miércoles, 30 de diciembre de 2009

EL TEXTO COMO ESPEJO


Busco, en los breves golpes de la luz sobre las cosas, un aliento que pueda congelar, un testimonio del texto interminable que conforma el hombre con su entorno. La imagen es también un modo de textuar la existencia, la imagen es también un espejo en ondonadas que devuelve la esencia tangible perdida en la memoria. Si el fin de todo texto es comunicar, el hombre, ese ser sintáctico, está en diálogo perpetuo con la naturaleza. El agua devuelve en su lenguaje otros rostros posibles. Yo persigo presentar ráfagas, momentos del azar concurrente de esa larga e inevitable conversación de un hombre y sus reflejos en las cosas. De un ente visible que la realidad distorsiona. De la imagen del autor multiplicada en el universo.

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viernes, 25 de diciembre de 2009

MÁS ALLÁ DEL MAR DE DELOS



σοὶ μὲν ἐγὼ πτέρ' ἔδωκα...

ΘΕΟΓΝΙΔΟΣ

No confío en estos versos,
enormes frutos de algodón,
nubes vigilantes del deseo.
Parecen plagios de una vieja antología.


Tuve en mis manos todo el oro de la noche.
Algún tallo oculto fue ennegreciendo las horas.
Mis palabras, como el vino,
te lanzaron a los pálidos arrecifes del placer.
Queda, sobre la herida,
una fina tela púrpura que los días irán borrando.

La soledad es este amargo destierro
donde abrazo el dolor
como pulpo adherido a su roca.
Ciudad asaltada por silencio.
Soy.
Temo que la ola digiera hasta
el último gesto pobre que cobijo.

Al raspar tu corazón con la piedra de toque
negras naves sumergidas me rodearon.

Que el público aplauda no es confiable.
Ahora saldrán a la orchestra.
Mira tu peplo corrido.
Canten alto, es para la diosa...


Encanece el rubio pan en la mesa.
Acodado sobre el mantel
caigo eternamente,
zurzo el aire con mi cuerpo.
Doloroso es ver la felicidad, mano dorada,
pasar impasible ante el que la ha visto.


Otra vez vi tu corazón en la calle,
piedra ordinaria y triste.
Como un cervato huías en la noche,
tras doce jornadas di contigo, Cirno,
desgarré tu piel con mis dientes,
cual león; bebí la negra sangre,
tus vísceras exprimidas en mi boca.

Somos todas las mujeres expectantes.
Vírgenes de sonrisa apretada.
Mientras dormíamos Apolo escupió
nuestros labios.


Los muchachos abren paso a Atenea.

Qué enturbió el iris,
dónde el caballo de espuma en mi verso.
El hielo anida en mis labios.
Con los cascos golpeas mis dientes,
mezclas escarcha y sangre, amarga libación.

Solo, con las violetas de tu corona, marchitas.

Milano sordo, al desatar
el hilo blanco que te sostenía,
te has ido contra las rocas afiladas de tu alma.
Ya es cordel podrido atado a la noche,
desierto blanco que se extiende,
como la luz.

Desterrado en Cálcide, angustiado,
con un toro derrumbándome la lengua,
he de izar otra vez las velas de mi alma,
alejarme de un mal puerto.

No confío en estos versos
enormes frutos de algodón,
nubes vigilantes del deseo.
Parecen plagios de una vieja antología.


Dora la luz el barro oscuro de las macetas,
los rojos techos, la aspereza del tanque.
El ciclón dispersó las tapas de los depósitos.
Hasta aquí llegaron las aguas.
Patria encogida.
La soledad, manto infinito,
lo borra todo.
Nos queda el tacto, el recuerdo.

No sé invertir los órdenes.
O es Homero, su herencia.

Miserablemente mudo, a la deriva,
viendo caer las blancas velas de mi alma
más allá del mar de Delos.

abril de 2005

lunes, 21 de diciembre de 2009

Federico: de la luna a la luz de los hombres*


Federico sueña a manos de Teatro de las Estaciones. Qué encuentra a su paso. A una mujer que ansía tener un nieto, a unas hormigas agobiadas por las labores, a unos novios que rompen su compromiso cuando estaban camino al altar, a un viejo titiritero con un matrimonio de títeres que reproduce los típicos problemas de parejas y los roles de género y que anuncian los personajes posteriores en la producción de piezas de retablo del granadino. Porque el sueño de Federico lo remite constantemente a los problemas de la vida diaria, la magia se fusiona con las vicisitudes cotidianas, con los celos y el desengaño. Dormido, Federico se prepara para vivir.

El encantamiento de Federico no lo aparta de los problemas que ha de enfrentar en la vida, todo lo contrario, lo alista para las rupturas, el trabajo, los sacrificios, el peregrinaje, en fin, para el dolor que es consustancial al ser humano, lo cual no impide que el lirismo y la imaginación se filtren por entre los episodios y los parlamentos. El brillo de las palabras y los trajes, la luz de la luna, las voces de todo ser vivo invitan a Federico a vivir, a ser valiente y a entender que solo experimentando, por el camino y en soledad se llega al conocimiento.

A todos parece que Federico del Sagrado Corazón de Jesús es un nombre muy largo para un niño solo, para un niño perdido en la noche. Insisten en llamarlo Galapaguito. Junto a la novia rana este niño no solo aprenderá a afilar sus inclinaciones poéticas sino que desde el mismo sueño tendrá que enfrentar y asumir la pérdida y la debilidad de sus manos que no logran sostenerla y el viento la lleva consigo. Así, pues, la soledad será uno de los estados recurrentes por los que pasará el niño, luego del encuentro con cada uno de estos personajes itinerantes. También se asoma a los prejuicios patriarcales, a los cuestionamientos que pueden hacérsele a los roles de género heredados, al desgaste de un matrimonio de títeres en manos de un titiritero perdido en la noche, llevado azarosamente por el viento.

El retablo, el mundo del teatro al que este niño se asoma en su sueño por primera vez, se entremezcla con la posibilidad de un viaje a La Habana. Rosita no quiere ser la esposa sumisa y obediente a su marido regañón, quiere viajar, conocer, ir a La Habana, la ciudad donde se exiliaron algunos de sus primos a causa de la guerra en la Península Ibérica. El éxodo y el peregrinaje son comportamientos consustanciales a la raza humana, como demuestran estos personajes, y, del mismo modo, Cuba y el teatro se funden como referentes que en el futuro serán tangibles y entrañables para García Lorca.



