lunes, 16 de noviembre de 2009

Toledo adentro



Subimos la cuesta que el Tajo
ciñe y ordena entre altos campanarios
y piedras sujetas al camino,
como un cable de agua,
con ojos fluyentes y castaños.

Después de atravesar la puerta Visagra,
poco a poco, fuimos perdiendo al grupo.
Fundamos entonces la vida en el ascenso
por las vías escurridizas de Toledo,
con un sol de pájaros centelleantes en nuestras cabezas,
entre los profusos tejados que ningún ciclón dispersará
y con el corazón de octubre recién estrenado
bajo la sombra fría del Alcázar.

La tarde en Toledo pedía una confesión y se la dimos.
Entre las curvas imprevistas de las calles,
por plazas tupidas
y balcones con macetas
y ventanas dormidas,
enderecé tu presencia,
ese alambre torcido en mi camisa de viaje,
la que no había estrenado.



Porque estás en lo nuevo como si fueras futuro.
Me llevas ventaja, como la sombra a la torre.
Apareces como un joven dominico descalzo
camino a la Iglesia de Santo Tomé.
Estás aunque aniquile el aire al tocarte.
Vas delante como el padre
que excusa las torpezas y las rebeliones.

Vienes como un grito sobrevolando los techos
como palabra que calcina el aire
de estos caminos antiguos y empedrados.

Quedas fiel en la sombra,
encajado en la tierra como la mezquita del Cristo de la Luz,
después de bajar y subir estos sótanos,
las arterias asfaltadas
que vuelven desde dentro,
palpitantes
y te nombran,
duras como el recuerdo.

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