como la vigilia más oscura. La madre, que apartaba los libros y los apuntes por un momento para poner la fuente de unas malangas deliciosas, humeantes con cebollas y carne. El largo corredor lleno de libreros. Pasé horas en aquellos rincones de poca luz revisando ejemplares empolvados, leyendo algún cuento de Maupassant o de Quiroga.

Tú me has recordado algo que de tan citadino ya había empezado a olvidar: la insignificancia de los lugares es relativa. El centro no depende del poder o de lo que llaman desarrollo, sino de una decisión personal. Yo viví en San Juan y de él hice el centro. Había misterio y amor. Era suficiente. Tocábamos el piano en las tardes, como si fuéramos hermanitos, sentados en el mismo banco frente al teclado rancio; aunque el si bemol sonara espantoso, para nosotros estaba bien, y eso bastaba. Cuando llovía ella y yo salíamos a mojarnos por las calles encharcadas y entre portales temerosos y descoloridos. Durmiendo con ella pensé mis primeros poemas. Me levantaba asustado, buscando un pedazo de papel para escribir. Nos descubríamos sexualmente sobre las sábanas de lino, contra el piano, en la sala, por los corredores, en la cocina; nos disfrutábamos con una frecuencia y una vitalidad que hoy extraño. No era libertinaje, ya sabes que no pensamos de igual modo, era un mundo tan perfecto que ni siquiera existía la más mínima restricción. No creo que el respeto tenga que ver con las prohibiciones.

Pero aquella casa no era solo nuestra. Entre las horas de soledad y silencio, llegaban visitantes. Una muchacha que, después de saludar, comenzaba en algún rincón a escribir algo que dejaría en cualquier esquina antes de irse. Otra jovencita que estudiaba con nosotros en el Instituto venía con algún cuento de viejas y pescados, de Katalina y tablero de Ifá, o con alguna metáfora insólita entre los párpados, que la oprimía sin poder pronunciarla. Hablábamos de literatura, escribíamos, celebrábamos cumpleaños; el recién llegado, al entrar, iniciaba su personaje, su actuación, una máscara que lo hacía más original porque en el desdoblamiento se acercaba al deseo, al ser interior, al anhelo tangible solo de ese modo. También su padre venía desde La Habana, me hablaba de conceptos, me hacía buscar la palabra “novio” en el diccionario para que hablase con propiedad, encendía su tabaco y se sentaba a tocar algo de Mozart o Beethoven. Sorprendentemente, se marchaba sin que lo notáramos, después de sus gestos exagerados y disertaciones que lo hacían parecer un hombre serio. Y cuando nos quedábamos los tres ya solos, no aplaudíamos, el silencio encendía su lámpara y nos mirábamos conscientes de haber presenciado lo insólito.

Salíamos al atardecer a saludar a Miriam, a comprar el pan, a buscar la lumbre de las noches. Pasábamos por la iglesia, por la librería, frente al gran salón de la Casa de Cultura en que bailó aquella muchacha de candidez incendiaria. Íbamos al río, a Piedras Azules, y nuestros cuerpos se amoldaban sobre los guijarros, como el agua confundida en el roce interminable de nuestras caderas.



En el instituto, en los días de campo, después de pasar la jornada en los surcos inmensos de tabaco, y de limpiarnos insistentemente las manos manchadas y pegajosas de aquellas enormes y horribles hojas, nos escapábamos hacia un tabloncillo apartado para leer teatro del absurdo, para dramatizar a Mrozek. Oscar les había enseñado teatro en San Juan, yo llegué después, y aprendí junto al tropo improvisado y al poema de Sor Juana, la veleidad del gesto, el discurso corporal que incendia las palabras.

Después vino mi año en el ejército y viajaba durante los fines de semana en tren, desde Guane a San Juan, mientras ella cursaba el primer año de la Universidad y me hacía historias de las nuevas experiencias, los parques, las bibliotecas, su Facultad. Yo esperaba el golpe asfaltado de la locomotora en los viernes, los vagones en su andar vertiginoso, el zigzag y el tambaleo casi imposible. Y la naturaleza, violenta y asaltante, como intentando alcanzar las líneas, a los viajeros, hasta que el tren llegaba a la estación vieja, desvencijada, caserón de madera y tejado que los ciclones fueron dispersando. Padecíamos la pobreza, claro, la escasez en los fines de semana, pero estaba la palabra, la sagrada y simple conversación, su misterio en los domingos arcanos.



Querido Werther, yo estoy inmortalizado sobre el podio de aquella ventana, entre las ramas de los pasillos laterales, bajo el no me olvides florecido para siempre. Al final de la casa, como en una villa pompeyana, había un hermoso patio. Por eso te entiendo, pero te alerto. No es la tierra ni una casa lo que se ama, es su gente, y cuando esta se dispersa y se marcha, también eso que llamamos tierra o columnas se fragmenta y desaparece. Una ventana no está si no hay una mano que abra sus hojas. San Juan y Martínez no existe, como dejará de ser algún día ese lugar que hoy llamas Wahlheim, y que solo podrás acariciar en las blancas paredes de la memoria, en los recuerdos que se extienden sobre tu vida como un pálido desierto.

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