Federico parte de la noche de Luna dulce y Viento malo, hacia el amanecer. Habrá de caminar hacia el día, habrá de pintar la aurora, de asumir los peligros que conlleva la existencia misma, pues, como le dice una de las hormigas, “vivir es siempre un riesgo”. En esa aparente inmovilidad de un niño perdido en la noche, el pequeño tendrá que enfrentar las distintas situaciones a las que ya hemos hecho mención, podrá sonreír y tendrá que tomar decisiones, mientras extraña a su madre. Zozobras continuas e internas experimentará Federico, su viaje es hacia dentro, conclusivo, cuando el camino después de los delicados cristales de la noche apenas comienza. Los problemas del otro, del recién llegado, no serán sino reflejo de las situaciones venideras, que tendrá que asumir Federico en el camino, pues todo crecimiento conlleva dolor.

La relación de Federico con la luna refleja la sobreprotección y el cuidado excesivo de las madres sobre sus pequeños, a los que no quieren perder de vista, a quienes instintivamente desean cuidar por muy crecidos que estén. Llegar al día es para Federico alcanzar la madurez de pensamiento y de edad, sin perder el encanto de su mirada. El sueño de cada noche lo devuelve a los brazos de su madre, a la sustancia amniótica, a la inocencia primera. Pero Federico sabe que debe caminar, tiene que ir hacia la terrible luz del alba, hacia la engañosa pero necesaria e inevitable luz de los hombres. De ahí que su inmovilidad en el seno de la noche sea contrariada por todas esas voces que lo llaman a despertar y a iniciar su viaje hacia la alborada. La oscuridad de la vigilia, su misterio de almohada no retiene al muchacho, ha decidido conocer el día y afrontar los peligros que conlleva la existencia misma.



Federico ha despertado, ya es un niño adulto. Pincel, teatro, poesía, música anuncian sus aficiones y variadas líneas de su desarrollo artístico. Al borde del amanecer termina la obra, porque él quiere ser eso para siempre, un poeta que comienza con la primera sonrisa y el verso por escribir, quiere pensar que perennemente se puede ser un niño frente al primer nacimiento del sol, “con el dulce mañana intacto”.

¿Hay, entonces, peripecia, cambio de fortuna en esta obra? Negarlo sería pensar que, por ejemplo, Prometeo en la obra conservada de Esquilo no sufre una transformación, algo que no es cierto, si entendemos que este termina despeñándose desde las alturas a las que ha sido atado, decidido con testarudez a no revelar su secreto. Federico parte de un sueño, está dormido y perdido en la noche. Como el titán de la mitología griega, ve pasar a distintos seres que se cruzan con él en la vastedad de la vigilia. Hasta que decide moverse. Pasa de la ensoñación al despertar, lo que ya entraña un cambio. Conoce de los sufrimientos humanos y de las frustraciones de los que se le acercan. A diferencia del dios mitológico, Federico es muy pequeño para tener razones contrapuestas a lo que dicen, por lo que se limita a escuchar y a aprender. Ha crecido en el vientre oscuro del anochecer, y se encamina al alba, hacia lo desconocido con la información que ya tiene. Protegido por los lánguidos y luminosos brazos de la luna, sabe que ha de tropezar, de amar, de sufrir, porque a eso los hombres llaman vida. Va de la sobreprotección en el seno de la madre a la soledad y el peregrinaje. El dramaturgo nos presenta al niño en el umbral del camino y al adulto en el final de la vida, unidos por la misma mirada soñadora, por la magia de la primera vez que las dificultades no lograron apagar. Hay un salto entre el niño recién asomado al mundo y este hombre que vuelve con la mirada intacta, a salvo de las profundidades, que los sufrimientos no le han robado el brillo de sus enormes pupilas, y se presenta con sus grandes ojos donde cabe la noche, y con el olor y la sal del primer amanecer.

El retozo poético que conforma esta obra, las habilidades líricas de su autor Norge Espinosa, nos lo presentan como uno de los mejores escritores para niños con los que cuenta nuestro país actualmente. Momentos de entrañable lirismo nos reserva la obra, octosílabos con rima en los versos pares a la manera del romance español que tan bien cultivó García Lorca, juegos de palabras que revelan oficio y talento, referencias al teatro dentro del teatro. Del granadino está tomada la luz, las imágenes, en un acto de imitación del estilo encomiable, pues no se copia literalmente ni un verso del autor español.

El diseño de Zenén Calero reafirma su indiscutible y elevada calidad en esta puesta con que Teatro de Las Estaciones celebra sus quince años, que, en manos de un equipo dirigido por Rubén Darío Zalazar, dan vida a la noche de teatro en que Federico toca sueños tan distantes como una isla del Caribe y una rana con velo de novia. Los actores continúan creando una interdependencia entre ellos y los muñecos, relación esta que en las puestas de Los zapaticos de rosa y La virgencita de bronce ya mostraban al títere en una dimensión privilegiada. Cada uno de sus gestos es asumido como acto de magia, como encarnación de lo imposible, como una marabilia en sucesión. El actor experimenta las sensaciones del muñeco y a la vez se extraña de sus actos, en la conjunción de ambos. El extrañamiento de los intérpretes ante los comportamientos del títere se vuelve veneración.

Esta obra es un homenaje al Federico niño, al niño que sigue viviendo en el ser humano a pesar del inevitable paso de los años. Es, a su vez, un canto a La Habana que él conoció, y a la fantasía. El espectador queda así, como el pequeño de la escena, frente a la primera luz del mundo, con una rosa ensangrentada en el pecho (mezcla de la belleza y el dolor que conlleva asomarse al día de los hombres), dispuesto a caminar por primera vez, después de cruzar el oscuro ensueño de esta puesta.

