lunes, 7 de diciembre de 2009

“La sustancia adherente” en Nadie Parecía, No III



Cuando uno lee los textos que inician los números de Nadie parecía. Cuaderno de lo bello con Dios, revista que José Lezama Lima dirigió junto a Ángel Gastelu, entiende que esta revista es génesis y no culminación, etapa anterior al ministerio, como los cuarenta días y noches de Moisés en el monte Sinaí o la estancia de Cristo en el desierto, donde el elegido de Dios fue tentado. Preparatoria para llevar a cabo una empresa. Intimidad con lo divino, con la luz. Zarza que arde. Soledad.

El título, tomado de San Juan de la Cruz, comienza evocando un aislamiento, pero nombra al final una compañía: Dios. “Amada con amado, amada en el amado transformada”, dice el mismo poeta español.

El agua y el mar pueden interpretarse como espacio de gestación, de formación, alistamiento para emerger pleno, robusto, invencible. Eso representa Nadie Parecía, un hundimiento en la fuente, en el mar como sustancia madre, amniótica, aguas sobre las que el espíritu creador se mueve.

La imagen del guerrero subyace insistentemente en estos editoriales y, al mismo tiempo, aparece la fuerza que se opone, contra la que se lucha: la “orilla enemiga” (como es nombrada en el primer número) o la “resistencia” (en el último número de la revista). Fortaleza, luz y verticalidad emanan de estos textos, un descenso que resulta ascensión a la luz. Una katábasis hacia la fuente, al principio, al Uno, ir “más hondo si se está dispuesto a nacer, a marchar hacia la juventud que se va haciendo eterna.”

Este guerrero se debe al agua como principio del mundo. El pescador solitario (en “Noche Dichosa”), el tiburón (en “Censura Fabulosa”) y el brazo sumergido en el mar (en “La Sustancia Adherente”) son metáforas de un ser en formación, todavía inmerso en el vientre divino.

El editorial número III de Noviembre de 1942, titulado “La Sustancia Adherente” tiene una primera oración reveladora, que resume y ejemplifica muchas de las ideas antes mencionadas. El texto comienza con una condicional que deja el asunto (en un primer momento) como opción o posibilidad, pero tres renglones después ya se habla de “brazo sumergido”, lo que implica una consumación de lo probable. Se tiende a un estado de reposo (“descansar”), que no ha de entenderse como inactividad; se alude a la sumersión (“dentro del mar”); a su vez, se le da gran importancia al entorno acuático, en el que se gesta la dureza del brazo. Lo que el sujeto lírico introduce en el agua son, precisamente, los brazos. Extremidades con las que se empuñan las armas, con las que se escoge y aparta, con las que se ordena, y con las que también se escribe. Entonces, se revela el acto de la escritura como instrumento de combate, y el robustecimiento del brazo como fortaleza de la poiesis, si lo hacemos extensivo.

El tiempo que dura este reposo endurecedor también es importante; “un bienio”, la espera paciente, ese largo proceso en que el mar depura y adhiere a la concha hasta poder “frisar(se)” a otros; he aquí el objetivo de este entrenamiento, la razón de la espera inmóvil y aglutinadora: luego puede uno enfrentar y compararse sin temor “con el más grande y noble de los animales y con el monstruo que acude a sopa y a pan.”

El mar pule y robustece los brazos, los que lentamente, con paciencia adquieren “toscas jabonaduras con tegumento del equino”. El proceso demorado y estático lleva corrección, aprendizaje; la inmovilidad no significa molicie o placer, hay mutación, padecimiento; adherir, fusionar, fundirse llevan consigo el dolor: hay “miserables joyas que van taladrando su carne”.

El guerrero sufre cambios que lo llevan a una deificación de sus miembros, a un robustecimiento divino. La soledad se vuelve epifanía, relación directa con la luz; y, como Cristo tentado por Satán, la parte sumergida transita por una “paz probatoria”. Aunque las joyas taladran su carne, una vez que las adhiere, quedan bendecidas, transformadas en ojos que permiten la selección. Esta metamorfosis prolongada, hecha de paciencia y martirio, es leída como milagro, “misterio sobrehumano”, “estatua mayor”, que convierte el brazo en cuerpo, la parte en todo, en ser óptimo, gigantesco, divinamente ciclópeo. El resultado de este proceso “lentísimo” es un “improbable cuerpo tocable”, una divinidad cercana.



