miércoles, 25 de noviembre de 2009

Lecturas en el Metro I. Antología Poética de Gottfried Benn



He desarrollado la capacidad de aguantarme con una mano en el ómnibus o el metro, y con la otra abrir el libro y leer. En Cuba esto es mucho más difícil, y mis compañeros en el Departamento de la Universidad me preguntaban cómo lograba concentrarme. No sé, ha sido un modo de evadir el entorno, una respuesta natural de supervivencia. De esas lecturas en movimiento, espontáneas y circunstanciales, nacen las reflexiones que hoy inicio.




La poesía de Gottfried Benn (Wesprignitz 1886- Berlín 1956) me remite a determinadas líneas que cultivan algunos poetas cubanos de las últimas generaciones. Pienso, por ejemplo, en Damaris Calderón y en Leimen Pérez. Mientras Benn vive la primera y convulsa mitad del siglo XX, los autores cubanos dan testimonios de los otros cincuenta años de la misma centuria. Por un lado, Alemania, uno de los campos fundamentales y protagonistas de los más importantes y convulsos acontecimientos del pasado siglo (dos guerras mundiales, fascismo y socialismo) y por el otro, Cuba que da testimonio de la crisis del socialismo luego de la caída del Muro de Berlín. El sentido de frustración que inicia y termina el pasado siglo y que ha sido representado en la figura de Casal (que cierra nuestro XIX y es el referente principal de los poetas en la década del noventa en la Isla, como señala Jorge Luis Arcos en el estudio introductorio a la antología Las palabras son islas) permite establecer también la relación entre los jóvenes poetas cubanos y este autor alemán de educación luterana, nacido en el seno de una familia protestante.

La representación de la existencia como katábasis que tanto me obsesiona en la literatura cubana (constatable en autores como Zequeira, Piñera, Lina de Feria, y en los jóvenes antes mencionados) la segmentación textual y corporal, las referencias a la carne, el uso de un lenguaje directo, a veces coloquial, también están presentes en Benn. Pocos son los momentos en que el autor refleja un paisaje esperanzador; en sentido general, la esperanza queda fuera de las posibilidades de realización del sujeto lírico. No faltan, sin embargo, las descripciones cándidas, de una diafanidad que se agradece, pero a lo más que permiten acceder es a un estado limitado de reposo, del non sense, de neutralidad, y así “durante una hora” no se siente “ni tristeza ni dolor”; no se nos dice que se haya experimentado felicidad cuando recrea el locus amoenus y, por otra parte, describe la llegada del otoño en medio del verano, lo que enfatiza la grisura como nota sostenida y como elemento perturbador en el azul descrito.

Lo escatológico, las obscenidades, la cosificación humana, la putrefacción de la carne, la insistencia en lo sangriento, en las naturalezas muertas, la mutilación, el ambiente de la morgue cobran dimensión simbólica y no solo representan la miseria en la que el poeta se mueve, sino también es reflejo de la decadencia moral y espiritual de la sociedad que describe y critica.



Uno de los poemas más sobresalientes en la Antología publicada por Cátedra es “Sintaxis”, especie de arte poética del autor. en estos versos se imbrican texto y vida, sintaxis y pensamiento, significante y significado en giro metapoético. No pregunta o reflexiona sobre los temas fundamentales de la tradición literaria, quiere saber por qué se escribe, por qué necesitamos expresar algo, cómo justificar el acto de creación en sus distintas manifestaciones:

(...)
¡Inmensurable, no hay respuesta!
No será por dinero,
muchos que se dedican a esto se mueren de hambre. No,
es un impulso en la mano,
teledirigido, una disposición mental,
quizá un salvador tardío o un animal totémico,
un priapismo formal a costa del contenido
(...)

En este fragmento al menos abre la posibilidad de que la poesía salve, de que sea el mesías esperado; insiste y defiende la convergencia entre sentido y forma, en el tributo de la sintaxis y el lenguaje a la idea que se quiere trasmitir, de un modo pujante, imparable, priápico, por lo que define el fenómeno artístico como “un priapismo formal a costa del contenido”.

La influencia de los referentes clásicos da lugar a relecturas como la de la Cariátide en el poema homónimo y del mito de Prometeo, desde la contemporaneidad de la escritura y la recontextualización. Prometeo en “Interiormente VI” es incitado a beber, y el alcohol es en este caso el ave que alivia los pesares y corroe el hígado al mismo tiempo; el poeta ridiculiza y representa en la figura del titán al ser humano, el texto podría asumirse como una nueva focalización del soldado que bebe en las horas de guardia, y que en la tradición lírica griega Arquíloco y Alceo son dos de los representantes más reconocidos de dichas escenas. Pero esta vez lo que provoca satisfacción también trae consigo pesar. El autor nos insiste con frecuencia en las fuerzas a las que está propenso el ser humano, que lo llevan a experimentar estados de ánimos opuestos y de un modo simultáneo.

“Cariátide” es, como el poema del titán, un llamado imperativo, esta vez a destruir los templos que sostiene la figura griega y/o el ser humano, a lanzarse del mármol y de la tradición hacia los bosques y el desenfreno, hacia el “sileno ebrio” que “le gotea vino en el sexo”. Placer, sangre y vino se entremezclan, el disfrute es también destrucción y padecimiento. Reaparece aquí la escena azul, anhelada, el cuadro revisitado e idílico en su obra poética, ante el cual incita al ser humano a entusiasmarse y a expirar. La embriaguez, el paisaje onírico (que ya he mencionado) y el sueño son los tres estados de éxtasis en los que el sujeto poemático encuentra e invita a encontrar reposo ante los padecimientos humanos y cotidianos, pero tampoco lo liberan de forma íntegra, y solo son como pequeños reposos, estados intermedios en que la belleza y el dolor se conjugan.

La crítica política y social se patentiza en su poema “Ministros de asuntos exteriores” donde referentes culturales como Hamlet se unen a otros contemporáneos, a autores como Platón, a personajes romanos como Aníbal para crear asociaciones, y enfatizar en los comportamientos recurrentes que a lo largo de la historia demuestran la inutilidad del diálogo entre los políticos y de sus reuniones absurdas. Texto que, ante la crisis económica mundial y la incapacidad de los presidentes de llegar a un acuerdo, así como frente a la imposibilidad de diálogo entre algunas naciones del mundo, alcanza una gran vigencia.

La mayor trascendencia de la obra literaria de Benn, que fue causa de escándalo en el Berlín de principios del siglo XX con la publicación de Morgue und andere Gedichte en 1912, es, hoy mismo, la pervivencia de sus descripciones y ambientes recreados, el sin sentido y la falta de orientación de la vida moderna, el tono profético de sus versos que pueden ser leídos de modo paralelo con los poetas más violentos lingüística y temáticamente de la actualidad, sin que tenga desventaja alguna frente a ellos.

¿Qué esperanza nos deja Benn, entonces, más allá de esos atisbos que pueden durar una hora y no más?, ¿a dónde mirar si el placer conduce al dolor y lo putrefacto corrompe todas las estancias? Si los dioses lloran entre sus versos y nos convence de una vida continuada más por lo que usamos que por lo que somos; si hemos de terminar, como un trasto o un paño torcido en el suelo... ¿qué nos queda? La sintaxis. El acto de creación, lo cual no es precisamente un descanso ni un remedio, su obra misma lo comprueba. Pero entre líneas queda, y desde los silencios se anuncia que “otros signos se aproximan”.

Gottfried Benn. Antología poética. Cátedra, Madrid, 2003, 307 pp. Edición bilingüe de Arturo Parada.

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