*Sobre la obra Federico de noche de Norge Espinosa y la puesta en escena de Teatro de las Estaciones.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Concepto















¿Qué es la soledad?
El golpe de piedra de San Jerónimo,
por una mano de nieve inesperada en la sombra.

martes, 15 de diciembre de 2009

Tragémata y poesía en Eléctrico Ardor: “in vino veritas”



No hubiéramos logrado poner las “klinai” griegas, ni las enormes fuentes de viandas y carne que eran cotidianas en las reuniones de la Grecia Clásica (de haber contado con ellas), por entre las que se paseaba, para escándalo de las atenienses, Aspasia de Mileto. Apenas había lugar para una mesa y el picoteo de algunos frutos secos, que los griegos llamaban “tragémata”. Y para el vino, claro. “In vino veritas”, “en oíno aletheia”, como escribió Alceo. El soldado Arquíloco bebiendo para olvidar la guardia que le espera, Safo brindando con sus muchachas entre manzanas y guirnaldas de flores mientras entonan algún himeneo, Anacreonte medido y exacto en la mezcla de agua y vino, Horacio pidiendo una copa más bajo el delicado mirto... Y así, en una especie de “gamós” milenario, el vino y la literatura, el banquete y la conversación, la “hedoné” y la poesía se dieron cita apretada en Eléctrico Ardor.



En mis primeras incursiones por Madrid, perdido por Pelayo y de la mano de un amigo mexicano a quien debo tal descubrimiento, llegué a la librería. Borges, Severo Sarduy, Todorov, Virginia Woolf, Roland Barthes, Lorenzo García Vega fueron algunos de los nombres que fui viendo desde fuera y que me hicieron entrar a curiosear un poco. Le comenté a mi amigo sobre el grupo Orígenes, sobre el papel de García Vega en el mismo, la importancia de ver el otro lado de la historia, la otra versión, el anverso o la contraparte de la “teleología insular” que pretendió fundar Lezama. Al escuchar mis comentarios, Alicia se acercó y entonces iniciamos el diálogo. Una argentina ágil, lúcida, atenta. Y luego vinieron las coincidencias, las conversaciones sobre el teatro cubano, sobre la poesía de Casal, los autores y estudiosos de la isla que son amigos y colaboradores de la librería. De modo que desde el principio Eléctirco Ardor se me reveló como una koinización en pleno centro de Madrid. Una librería en que convergen títulos de distintas latitudes, continentes; lectores de origen variadísimo, de temas múltiples: de la teoría literaria al fascismo, de lo “políticamente correcto” a una biografía de Lorca. Y buenos títulos. Parece que dentro de sus líneas de comercialización, se prioriza la calidad estética y la profundidad temática. No se va por el facilismo y la venta por la venta. Perfila un tipo de lector inteligente, crítico, avisado.



Eléctrico Ardor es, en la calle Pelayo número 62, una especie de oasis bibliográfico. Su directora Alicia convocó a lectores, colaboradores y socios el pasado viernes 11 de diciembre a un brindis por la buena lectura y con el buen vino de Bodega “Vihucas” y “Viñedos y Bodegas Muñoz”, como parte de su ciclo “La letra con vino entra”.

Entre tragos y conversación calurosa, como especie de rapsodas modernos, los recitadores, en estado de “enthusiasmós”, leyeron poemas, puentes de palabras ebrias que unían, otra vez, a Buenos Aires y a París. Los versos de Baudelaire sobre la embriaguez son legítimos continuadores de la tradición simposíaca antigua, desde una perspectiva moderna. Las líneas de Evaristo Carriego surcaban con desenfado el aire, perfilando escenas de bares, de enormes borracheras, de mujeres hermosas entre perdidos por el alcohol. La numerosa cantidad de participantes también fue parte de la cadena imantada que refiere Platón en “Ión o de la poesía”, detenían el comentario para escuchar las fervorosas palabras, los versos reverberantes. Buenos recitadores de versos ajenos los de la noche, buenos lectores, que es un arte merecedor de reconocimiento, así los poemas fueron banqueteando por las esquinas y los limitados espacios.

Tal vez alguno se fue de trago con el vino que invitaba, por su calidad, a perder la compostura, por la insistencia anacreóntica de Baudelaire a beber hasta el cansancio. Pero Alicia, satisfecha y sorprendida por la alta asistencia a su llamado para celebrar en modesto simposio, sobria como el Sócrates que se levanta al final de “El banquete” de Platón, debió apagar las luces, convencida, esperanzada, deseosa de convocarnos, con eléctrico ardor, a una próxima velada.

lunes, 14 de diciembre de 2009

UNA DULCE NEVADA ESTÁ CAYENDO


(Esta mañana he visto por primera vez la nieve, un polvo bordado e iridiscente en el viento, y he pensado en Casal, en Fina García-Marruz, en Silvio Rodríguez y en unos versos de Damaris Calderón)







Una dulce nevada está cayendo
detrás de cada cosa cada amante,
una dulce nevada comprendiendo
lo que la vida tiene de distante.

Un monólogo lento de diamante
calla detrás de lo que voy diciendo,
un actor su papel mal repitiendo
sin fin, en soledad gesticulante.

Una suave nevada me convierte
ante los ojos, ironistas sobrios,
al dogma del paisaje que me advierte

una voz, algún coche apareciendo,
mientras en lo que miro y lo que toco
siento que algo muy lejos se va huyendo.

FINA GARCÍA-MARRUZ



Yoandy conoce la nieve, la "dulce nevada" de los versos de Fina, el "círculo de nieve" que se expande en "Muerte de Narciso", los copos escritos por Casal y publicados en 1892, y se mueve como "el que camina solo por la sintaxis de la nieve", según Damaris Calderón. Ha dejado de ser una invención del trópico y la ha tenido entre sus manos como un frío ensueño, se la ha tirado al abrigo de su compañera, se la ha comido para que el blanco, como un desierto, se extiende hacia dentro. Como un velo de la novia de invierno que, según Dulce María, tiene frío. En Madrid nieva y Yoandy sonríe, se quita de los ojos el sueño pálido ahora tangible. El Nombre, para gloria de Platón y Borges, se ha vuelto Arquetipo de la cosa. Un abrazo de nieve, frío como los labios de Bárbara, o como los trozos de luna en su Jardín.

domingo, 13 de diciembre de 2009

A MI PADRE


Es el más honrado de los hermanos de Electra,
y lleva el nombre como una espiga de arroz
cotidiana e incómoda
entre los vellos de la noche encanecida
que alberga en su tórax.

