lunes, 21 de diciembre de 2009

Federico: de la luna a la luz de los hombres*


Federico sueña a manos de Teatro de las Estaciones. Qué encuentra a su paso. A una mujer que ansía tener un nieto, a unas hormigas agobiadas por las labores, a unos novios que rompen su compromiso cuando estaban camino al altar, a un viejo titiritero con un matrimonio de títeres que reproduce los típicos problemas de parejas y los roles de género y que anuncian los personajes posteriores en la producción de piezas de retablo del granadino. Porque el sueño de Federico lo remite constantemente a los problemas de la vida diaria, la magia se fusiona con las vicisitudes cotidianas, con los celos y el desengaño. Dormido, Federico se prepara para vivir.

El encantamiento de Federico no lo aparta de los problemas que ha de enfrentar en la vida, todo lo contrario, lo alista para las rupturas, el trabajo, los sacrificios, el peregrinaje, en fin, para el dolor que es consustancial al ser humano, lo cual no impide que el lirismo y la imaginación se filtren por entre los episodios y los parlamentos. El brillo de las palabras y los trajes, la luz de la luna, las voces de todo ser vivo invitan a Federico a vivir, a ser valiente y a entender que solo experimentando, por el camino y en soledad se llega al conocimiento.

A todos parece que Federico del Sagrado Corazón de Jesús es un nombre muy largo para un niño solo, para un niño perdido en la noche. Insisten en llamarlo Galapaguito. Junto a la novia rana este niño no solo aprenderá a afilar sus inclinaciones poéticas sino que desde el mismo sueño tendrá que enfrentar y asumir la pérdida y la debilidad de sus manos que no logran sostenerla y el viento la lleva consigo. Así, pues, la soledad será uno de los estados recurrentes por los que pasará el niño, luego del encuentro con cada uno de estos personajes itinerantes. También se asoma a los prejuicios patriarcales, a los cuestionamientos que pueden hacérsele a los roles de género heredados, al desgaste de un matrimonio de títeres en manos de un titiritero perdido en la noche, llevado azarosamente por el viento.

El retablo, el mundo del teatro al que este niño se asoma en su sueño por primera vez, se entremezcla con la posibilidad de un viaje a La Habana. Rosita no quiere ser la esposa sumisa y obediente a su marido regañón, quiere viajar, conocer, ir a La Habana, la ciudad donde se exiliaron algunos de sus primos a causa de la guerra en la Península Ibérica. El éxodo y el peregrinaje son comportamientos consustanciales a la raza humana, como demuestran estos personajes, y, del mismo modo, Cuba y el teatro se funden como referentes que en el futuro serán tangibles y entrañables para García Lorca.



Federico parte de la noche de Luna dulce y Viento malo, hacia el amanecer. Habrá de caminar hacia el día, habrá de pintar la aurora, de asumir los peligros que conlleva la existencia misma, pues, como le dice una de las hormigas, “vivir es siempre un riesgo”. En esa aparente inmovilidad de un niño perdido en la noche, el pequeño tendrá que enfrentar las distintas situaciones a las que ya hemos hecho mención, podrá sonreír y tendrá que tomar decisiones, mientras extraña a su madre. Zozobras continuas e internas experimentará Federico, su viaje es hacia dentro, conclusivo, cuando el camino después de los delicados cristales de la noche apenas comienza. Los problemas del otro, del recién llegado, no serán sino reflejo de las situaciones venideras, que tendrá que asumir Federico en el camino, pues todo crecimiento conlleva dolor.

La relación de Federico con la luna refleja la sobreprotección y el cuidado excesivo de las madres sobre sus pequeños, a los que no quieren perder de vista, a quienes instintivamente desean cuidar por muy crecidos que estén. Llegar al día es para Federico alcanzar la madurez de pensamiento y de edad, sin perder el encanto de su mirada. El sueño de cada noche lo devuelve a los brazos de su madre, a la sustancia amniótica, a la inocencia primera. Pero Federico sabe que debe caminar, tiene que ir hacia la terrible luz del alba, hacia la engañosa pero necesaria e inevitable luz de los hombres. De ahí que su inmovilidad en el seno de la noche sea contrariada por todas esas voces que lo llaman a despertar y a iniciar su viaje hacia la alborada. La oscuridad de la vigilia, su misterio de almohada no retiene al muchacho, ha decidido conocer el día y afrontar los peligros que conlleva la existencia misma.



Federico ha despertado, ya es un niño adulto. Pincel, teatro, poesía, música anuncian sus aficiones y variadas líneas de su desarrollo artístico. Al borde del amanecer termina la obra, porque él quiere ser eso para siempre, un poeta que comienza con la primera sonrisa y el verso por escribir, quiere pensar que perennemente se puede ser un niño frente al primer nacimiento del sol, “con el dulce mañana intacto”.