El epígrafe de Pedro Soto de Rojas (que Lezama coloca al lado del dibujo y entre el título de la revista y el editorial) completa la imagen de lo metamorfoseado que ha surgido “blanquísimo” y majestuoso, superior a sus iguales, digno de veneración. Faltaba el reconocimiento de sus cualidades por una segunda persona que bien puede ser Marcelo, maravillado por la música de las cañas, y seducido por el efecto de la armonía; quien confiesa que no ha visto siete cañas tan sonoras, “ni a tanta costa unidas”.

El acto de creación es algo que se sostiene durante todo el relato: el mar, con golpe persistente, moldea el brazo, lo bate con “maestra artesanía”, en calidad de escultor y demiurgo, pero este miembro no es sujeto paciente que recibe solo la influencia de la marea, sino que sufre y aprende a través del dolor a escoger y a alimentarse, pues existe en él un “asco celeste”, un “celestial desdén” que le permite elegir los elementos que lo formen. Su objetivo es cambiar en arte lo que digiera (transformar en música el cangrejo masticado). Por tanto, el brazo es un individuo pensante que deviene obra de arte propia, puede leerse como metáfora del mundo interior o de la obra de un escritor. El miembro es meta-sinécdoque que se ha convertido en personaje, algo que está en el mismo desarrollo de la poética lezamiana cuando el autor se refiere a “sujeto metafórico”, pero considero también que es, ante todo, metonimia, pues por contigüidad se le llama al poeta por el brazo, a la obra por el miembro corporal que sirve para escribirla, al poder por la diestra endurecida, a lo abstracto por lo concreto.

Hay algunas otras observaciones relacionadas con el poder que quisiera destacar en el texto. Esta extremidad que se vuelve cuerpo lo subordina todo, lo trasciende todo al irrumpir entero desde las aguas, puede compararse tanto con los que le son cercanos como con los que le odian. Se siente en el discurso cierta rivalidad. El brazo es llamado “indócil giba para los resueltos soplones”, o sea, es molestia indoblegable para el enemigo, tropiezo para el contrario, y ante el vuelo del insecto que le rodea (“punto que vuela”) prefiere el “caracol como instante punto”, más provechoso, que hasta en su frenesí es lento, y lleva la violencia al mismo paso moderado con que realiza las otras acciones. Esto ratifica aquel “asco celeste”, la capacidad de selección que pone en práctica el ser superior, convertido en núcleo o “aposento de centraciones”, eje desde el cual gira lo demás.

El texto es una gran alegoría sobre el poeta y su obra. El poeta como elegido de Dios, enviado por la luz a perpetuar la vida y lo bello por medio de la poesía, que puede elegir con “celestial desdén” a sus discípulos. El poeta inmenso, ser omnipotente que lo abarca todo y de todo se nutre, que sale en busca de sus partidarios y adoradores. Lezama Lima mismo reconoce en la entrevista hecha por Armando Álvarez Bravo, que en los editoriales de Nadie Parecía está le génesis de su sistema poético. Este “cuaderno de lo bello con Dios” es, como ya he señalado, un entrenamiento previo que requiere soledad y epifanía, un ensayo de ese sistema que, por consiguiente, es el que rige el “estado poético” que quiso fundar y que anuncia lo que será la familia de Orígenes: seres iniciados en el misterio del verso, convidados a una misma mesa, repartidos con la misma simetría que tiene La última cena de Da Vinci, aunque ya sabemos que el tiempo y el "azar concurrente" ha venido a fundar otras formas de lo simétrico posible.

1 comentario:

  1. tengo un número de la revista NADIE PARECIA .DEL PERIODO 1942-1944 ,comienza con el Nº 1 de SEPTIEMBRE 1942 al Nº 10 de MARZO DE 1944.
    Santiago de Chile .
    info@casonasannicolas.cl

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