El tiempo le ha dado dones, castigos.
Suma soles amargos como pimientos encendidos
sobre la meseta y calla, piensa.
Porque sabe que los arabescos del lenguaje
son máscara y muro.
Y él ama la palabra simple,
la huella dúctil sobre el pasto primero del día.
Ama la patria que soy cuando abro la puerta.

Acepta con obediencia lo irreversible,
los platos de porcelana con girasoles en los bordes
que Electra le envía desde el Norte.
Esquiva la frase dura, el exilio.
En esta versión del mito él fue quien se quedó.

Y acecha entre mis libros algún cuento gótico,
un ejemplar de historias de terror o fantasía.
Debajo de algún colchón queda guardado
un discurso de Fidel,
o citaciones para la guardia ciudadana,
o un brazalete del 26.
Ahora lee la Biblia.

Defiende sus ideas, su moral inclaudicable
y recuerda sus botas de la infancia sobre el cuello
para no gastarlas camino a la escuela.
Tenía diecisiete años cuando triunfó la Revolución.

Y hoy vuelve en su bicicleta milenaria
esperanzado, sonriente,
con la leche o las lechugas,
y exclama ¡Yobi! y me da un beso.

Madrid. 13 de diciembre de 2009. 4:00 pm.

"Humani nil a me alienum puto"*



Aún inmerso en ese estado de estupor que ha provocado su ausencia repentina, miré a los estudiantes y dediqué la primera clase de Latín II a quien, durante más de 35 años, consagró su vida al estudio y la difusión de la lengua y la cultura romanas en nuestra Universidad.

Hablar de Amaury en pretérito es, hoy, la más dolorosa exigencia a la que me someto. Comenzó siendo mi tutor, llegaba antes que yo a las clases que me iba a visitar. No dejó de sorprenderme la disciplina y el respeto que siempre tuvo con lo que emprendía. Recuerdo los planes de trabajo manuscritos para que yo firmara y guardase una copia cuando aún era alumno ayudante. Además, es inseparable a esto su buen humor, sus comentarios de pasillo en que se unían pensamiento común, cierta inocencia rural (que nunca lo abandonó) y el profundo conocimiento que poseía. Lo mismo analizaba en una clase los acueductos de Roma que el modo de bombear agua en el municipio Plaza. Cantaba y traducía al latín tanto una canción de Paulo FG como el Himno Nacional. Solía llegar al departamento y referir algún incidente en el camello, nos comentaba sobre algún personaje popular, o tarareaba un estribillo bien sonado. No he conocido a nadie que haya hecho más vitales las palabras del personaje terenciano: "humani nil a me alienum puto".

Recuerdo que, al comenzar como profesor en la Cátedra de Filología y Tradición Clásicas, él estaba en Estados Unidos y decidí enviarle un examen extraordinario por correo electrónico para que fuera él mismo quien lo calificara: a la media hora ya tenía de vuelta la calificación y sus consideraciones. Incluso ingresado, pidió que no le colocaran el suero en la mano derecha para poder revisar las pruebas. Había en él un compromiso ineludible con la instrucción, con su trabajo; por lo que, después de recibir sus enseñanzas, uno tenía que reconocerlo como maestro genuino, no «magister», el latinajo tiene para nosotros cierta resonancia escolástica, y nada más alejado del profesor afable, humilde y sonriente que nos enseñó por primera vez a declinar.

Podía hacer algún comentario y detenernos cuando solo íbamos de pasada, o escucharlo en el laboratorio de computación donde se le podía ver asiduamente: siempre su gran capacidad asociativa, los antiguos siempre; su propósito de intercambiar conocimiento, las últimas cavilaciones sobre un tema compartidas con el alumno de primer año o con el agente de seguridad… porque para Amaury el acto intelectual era también actividad de pasillo, acción vital, al alcance de todos e infinito: nada más natural, entonces, que compartirlo.

La lección más acabada que hemos recibido de él es la humildad, comentar lo que se ha aprendido sin parecer ostentoso o autosuficiente. Uno de los últimos temas que compartimos fueron sus ideas sobre las «malas palabras», y la necesidad de que estas existan: me alegró tanto escucharlo decir cosas que podrían asociarse con opiniones únicamente de la juventud. Juntos descubrimos que «joder» viene del verbo latino «futuĕre», y se quejaba del daño que hacía a la historia de la lengua el puritanismo de los gramáticos.

Me había prometido no ser nunca lo suficientemente adulto como para asistir a determinados sitios; pero calculé mal: hay lazos que nos atan a los que nos rodean y no son precisamente formalidades. Hacía más de un año que no sentía esa tristeza que se ahonda y hace del aliento escarcha afilada.

Soy, acaso, la voz más joven de sus compañeros de departamento; sirva mi mensaje como tributo de los que, por ese dolor traducido en silencio abismal, temen escribir o pronunciar cualquier palabra que pueda ser solo eco en el vacío o voz rajada.

Enero de 2007.

*Esta es una versión del artículo que salió en las Reescrituras de la revista Upsalón de la Facultad de Artes y Letras, número que, lamentablemente, demoró dos años en salir, de modo que a la pérdida de Amaury, sumamos el fallecimiento de Nara en enero de 2009 en esa misma edición. De la ausencia irreparable de Amaury ya se cumplirán el próximo enero tres años. Dejó, en su inmensa papelería, una traducción completa de El asno de oro de Apuleyo, que ojalá alguno de nosotros se empeñe en estudiar, editar y publicar. Merecerá la pena. Sirva este texto y la presentación de este cuento que sospechosamente apareció entre sus papeles sin firmar como propio, como homenaje a quien hoy también ha sido recordado en el III CONGRESO INTERNACIONAL DE FILOLOGÍA Y TRADICIÓN CLÁSICAS VICENTINA ANTUÑA IN MEMORIAM. ¿Es Amaury Carbón el autor de este cuento?¿Lo escribió algún discípulo ficcionalizando algunas de las características de nuestro profesor? El texto tiene correcciones del propio Amaury, lo que lo hace más sospechoso aún... Lo cierto es que me agrada la idea de verlo regresar ahora, con su sentido del deber y del cumplimiento, como ente literario.