¿Hay, entonces, peripecia, cambio de fortuna en esta obra? Negarlo sería pensar que, por ejemplo, Prometeo en la obra conservada de Esquilo no sufre una transformación, algo que no es cierto, si entendemos que este termina despeñándose desde las alturas a las que ha sido atado, decidido con testarudez a no revelar su secreto. Federico parte de un sueño, está dormido y perdido en la noche. Como el titán de la mitología griega, ve pasar a distintos seres que se cruzan con él en la vastedad de la vigilia. Hasta que decide moverse. Pasa de la ensoñación al despertar, lo que ya entraña un cambio. Conoce de los sufrimientos humanos y de las frustraciones de los que se le acercan. A diferencia del dios mitológico, Federico es muy pequeño para tener razones contrapuestas a lo que dicen, por lo que se limita a escuchar y a aprender. Ha crecido en el vientre oscuro del anochecer, y se encamina al alba, hacia lo desconocido con la información que ya tiene. Protegido por los lánguidos y luminosos brazos de la luna, sabe que ha de tropezar, de amar, de sufrir, porque a eso los hombres llaman vida. Va de la sobreprotección en el seno de la madre a la soledad y el peregrinaje. El dramaturgo nos presenta al niño en el umbral del camino y al adulto en el final de la vida, unidos por la misma mirada soñadora, por la magia de la primera vez que las dificultades no lograron apagar. Hay un salto entre el niño recién asomado al mundo y este hombre que vuelve con la mirada intacta, a salvo de las profundidades, que los sufrimientos no le han robado el brillo de sus enormes pupilas, y se presenta con sus grandes ojos donde cabe la noche, y con el olor y la sal del primer amanecer.

El retozo poético que conforma esta obra, las habilidades líricas de su autor Norge Espinosa, nos lo presentan como uno de los mejores escritores para niños con los que cuenta nuestro país actualmente. Momentos de entrañable lirismo nos reserva la obra, octosílabos con rima en los versos pares a la manera del romance español que tan bien cultivó García Lorca, juegos de palabras que revelan oficio y talento, referencias al teatro dentro del teatro. Del granadino está tomada la luz, las imágenes, en un acto de imitación del estilo encomiable, pues no se copia literalmente ni un verso del autor español.

El diseño de Zenén Calero reafirma su indiscutible y elevada calidad en esta puesta con que Teatro de Las Estaciones celebra sus quince años, que, en manos de un equipo dirigido por Rubén Darío Zalazar, dan vida a la noche de teatro en que Federico toca sueños tan distantes como una isla del Caribe y una rana con velo de novia. Los actores continúan creando una interdependencia entre ellos y los muñecos, relación esta que en las puestas de Los zapaticos de rosa y La virgencita de bronce ya mostraban al títere en una dimensión privilegiada. Cada uno de sus gestos es asumido como acto de magia, como encarnación de lo imposible, como una marabilia en sucesión. El actor experimenta las sensaciones del muñeco y a la vez se extraña de sus actos, en la conjunción de ambos. El extrañamiento de los intérpretes ante los comportamientos del títere se vuelve veneración.

Esta obra es un homenaje al Federico niño, al niño que sigue viviendo en el ser humano a pesar del inevitable paso de los años. Es, a su vez, un canto a La Habana que él conoció, y a la fantasía. El espectador queda así, como el pequeño de la escena, frente a la primera luz del mundo, con una rosa ensangrentada en el pecho (mezcla de la belleza y el dolor que conlleva asomarse al día de los hombres), dispuesto a caminar por primera vez, después de cruzar el oscuro ensueño de esta puesta.

*Sobre la obra Federico de noche de Norge Espinosa y la puesta en escena de Teatro de las Estaciones.

3 comentarios:

  1. La puesta de la obra comienza con una Granada en ruedas y en miniatura, iluminada y muy tierna. Los efectos de las hormigas y otros animalitos, logrados por la manipulación de la luz, la imagen y la voz dulce de la luna, nos devuelven a la noche primera de la creación, y de algún modo hemos vuelto a crecer desde lo pequeño y desde la noche, así que prepárate a crecer hacia la luz de los hombres, porque tu inmovilidad es solo estado de gestación para volver a la vida. Eres ahora Ictiandros y germinas en el agua, pero estás llamado a ser otra vez Ictiangellos. Si quieres leer la obra completa, está en http://www.lajiribilla.cubaweb.cu/2009/n433_08/elcuento.html
    Si quieres saber más sobre tu reposo y lo que él genera, lee en este blog http://yoandynombrar.blogspot.com/2009/12/la-sustancia-adherente-en-nadie-parecia.html
    Un beso

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  2. Gracias Guardián.... tú eres también Oráculo.

    Federico: Mi corazón es agua.

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