viernes, 27 de noviembre de 2009

Iniciación órfica de Dashiell Hernández*

A Cintio Vitier y Fina García Marruz



“...a través del Eros el cuerpo produce
lo bello, lo bueno, la inmortalidad”
José Lezama Lima

En enero de 1961, José Lezama Lima se preguntaba al escribir su “Introducción a los vasos órficos”(1), “(c)ómo es posible que el orfismo se haya extendido desde la Tracia prehistórica hasta el siglo IV de nuestra era sin que se pueda determinar la existencia de la figura que lo impulsa”. Lo insólito no es que esa corriente místico-filosófica de la que se desconoce un adalid descollante tenga continuidad en la obra del maestro de un modo sui generis, sino que encontramos pervivencia del legado órfico también en el autor de los cuadros que hoy presento, por lo que se podría hablar de una huella del orfismo tanto en nuestra literatura como en nuestra plástica.

En los textos que Lezama escribió como editoriales en su revista Nadie parecía aparecen la noche, el descenso, la caída, la lenta incubación, y luego el ascenso a la luz, epifanía. Son, precisamente, epifanías estos cuadros. Dashiell Hernández es un iniciado en los misterios órfico-pitagóricos que ha transitado del abismo a la ascensión. Sus piezas son estados de equilibrio, de gravitación y ordenamiento. Galáctico modo el de sostener la piedra en el vacío, de armonizar otra vez el caos y reconstruir una columna segmentada con el canto luminoso del doble aulós.

Del orfismo le viene el ritual y la mística, ese carácter sagrado que tienen sus obras y una relación muy estrecha con la lírica, especie de canto poemático que es toda su obra.

La exposición que hoy presento tiene 24 piezas, como son 24 los cantos en que los alejandrinos dividieron los poemas homéricos, y ese mismo número de letras tiene el alfabeto griego. He aquí lo pitagórico, unido al conocimiento como modo de iniciación:

Sus obras son el resultado de un estudio detenido y minucioso de la literatura y el arte de la Grecia arcaica. Dashiell puede citar de memoria el “φαίνεται μοι” de Safo saboreando cada palabra, como aquel que ha meditado largamente cada vocablo, su esencia semántica, su desinencia eólica, e incluso ha subido y bajado los niveles de la lengua, degustando cada sílaba, deslizándose de letra en letra, como por extraña escalera de Jacob.



Veinte kilómetros caminaban los griegos desde Atenas hasta Eleusis anualmente para celebrar el regreso de Perséfone desde los infiernos. Orfeo bajó al Tártaro para recuperar a Eurídice. Estos son los más remotos e importantes antecedentes del orfismo del siglo VI ane.

Aunque Eros, dios órfico y hesiódico que aparece como fuerza genésica, no es mencionado por Homero en la Ilíada y la Odisea, Lezama Lima nos recuerda que existe una “influencia homérica en el orfismo”, pues Odiseo emprendió también un viaje al Hades para regresar con una verdad que le permitiera regresar a Ítaca. ¿Qué Ítaca funda Dashiell a su paso? ¿Odiseo de qué verdad se erige? Del Eros como verdad, como el Uno del que surge y al que vuelve todo, como pensaban algunos filósofos griegos de la naturaleza.

Eros deviene imago, que adquiere “nueva vida, como la planta”(2), semejante a las metáforas del autor de Paradiso, que crecieron, enormes, hasta convertirse en personajes. Con la obra de Dashiell volvemos “a vivir lo que ya no se puede precisar"(3), releemos los misterios antiguos como posibles, se recobra algo de “lo que se ha perdido y encontrado y vuelto a perder muchas veces”(4), pues

"(t)odo tendrá que ser reconstruido, invencionado de nuevo, y los viejos mitos, al reaparecer de nuevo, nos ofrecerán sus conjuros y sus enigmas con un rostro desconocido. La ficción de los mitos son nuevos mitos, con nuevos cansancios y terrores."(5)

Dashiell transita del Eros teogónico al lírico arcaico y ahí se detiene. Para Hesíodo, Eros participa en la creación del mundo: primero fue el Caos, luego Gea, la de amplio seno y después Eros, el más hermoso de todos los dioses inmortales. Es Hesíodo precisamente quien primero llama a este dios λυσίμελης (el que afloja los miembros), antes que Arquíloco y Safo. Luego Anacreonte comparará al amor con un herrero que da un mazazo al hombre y lo deja, no ya con los miembros aflojados, sino quebrantados, con esa otra acepción que puede tener el verbo λύω.