SOLO ESO SOY: UNA PROFESORA*


(En el centenario de la Magistra, escuchémosla contarnos una anécdota de su infancia y hablar sobre sus ideas acerca de la educación...)



Queridos amigos y compañeros:

Después de oír esas hermosas palabras de Carlos Rafael -como todas las suyas- lo único que puedo afirmar es que, así debiera haber sido y no realmente como soy. Bueno, quiero decirles que sigo estimando que mi presencia esta tarde aquí para aceptar este, que ha llamado el compañero Batista «reconocimiento», ha sido consecuencia de un momento de debilidad, es decir, bajé la guardia, bajé la guardia y el compañero Batista, Director de Letras Cubanas, con su paciencia, con su persistencia logró al fin y al cabo vencerme. Vencerme, porque yo le decía «¿Y qué hago yo, en un acto que es "El autor y su obra"?, si yo no tengo ninguna obra, yo no soy poetisa, no soy escritora profesional.» Las pocas cosas que se han publicado escritas por mí -y otras muchas que tengo guardadas, que no se han publicado nunca- se pueden considerar como fruto de una función paralela a la función profesoral, que es la que yo he ejercido siempre porque no he sido nunca más que eso: una profesora.

Entonces él me habló de que se trataba de un acto «formalmente informal», ¿eh?, en el cual realmente lo que se quería era establecer una especie de conversación, con la persona (no me puedo decir a mí misma homenajeada porque esto sobrepasa todo lo que uno pueda esperar) con la persona reconocida, vamos a decir, aunque esa persona hablara sobre sí misma, ¿ustedes se dan cuenta lo difícil que es hablar de uno mismo? Pero además, que expusiera algunos hechos y anécdotas de su vida, que contribuyeran a completar la imagen que se tiene de ella. Bueno, ahí viene la primera dificultad: yo no soy una persona anecdótica, yo lo siento mucho, pero las pocas cosas del pasado que yo recuerde, que puedan calificarse de anécdotas, bueno, no creo que servirían para que yo las contara aquí.

Sin embargo, cuando estaba pensando en todo esto vino a mi mente, un pasaje de mi niñez que sí voy a relatar, por las consecuencias que considero tiene para ciertas características que me han acompañado toda la vida.

Tenía yo apenas 10 años, no sé si los había cumplido, todavía estaba en el tercer grado de la escuela primaria, en la escuela No. 1, Escuela Pública No. 1 de Güines con excelentes maestros casi todos. Y llegó la fiesta del árbol, es decir, el día del árbol que como ustedes -como los más viejos aquí, no todos- recordarán se celebraba todos los años. Creo que era en el mes de abril, entonces se hacía una fiesta en la escuela en la que no faltaba nunca la alumna que recitaba unos versos sobre la cuestión del árbol y de las aves, no sé por qué, pero siempre había alguien que recitaba aquellos que terminaban diciendo «vuela pajarito mío, yo te doy la libertad», y entonces la muchachita tenía que ponerse dentro de la jaula a pelear con el pájaro que no quería salir, hasta que al fin lo cogía y lo soltaba. Bueno ese año yo no sé por qué esa fiesta tenía una connotación especial, lo cierto es que se anunció dos o tres días antes de la fiesta, que iban a asistir al acto, de allí, de la escuela No. 1, los superintendentes, inspectores provinciales, y todas esas cosas. Entonces la escuela se echó a correr, naturalmente, a ver cómo se hacía aquella fiesta lo mejor posible. Unas maestras pues pusieron niñas que recitaban bien a recitar, los niños del (kindergarden) hicieron sus juegos graciosos, y a la maestra de tercer grado que no tenía con qué contribuir a la fiesta no se le ocurrió otra cosa mejor que escribir unas cuartillas, dos o tres cuartillas, para que yo me las aprendiera de memoria, y las dijera como discurso en aquel acto. Creo que eso fue unos pocos días antes, entonces ella me eximió de estar en clases y me puso con la conserje en un cuarto allí para que yo estudiara aquellas palabras y las leyera y las releyera, me las tomó dos o tres veces y cuando consideró que yo me las sabía, dio su visto bueno. Y llegó el día de la fiesta. Me recuerdo en aquel salón, un poco más pequeño que éste, con las filas de alumnos de los distintos grados a un lado y otro, y allí, enfrente, aquella mesa -una mesa larga- con unos señores enfundados en sus levitas negras, como era en aquella época. Yo en el medio, parada, empecé con el saludo: «Señor superintendente general de escuelas, señor inspector provincial de escuelas, señor Vicente Lancha, inspector municipal. . .» y ahí se acabó el discurso, me quedé callada, paralizada, las muchachitas que estaban a mi lado -que eran las muchachitas de los grados superiores, más avispadas- me dicen: «Vicentina, abre el papelito», (yo tenía el papelito en la mano) pero claro yo..., bueno, hasta que alguien me sacó del brazo, de manera que ése fue mi primer discurso fracasado, mi primer fracaso como oradora.

Pero como estoy aquí como profesora, pues me parece que debo hablar un poco de lo que pienso como educadora y de mis años de trabajo universitario.

