domingo, 13 de diciembre de 2009

SOLO ESO SOY: UNA PROFESORA*


(En el centenario de la Magistra, escuchémosla contarnos una anécdota de su infancia y hablar sobre sus ideas acerca de la educación...)



Queridos amigos y compañeros:

Después de oír esas hermosas palabras de Carlos Rafael -como todas las suyas- lo único que puedo afirmar es que, así debiera haber sido y no realmente como soy. Bueno, quiero decirles que sigo estimando que mi presencia esta tarde aquí para aceptar este, que ha llamado el compañero Batista «reconocimiento», ha sido consecuencia de un momento de debilidad, es decir, bajé la guardia, bajé la guardia y el compañero Batista, Director de Letras Cubanas, con su paciencia, con su persistencia logró al fin y al cabo vencerme. Vencerme, porque yo le decía «¿Y qué hago yo, en un acto que es "El autor y su obra"?, si yo no tengo ninguna obra, yo no soy poetisa, no soy escritora profesional.» Las pocas cosas que se han publicado escritas por mí -y otras muchas que tengo guardadas, que no se han publicado nunca- se pueden considerar como fruto de una función paralela a la función profesoral, que es la que yo he ejercido siempre porque no he sido nunca más que eso: una profesora.

Entonces él me habló de que se trataba de un acto «formalmente informal», ¿eh?, en el cual realmente lo que se quería era establecer una especie de conversación, con la persona (no me puedo decir a mí misma homenajeada porque esto sobrepasa todo lo que uno pueda esperar) con la persona reconocida, vamos a decir, aunque esa persona hablara sobre sí misma, ¿ustedes se dan cuenta lo difícil que es hablar de uno mismo? Pero además, que expusiera algunos hechos y anécdotas de su vida, que contribuyeran a completar la imagen que se tiene de ella. Bueno, ahí viene la primera dificultad: yo no soy una persona anecdótica, yo lo siento mucho, pero las pocas cosas del pasado que yo recuerde, que puedan calificarse de anécdotas, bueno, no creo que servirían para que yo las contara aquí.

Sin embargo, cuando estaba pensando en todo esto vino a mi mente, un pasaje de mi niñez que sí voy a relatar, por las consecuencias que considero tiene para ciertas características que me han acompañado toda la vida.

Tenía yo apenas 10 años, no sé si los había cumplido, todavía estaba en el tercer grado de la escuela primaria, en la escuela No. 1, Escuela Pública No. 1 de Güines con excelentes maestros casi todos. Y llegó la fiesta del árbol, es decir, el día del árbol que como ustedes -como los más viejos aquí, no todos- recordarán se celebraba todos los años. Creo que era en el mes de abril, entonces se hacía una fiesta en la escuela en la que no faltaba nunca la alumna que recitaba unos versos sobre la cuestión del árbol y de las aves, no sé por qué, pero siempre había alguien que recitaba aquellos que terminaban diciendo «vuela pajarito mío, yo te doy la libertad», y entonces la muchachita tenía que ponerse dentro de la jaula a pelear con el pájaro que no quería salir, hasta que al fin lo cogía y lo soltaba. Bueno ese año yo no sé por qué esa fiesta tenía una connotación especial, lo cierto es que se anunció dos o tres días antes de la fiesta, que iban a asistir al acto, de allí, de la escuela No. 1, los superintendentes, inspectores provinciales, y todas esas cosas. Entonces la escuela se echó a correr, naturalmente, a ver cómo se hacía aquella fiesta lo mejor posible. Unas maestras pues pusieron niñas que recitaban bien a recitar, los niños del (kindergarden) hicieron sus juegos graciosos, y a la maestra de tercer grado que no tenía con qué contribuir a la fiesta no se le ocurrió otra cosa mejor que escribir unas cuartillas, dos o tres cuartillas, para que yo me las aprendiera de memoria, y las dijera como discurso en aquel acto. Creo que eso fue unos pocos días antes, entonces ella me eximió de estar en clases y me puso con la conserje en un cuarto allí para que yo estudiara aquellas palabras y las leyera y las releyera, me las tomó dos o tres veces y cuando consideró que yo me las sabía, dio su visto bueno. Y llegó el día de la fiesta. Me recuerdo en aquel salón, un poco más pequeño que éste, con las filas de alumnos de los distintos grados a un lado y otro, y allí, enfrente, aquella mesa -una mesa larga- con unos señores enfundados en sus levitas negras, como era en aquella época. Yo en el medio, parada, empecé con el saludo: «Señor superintendente general de escuelas, señor inspector provincial de escuelas, señor Vicente Lancha, inspector municipal. . .» y ahí se acabó el discurso, me quedé callada, paralizada, las muchachitas que estaban a mi lado -que eran las muchachitas de los grados superiores, más avispadas- me dicen: «Vicentina, abre el papelito», (yo tenía el papelito en la mano) pero claro yo..., bueno, hasta que alguien me sacó del brazo, de manera que ése fue mi primer discurso fracasado, mi primer fracaso como oradora.

Pero como estoy aquí como profesora, pues me parece que debo hablar un poco de lo que pienso como educadora y de mis años de trabajo universitario.

Yo he considerado siempre que la educación es depositaria de la tradición de los valores humanos y culturales imperecederos, que la función del maestro -el maestro es el que educa, no del instructor que es el que instruye- es ayudar a los alumnos a pensar, incitarlos, procurar que desarrollen la facultad de pensar, enseñarlos a aprender, incitar su amor al saber, exitar el interés por la cultura. Considero que la misión del profesor más que informar exhaustivamente sobre la materia que explica -lo que al fin y al cabo llegará un momento que será obsoleto porque la cultura como la ciencia es una cosa que se va renovando- debe preparar a la persona para que por sí misma haga la búsqueda, seleccione la información. En fin, poner a los alumnos en condición de que sean ellos mismos los que se formen. No creemos que cumple con su misión un Profesor que se empeña en enseñarles exhaustivamente a los alumnos la materia, y que exige que se la repitan después en un examen, pensando que ya con eso cumplió. Más importante que eso es ayudarlos a desarrollar la facultad del pensamiento y la búsqueda por sí mismos del conocimiento. Creo que el profesor tiene que crear conciencia de comunidad y de participación y un ambiente de respeto y flexibilidad. Yo pienso que en mi caso mis relaciones con los alumnos han sido extraordinariamente buenas, yo he sido una profesora exigente, no creerán ustedes que he sido una profesora blanda, yo creo que tal vez Guevara lo pueda decir, por algo que él me ha dicho otras veces ¿no?, pero al mismo tiempo el profesor tiene que ser muy comprensivo. Es decir, lo uno no se opone a lo otro; creo que el profesor tiene que crear una atmósfera de afecto ¿saben lo que es una atmósfera de afecto?, es decir, si él se interesa por el alumno, si antes del interés incluso por la ciencia que enseña está el interés humano, esa atmósfera afectiva se genera, y yo no creo que pueda existir una verdadera educación, que pueda realizarse plenamente la educación sin que exista esa relación afectiva entre profesor y alumno, yo creo como Bécquer cuando decía que: «No aprendemos más que lo que amamos, de aquel a quien amamos» (…)

VICENTINA ANTUÑA

Tomado de: Letras cubanas, no. 5, julio-septiembre, año 1987, Ed. Letras Cubanas, pp. 212-220.

*Palabras de Vicentina en el homenaje que le hiciera el Instituto Cubano del Libro en el espacio "El autor y su obra".

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