domingo, 13 de diciembre de 2009

"Humani nil a me alienum puto"*



Aún inmerso en ese estado de estupor que ha provocado su ausencia repentina, miré a los estudiantes y dediqué la primera clase de Latín II a quien, durante más de 35 años, consagró su vida al estudio y la difusión de la lengua y la cultura romanas en nuestra Universidad.

Hablar de Amaury en pretérito es, hoy, la más dolorosa exigencia a la que me someto. Comenzó siendo mi tutor, llegaba antes que yo a las clases que me iba a visitar. No dejó de sorprenderme la disciplina y el respeto que siempre tuvo con lo que emprendía. Recuerdo los planes de trabajo manuscritos para que yo firmara y guardase una copia cuando aún era alumno ayudante. Además, es inseparable a esto su buen humor, sus comentarios de pasillo en que se unían pensamiento común, cierta inocencia rural (que nunca lo abandonó) y el profundo conocimiento que poseía. Lo mismo analizaba en una clase los acueductos de Roma que el modo de bombear agua en el municipio Plaza. Cantaba y traducía al latín tanto una canción de Paulo FG como el Himno Nacional. Solía llegar al departamento y referir algún incidente en el camello, nos comentaba sobre algún personaje popular, o tarareaba un estribillo bien sonado. No he conocido a nadie que haya hecho más vitales las palabras del personaje terenciano: "humani nil a me alienum puto".

Recuerdo que, al comenzar como profesor en la Cátedra de Filología y Tradición Clásicas, él estaba en Estados Unidos y decidí enviarle un examen extraordinario por correo electrónico para que fuera él mismo quien lo calificara: a la media hora ya tenía de vuelta la calificación y sus consideraciones. Incluso ingresado, pidió que no le colocaran el suero en la mano derecha para poder revisar las pruebas. Había en él un compromiso ineludible con la instrucción, con su trabajo; por lo que, después de recibir sus enseñanzas, uno tenía que reconocerlo como maestro genuino, no «magister», el latinajo tiene para nosotros cierta resonancia escolástica, y nada más alejado del profesor afable, humilde y sonriente que nos enseñó por primera vez a declinar.

Podía hacer algún comentario y detenernos cuando solo íbamos de pasada, o escucharlo en el laboratorio de computación donde se le podía ver asiduamente: siempre su gran capacidad asociativa, los antiguos siempre; su propósito de intercambiar conocimiento, las últimas cavilaciones sobre un tema compartidas con el alumno de primer año o con el agente de seguridad… porque para Amaury el acto intelectual era también actividad de pasillo, acción vital, al alcance de todos e infinito: nada más natural, entonces, que compartirlo.

La lección más acabada que hemos recibido de él es la humildad, comentar lo que se ha aprendido sin parecer ostentoso o autosuficiente. Uno de los últimos temas que compartimos fueron sus ideas sobre las «malas palabras», y la necesidad de que estas existan: me alegró tanto escucharlo decir cosas que podrían asociarse con opiniones únicamente de la juventud. Juntos descubrimos que «joder» viene del verbo latino «futuĕre», y se quejaba del daño que hacía a la historia de la lengua el puritanismo de los gramáticos.

Me había prometido no ser nunca lo suficientemente adulto como para asistir a determinados sitios; pero calculé mal: hay lazos que nos atan a los que nos rodean y no son precisamente formalidades. Hacía más de un año que no sentía esa tristeza que se ahonda y hace del aliento escarcha afilada.

Soy, acaso, la voz más joven de sus compañeros de departamento; sirva mi mensaje como tributo de los que, por ese dolor traducido en silencio abismal, temen escribir o pronunciar cualquier palabra que pueda ser solo eco en el vacío o voz rajada.

Enero de 2007.

*Esta es una versión del artículo que salió en las Reescrituras de la revista Upsalón de la Facultad de Artes y Letras, número que, lamentablemente, demoró dos años en salir, de modo que a la pérdida de Amaury, sumamos el fallecimiento de Nara en enero de 2009 en esa misma edición. De la ausencia irreparable de Amaury ya se cumplirán el próximo enero tres años. Dejó, en su inmensa papelería, una traducción completa de El asno de oro de Apuleyo, que ojalá alguno de nosotros se empeñe en estudiar, editar y publicar. Merecerá la pena. Sirva este texto y la presentación de este cuento que sospechosamente apareció entre sus papeles sin firmar como propio, como homenaje a quien hoy también ha sido recordado en el III CONGRESO INTERNACIONAL DE FILOLOGÍA Y TRADICIÓN CLÁSICAS VICENTINA ANTUÑA IN MEMORIAM. ¿Es Amaury Carbón el autor de este cuento?¿Lo escribió algún discípulo ficcionalizando algunas de las características de nuestro profesor? El texto tiene correcciones del propio Amaury, lo que lo hace más sospechoso aún... Lo cierto es que me agrada la idea de verlo regresar ahora, con su sentido del deber y del cumplimiento, como ente literario.

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