Yo he considerado siempre que la educación es depositaria de la tradición de los valores humanos y culturales imperecederos, que la función del maestro -el maestro es el que educa, no del instructor que es el que instruye- es ayudar a los alumnos a pensar, incitarlos, procurar que desarrollen la facultad de pensar, enseñarlos a aprender, incitar su amor al saber, exitar el interés por la cultura. Considero que la misión del profesor más que informar exhaustivamente sobre la materia que explica -lo que al fin y al cabo llegará un momento que será obsoleto porque la cultura como la ciencia es una cosa que se va renovando- debe preparar a la persona para que por sí misma haga la búsqueda, seleccione la información. En fin, poner a los alumnos en condición de que sean ellos mismos los que se formen. No creemos que cumple con su misión un Profesor que se empeña en enseñarles exhaustivamente a los alumnos la materia, y que exige que se la repitan después en un examen, pensando que ya con eso cumplió. Más importante que eso es ayudarlos a desarrollar la facultad del pensamiento y la búsqueda por sí mismos del conocimiento. Creo que el profesor tiene que crear conciencia de comunidad y de participación y un ambiente de respeto y flexibilidad. Yo pienso que en mi caso mis relaciones con los alumnos han sido extraordinariamente buenas, yo he sido una profesora exigente, no creerán ustedes que he sido una profesora blanda, yo creo que tal vez Guevara lo pueda decir, por algo que él me ha dicho otras veces ¿no?, pero al mismo tiempo el profesor tiene que ser muy comprensivo. Es decir, lo uno no se opone a lo otro; creo que el profesor tiene que crear una atmósfera de afecto ¿saben lo que es una atmósfera de afecto?, es decir, si él se interesa por el alumno, si antes del interés incluso por la ciencia que enseña está el interés humano, esa atmósfera afectiva se genera, y yo no creo que pueda existir una verdadera educación, que pueda realizarse plenamente la educación sin que exista esa relación afectiva entre profesor y alumno, yo creo como Bécquer cuando decía que: «No aprendemos más que lo que amamos, de aquel a quien amamos» (…)

VICENTINA ANTUÑA

Tomado de: Letras cubanas, no. 5, julio-septiembre, año 1987, Ed. Letras Cubanas, pp. 212-220.

*Palabras de Vicentina en el homenaje que le hiciera el Instituto Cubano del Libro en el espacio "El autor y su obra".

miércoles, 9 de diciembre de 2009

DICIEMBRE EN MADRID


Miro las luces,
la fría luminosidad de las calles,
Cibeles engalanada,
Neptuno de blancos fuegos
y mi abrigo oscuro,
y mis pasos lentos por el Prado ya en penumbras
me devuelven a la miseria que agradezco
como un don en el silencio de la noche.

Miro la escasa luz en el cristal
de mi habitación,
en las paredes que me apartan
cada vez con más empeño.
Las lámparas adormecidas,
la cama sin tender,
un ejemplar de los versos de Catulo,
la traducción de Safo a medias.

Y me salgo de todo,
de esas iluminaciones que amo,
de las altas esferas encendidas en medio de la noche,
del rigor del ritmo y de los músculos,
de la frase que deja un vacío en la tarde
donde colocar otra guirnalda,

a enfrentarme al viento que me hiela el rostro,
la única verdad -invisible- que ahora mismo me secunda.

Madrid, 9 de diciembre de 2009, 7:30 pm.

lunes, 7 de diciembre de 2009

“La sustancia adherente” en Nadie Parecía, No III



Cuando uno lee los textos que inician los números de Nadie parecía. Cuaderno de lo bello con Dios, revista que José Lezama Lima dirigió junto a Ángel Gastelu, entiende que esta revista es génesis y no culminación, etapa anterior al ministerio, como los cuarenta días y noches de Moisés en el monte Sinaí o la estancia de Cristo en el desierto, donde el elegido de Dios fue tentado. Preparatoria para llevar a cabo una empresa. Intimidad con lo divino, con la luz. Zarza que arde. Soledad.

El título, tomado de San Juan de la Cruz, comienza evocando un aislamiento, pero nombra al final una compañía: Dios. “Amada con amado, amada en el amado transformada”, dice el mismo poeta español.

El agua y el mar pueden interpretarse como espacio de gestación, de formación, alistamiento para emerger pleno, robusto, invencible. Eso representa Nadie Parecía, un hundimiento en la fuente, en el mar como sustancia madre, amniótica, aguas sobre las que el espíritu creador se mueve.

La imagen del guerrero subyace insistentemente en estos editoriales y, al mismo tiempo, aparece la fuerza que se opone, contra la que se lucha: la “orilla enemiga” (como es nombrada en el primer número) o la “resistencia” (en el último número de la revista). Fortaleza, luz y verticalidad emanan de estos textos, un descenso que resulta ascensión a la luz. Una katábasis hacia la fuente, al principio, al Uno, ir “más hondo si se está dispuesto a nacer, a marchar hacia la juventud que se va haciendo eterna.”

Este guerrero se debe al agua como principio del mundo. El pescador solitario (en “Noche Dichosa”), el tiburón (en “Censura Fabulosa”) y el brazo sumergido en el mar (en “La Sustancia Adherente”) son metáforas de un ser en formación, todavía inmerso en el vientre divino.

El editorial número III de Noviembre de 1942, titulado “La Sustancia Adherente” tiene una primera oración reveladora, que resume y ejemplifica muchas de las ideas antes mencionadas. El texto comienza con una condicional que deja el asunto (en un primer momento) como opción o posibilidad, pero tres renglones después ya se habla de “brazo sumergido”, lo que implica una consumación de lo probable. Se tiende a un estado de reposo (“descansar”), que no ha de entenderse como inactividad; se alude a la sumersión (“dentro del mar”); a su vez, se le da gran importancia al entorno acuático, en el que se gesta la dureza del brazo. Lo que el sujeto lírico introduce en el agua son, precisamente, los brazos. Extremidades con las que se empuñan las armas, con las que se escoge y aparta, con las que se ordena, y con las que también se escribe. Entonces, se revela el acto de la escritura como instrumento de combate, y el robustecimiento del brazo como fortaleza de la poiesis, si lo hacemos extensivo.

El tiempo que dura este reposo endurecedor también es importante; “un bienio”, la espera paciente, ese largo proceso en que el mar depura y adhiere a la concha hasta poder “frisar(se)” a otros; he aquí el objetivo de este entrenamiento, la razón de la espera inmóvil y aglutinadora: luego puede uno enfrentar y compararse sin temor “con el más grande y noble de los animales y con el monstruo que acude a sopa y a pan.”

El mar pule y robustece los brazos, los que lentamente, con paciencia adquieren “toscas jabonaduras con tegumento del equino”. El proceso demorado y estático lleva corrección, aprendizaje; la inmovilidad no significa molicie o placer, hay mutación, padecimiento; adherir, fusionar, fundirse llevan consigo el dolor: hay “miserables joyas que van taladrando su carne”.

