domingo, 13 de diciembre de 2009

A MI PADRE


Es el más honrado de los hermanos de Electra,
y lleva el nombre como una espiga de arroz
cotidiana e incómoda
entre los vellos de la noche encanecida
que alberga en su tórax.

El tiempo le ha dado dones, castigos.
Suma soles amargos como pimientos encendidos
sobre la meseta y calla, piensa.
Porque sabe que los arabescos del lenguaje
son máscara y muro.
Y él ama la palabra simple,
la huella dúctil sobre el pasto primero del día.
Ama la patria que soy cuando abro la puerta.

Acepta con obediencia lo irreversible,
los platos de porcelana con girasoles en los bordes
que Electra le envía desde el Norte.
Esquiva la frase dura, el exilio.
En esta versión del mito él fue quien se quedó.

Y acecha entre mis libros algún cuento gótico,
un ejemplar de historias de terror o fantasía.
Debajo de algún colchón queda guardado
un discurso de Fidel,
o citaciones para la guardia ciudadana,
o un brazalete del 26.
Ahora lee la Biblia.

Defiende sus ideas, su moral inclaudicable
y recuerda sus botas de la infancia sobre el cuello
para no gastarlas camino a la escuela.
Tenía diecisiete años cuando triunfó la Revolución.

Y hoy vuelve en su bicicleta milenaria
esperanzado, sonriente,
con la leche o las lechugas,
y exclama ¡Yobi! y me da un beso.

Madrid. 13 de diciembre de 2009. 4:00 pm.

1 comentario:

  1. Me gusta mucho este poema.
    Sabes? con el tiempo, y el mar por medio, he aprendido a amar a mi padre. Me llama casi todos los días desde la isla.

    ResponderEliminar