viernes, 25 de diciembre de 2009

MÁS ALLÁ DEL MAR DE DELOS



σοὶ μὲν ἐγὼ πτέρ' ἔδωκα...

ΘΕΟΓΝΙΔΟΣ

No confío en estos versos,
enormes frutos de algodón,
nubes vigilantes del deseo.
Parecen plagios de una vieja antología.


Tuve en mis manos todo el oro de la noche.
Algún tallo oculto fue ennegreciendo las horas.
Mis palabras, como el vino,
te lanzaron a los pálidos arrecifes del placer.
Queda, sobre la herida,
una fina tela púrpura que los días irán borrando.

La soledad es este amargo destierro
donde abrazo el dolor
como pulpo adherido a su roca.
Ciudad asaltada por silencio.
Soy.
Temo que la ola digiera hasta
el último gesto pobre que cobijo.

Al raspar tu corazón con la piedra de toque
negras naves sumergidas me rodearon.

Que el público aplauda no es confiable.
Ahora saldrán a la orchestra.
Mira tu peplo corrido.
Canten alto, es para la diosa...


Encanece el rubio pan en la mesa.
Acodado sobre el mantel
caigo eternamente,
zurzo el aire con mi cuerpo.
Doloroso es ver la felicidad, mano dorada,
pasar impasible ante el que la ha visto.


Otra vez vi tu corazón en la calle,
piedra ordinaria y triste.
Como un cervato huías en la noche,
tras doce jornadas di contigo, Cirno,
desgarré tu piel con mis dientes,
cual león; bebí la negra sangre,
tus vísceras exprimidas en mi boca.

Somos todas las mujeres expectantes.
Vírgenes de sonrisa apretada.
Mientras dormíamos Apolo escupió
nuestros labios.


Los muchachos abren paso a Atenea.

Qué enturbió el iris,
dónde el caballo de espuma en mi verso.
El hielo anida en mis labios.
Con los cascos golpeas mis dientes,
mezclas escarcha y sangre, amarga libación.

Solo, con las violetas de tu corona, marchitas.

Milano sordo, al desatar
el hilo blanco que te sostenía,
te has ido contra las rocas afiladas de tu alma.
Ya es cordel podrido atado a la noche,
desierto blanco que se extiende,
como la luz.

Desterrado en Cálcide, angustiado,
con un toro derrumbándome la lengua,
he de izar otra vez las velas de mi alma,
alejarme de un mal puerto.

No confío en estos versos
enormes frutos de algodón,
nubes vigilantes del deseo.
Parecen plagios de una vieja antología.


Dora la luz el barro oscuro de las macetas,
los rojos techos, la aspereza del tanque.
El ciclón dispersó las tapas de los depósitos.
Hasta aquí llegaron las aguas.
Patria encogida.
La soledad, manto infinito,
lo borra todo.
Nos queda el tacto, el recuerdo.

No sé invertir los órdenes.
O es Homero, su herencia.

Miserablemente mudo, a la deriva,
viendo caer las blancas velas de mi alma
más allá del mar de Delos.

abril de 2005

2 comentarios:

  1. Preciosos versos. ¡Salud, poeta!

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  2. Gracias, Chely, muchas gracias. Esto significa mucho para quien leía en su adolescencia Espacio abierto, Brujas y La desnudez y el alba.

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