El guerrero sufre cambios que lo llevan a una deificación de sus miembros, a un robustecimiento divino. La soledad se vuelve epifanía, relación directa con la luz; y, como Cristo tentado por Satán, la parte sumergida transita por una “paz probatoria”. Aunque las joyas taladran su carne, una vez que las adhiere, quedan bendecidas, transformadas en ojos que permiten la selección. Esta metamorfosis prolongada, hecha de paciencia y martirio, es leída como milagro, “misterio sobrehumano”, “estatua mayor”, que convierte el brazo en cuerpo, la parte en todo, en ser óptimo, gigantesco, divinamente ciclópeo. El resultado de este proceso “lentísimo” es un “improbable cuerpo tocable”, una divinidad cercana.



El epígrafe de Pedro Soto de Rojas (que Lezama coloca al lado del dibujo y entre el título de la revista y el editorial) completa la imagen de lo metamorfoseado que ha surgido “blanquísimo” y majestuoso, superior a sus iguales, digno de veneración. Faltaba el reconocimiento de sus cualidades por una segunda persona que bien puede ser Marcelo, maravillado por la música de las cañas, y seducido por el efecto de la armonía; quien confiesa que no ha visto siete cañas tan sonoras, “ni a tanta costa unidas”.

El acto de creación es algo que se sostiene durante todo el relato: el mar, con golpe persistente, moldea el brazo, lo bate con “maestra artesanía”, en calidad de escultor y demiurgo, pero este miembro no es sujeto paciente que recibe solo la influencia de la marea, sino que sufre y aprende a través del dolor a escoger y a alimentarse, pues existe en él un “asco celeste”, un “celestial desdén” que le permite elegir los elementos que lo formen. Su objetivo es cambiar en arte lo que digiera (transformar en música el cangrejo masticado). Por tanto, el brazo es un individuo pensante que deviene obra de arte propia, puede leerse como metáfora del mundo interior o de la obra de un escritor. El miembro es meta-sinécdoque que se ha convertido en personaje, algo que está en el mismo desarrollo de la poética lezamiana cuando el autor se refiere a “sujeto metafórico”, pero considero también que es, ante todo, metonimia, pues por contigüidad se le llama al poeta por el brazo, a la obra por el miembro corporal que sirve para escribirla, al poder por la diestra endurecida, a lo abstracto por lo concreto.

Hay algunas otras observaciones relacionadas con el poder que quisiera destacar en el texto. Esta extremidad que se vuelve cuerpo lo subordina todo, lo trasciende todo al irrumpir entero desde las aguas, puede compararse tanto con los que le son cercanos como con los que le odian. Se siente en el discurso cierta rivalidad. El brazo es llamado “indócil giba para los resueltos soplones”, o sea, es molestia indoblegable para el enemigo, tropiezo para el contrario, y ante el vuelo del insecto que le rodea (“punto que vuela”) prefiere el “caracol como instante punto”, más provechoso, que hasta en su frenesí es lento, y lleva la violencia al mismo paso moderado con que realiza las otras acciones. Esto ratifica aquel “asco celeste”, la capacidad de selección que pone en práctica el ser superior, convertido en núcleo o “aposento de centraciones”, eje desde el cual gira lo demás.

El texto es una gran alegoría sobre el poeta y su obra. El poeta como elegido de Dios, enviado por la luz a perpetuar la vida y lo bello por medio de la poesía, que puede elegir con “celestial desdén” a sus discípulos. El poeta inmenso, ser omnipotente que lo abarca todo y de todo se nutre, que sale en busca de sus partidarios y adoradores. Lezama Lima mismo reconoce en la entrevista hecha por Armando Álvarez Bravo, que en los editoriales de Nadie Parecía está le génesis de su sistema poético. Este “cuaderno de lo bello con Dios” es, como ya he señalado, un entrenamiento previo que requiere soledad y epifanía, un ensayo de ese sistema que, por consiguiente, es el que rige el “estado poético” que quiso fundar y que anuncia lo que será la familia de Orígenes: seres iniciados en el misterio del verso, convidados a una misma mesa, repartidos con la misma simetría que tiene La última cena de Da Vinci, aunque ya sabemos que el tiempo y el "azar concurrente" ha venido a fundar otras formas de lo simétrico posible.

jueves, 3 de diciembre de 2009

No intentemos el amor nunca

a luis cernuda

hemos renunciado a la costumbre
y me veo otra vez en el almendro
entre campos inmensos de tabaco
bajo la tela blanca y amarga

la piedra contra el dedo de mis diecisiete años
agachado entre las hojas
intento machucar la almendra en el descanso
en el paso de un surco a otro
alcanzar el fruto seco muerto

queda el hueco en la madera
la semilla imposible
su molde en el vacío

y ahora lejos de los campos de las movilizaciones
del preuniversitario
caminando frente al museo de la revolución
vuelve la cáscara abierta envejecida dura
molde del abismo o del amor

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Wilhelm al occidente de la isla



A Dashiell Hernández

Quiero regresar hacia el lugar donde nací,
quiero recordar, quedarme allí.

Pablo Milanés


Mi amado Werther:

Me deja un poco perturbado tu primera carta de mayo. Creo que la primavera en esos parajes de eucaliptos y arena engañosa está haciendo de esa joven que me hablas un espejismo de algo que no existe, una mentira de la belleza inalcanzable. Pero tú eres más idealista que yo, más propenso a las pasiones. El estudio de la gramática me ha convertido en un ser racional, más práctico. Sin embargo, ante tu deslumbramiento por esa muchacha debo confesarte, a ti que te amo más que a nadie en el mundo, que también yo viví fascinado por la belleza de una joven en una isla que visité hace ya más de cinco años. La joven no existe, claro, ya es una señora con esposo e hijos, y yo sigo siendo un solterón inexorable.

Dices que lees a Homero en ese lugar alejado y acogedor. Recuerdo haber leído por primera vez El ruiseñor y la rosa a los diecisiete años bajo la luz del atardecer en un pueblucho insignificante llamado San Juan y Martínez. Pero sabe que bajo los ojos luminosos y almendrados de aquella muchacha rubia yo escribí mis primeros versos, por eso puedo entender tu amor a esas alamedas rústicas y silenciosas. El mito para mí antes de ser cosmológico y filosófico, fue provinciano y húmedo como el musgo o como el helecho que nadie mira, como el arco de la casa deshabitada que erigía, de modo inesperado, un espacio imposible, una habitación en el vacío. Llegué a pensar, y todavía hoy lo creo, que la pobreza en las islas es una lección interminable, que la pobreza es necesaria para creer en el misterio.

Viví al occidente. La casa de la joven quedaba entre el cine y el hotel y frente al parque de los borrachos, donde los hombres se reunían a beber bajo la sombra de unos almendros altos y grises. Ya sé que los almendros son propios de nuestras tierras. Pero nunca había visto cómo un viejo, amarillo y ligero como una hoja que caía en el asfalto, iba colocándose levemente sobre el torso del banco para pasar la noche. Creo que eso tiene que ver con las generaciones de hojas de las que habla tu tan apreciado Homero.



Cerrábamos la puerta y todo era mágico. El viejo sofá en que siempre me parecía verla en la fotografía con su largo pantalón a rayas y con una copa de un vino negro como la vigilia más oscura. La madre, que apartaba los libros y los apuntes por un momento para poner la fuente de unas malangas deliciosas, humeantes con cebollas y carne. El largo corredor lleno de libreros. Pasé horas en aquellos rincones de poca luz revisando ejemplares empolvados, leyendo algún cuento de Maupassant o de Quiroga.

Tú me has recordado algo que de tan citadino ya había empezado a olvidar: la insignificancia de los lugares es relativa. El centro no depende del poder o de lo que llaman desarrollo, sino de una decisión personal. Yo viví en San Juan y de él hice el centro. Había misterio y amor. Era suficiente. Tocábamos el piano en las tardes, como si fuéramos hermanitos, sentados en el mismo banco frente al teclado rancio; aunque el si bemol sonara espantoso, para nosotros estaba bien, y eso bastaba. Cuando llovía ella y yo salíamos a mojarnos por las calles encharcadas y entre portales temerosos y descoloridos. Durmiendo con ella pensé mis primeros poemas. Me levantaba asustado, buscando un pedazo de papel para escribir. Nos descubríamos sexualmente sobre las sábanas de lino, contra el piano, en la sala, por los corredores, en la cocina; nos disfrutábamos con una frecuencia y una vitalidad que hoy extraño. No era libertinaje, ya sabes que no pensamos de igual modo, era un mundo tan perfecto que ni siquiera existía la más mínima restricción. No creo que el respeto tenga que ver con las prohibiciones.

Pero aquella casa no era solo nuestra. Entre las horas de soledad y silencio, llegaban visitantes. Una muchacha que, después de saludar, comenzaba en algún rincón a escribir algo que dejaría en cualquier esquina antes de irse. Otra jovencita que estudiaba con nosotros en el Instituto venía con algún cuento de viejas y pescados, de Katalina y tablero de Ifá, o con alguna metáfora insólita entre los párpados, que la oprimía sin poder pronunciarla. Hablábamos de literatura, escribíamos, celebrábamos cumpleaños; el recién llegado, al entrar, iniciaba su personaje, su actuación, una máscara que lo hacía más original porque en el desdoblamiento se acercaba al deseo, al ser interior, al anhelo tangible solo de ese modo. También su padre venía desde La Habana, me hablaba de conceptos, me hacía buscar la palabra “novio” en el diccionario para que hablase con propiedad, encendía su tabaco y se sentaba a tocar algo de Mozart o Beethoven. Sorprendentemente, se marchaba sin que lo notáramos, después de sus gestos exagerados y disertaciones que lo hacían parecer un hombre serio. Y cuando nos quedábamos los tres ya solos, no aplaudíamos, el silencio encendía su lámpara y nos mirábamos conscientes de haber presenciado lo insólito.

Salíamos al atardecer a saludar a Miriam, a comprar el pan, a buscar la lumbre de las noches. Pasábamos por la iglesia, por la librería, frente al gran salón de la Casa de Cultura en que bailó aquella muchacha de candidez incendiaria. Íbamos al río, a Piedras Azules, y nuestros cuerpos se amoldaban sobre los guijarros, como el agua confundida en el roce interminable de nuestras caderas.



En el instituto, en los días de campo, después de pasar la jornada en los surcos inmensos de tabaco, y de limpiarnos insistentemente las manos manchadas y pegajosas de aquellas enormes y horribles hojas, nos escapábamos hacia un tabloncillo apartado para leer teatro del absurdo, para dramatizar a Mrozek. Oscar les había enseñado teatro en San Juan, yo llegué después, y aprendí junto al tropo improvisado y al poema de Sor Juana, la veleidad del gesto, el discurso corporal que incendia las palabras.

Después vino mi año en el ejército y viajaba durante los fines de semana en tren, desde Guane a San Juan, mientras ella cursaba el primer año de la Universidad y me hacía historias de las nuevas experiencias, los parques, las bibliotecas, su Facultad. Yo esperaba el golpe asfaltado de la locomotora en los viernes, los vagones en su andar vertiginoso, el zigzag y el tambaleo casi imposible. Y la naturaleza, violenta y asaltante, como intentando alcanzar las líneas, a los viajeros, hasta que el tren llegaba a la estación vieja, desvencijada, caserón de madera y tejado que los ciclones fueron dispersando. Padecíamos la pobreza, claro, la escasez en los fines de semana, pero estaba la palabra, la sagrada y simple conversación, su misterio en los domingos arcanos.



Querido Werther, yo estoy inmortalizado sobre el podio de aquella ventana, entre las ramas de los pasillos laterales, bajo el no me olvides florecido para siempre. Al final de la casa, como en una villa pompeyana, había un hermoso patio. Por eso te entiendo, pero te alerto. No es la tierra ni una casa lo que se ama, es su gente, y cuando esta se dispersa y se marcha, también eso que llamamos tierra o columnas se fragmenta y desaparece. Una ventana no está si no hay una mano que abra sus hojas. San Juan y Martínez no existe, como dejará de ser algún día ese lugar que hoy llamas Wahlheim, y que solo podrás acariciar en las blancas paredes de la memoria, en los recuerdos que se extienden sobre tu vida como un pálido desierto.