Parménides y Heráclito toman de Hesíodo la idea del amor como fuerza creadora, que une. Los órficos señalan como primeros dioses al Caos, a la Noche, ovípara, que puso un primer huevo brillante como plata, del que nació, a su tiempo, Eros, el personaje por excelencia de las obras de Dashiell.

Este es el mundo del que parte el artista, donde la figura esencial, a la que llama Eros o Kouros indistintamente(6), nace de un huevo a la luz, se insinúa sobre las aguas o se dobla como un junco, recordando algún verso de Safo y la curva praxitélica. Hasta Platón llega, presenta al amor como hijo de la riqueza y la pobreza, y de este filósofo conserva también la idea de lo bello y de lo Uno.



En Nadie parecía, Lezama habla de un pescador que pudiera recordar al Kouros danzante. Para el maestro lo húmedo y el agua junto a la noche son espacio de gestación lenta, de descenso necesario para luego surgir a la luz inesperadamente y de manera íntegra. Así también, de golpe, la luz perfora los cuerpos en los cuadros de Dashiell, como emanación sorpresiva e indetenible; el soplo de la belleza que emana por la boca de los delfines, los peces o el caballo, que penetra al que contempla tanto lo bello que su visión le pertenece(7), viene a ser otro símbolo en sus cuadros del λυσίμελης.

Los delfines de estas piezas recuerdan y remiten al fresco de la sala del trono en el palacio de Cnosos. La tauromaquia es otro referente creto-micénico que el autor recrea. Eros sobre el toro, armado de arco y flechas. Eros guerrero.

La presencia del doble aulós y la lira es reforzada con las inscripciones de versos de Homero, Hesíodo, Anacreonte, Safo, Mimnermo, Teognis y Estesícoro. El diálogo entre el texto y la pieza son una invitación a la búsqueda, a la indagación en un mundo donde el pintor ha encontrado respuesta y simpatía, en el sentido etimológico de syn-pathos, como experimentación y padecimiento comúnes. El artista ha nombrado las obras por medio de conceptos líricos: tripodias, dipodias… Como Simónides, Dashiell piensa que la pintura es un poema que se pinta y el poema una pintura que se escribe. Esto también nos remite a Horacio, quien dijo “ut pictura poiesis” (como la pintura, la poesía), pues, como decía Lezama de Escardó, Dashiell nos muestra en su obra “un verso que se raspa”.(8)

Como en la cerámica ática de figuras negras, ha utilizado un punzón o stylós para hacer incisiones en las figuras, para raspar la luz. Hay ciertos ornatos en formas de volutas. Así, en la tripodia órfica, las mismas incisiones que el joven tiene en el cuerpo se asemejan a las ramas y remiten a los reiterados capiteles jónicos; de una base de columna puede surgir el tallo de un arbusto; de ahí que estemos frente a una naturaleza estilizada, artificial, que el autor reconstruye y retoca, donde el aliento luminoso perfila otra vez los contornos perdidos y las piedras se uniforman como constelaciones o planetas bajo el nuevo orden.



El ciervo, encarnación de la inocencia y la pureza, es otro símbolo que se repite en estos cuadros. Lezama, cuando habla del orfismo, se refiere al unicornio y dice que “por la breve esbeltez de su figura parece una transición entre el ciervo y el caballo”, Dashiell ha llegado ya al ciervo, que aumenta en vulnerabilidad. “Caballo rebajado a ciervo (dice Lezama) al unicornio se le regala un hueso frontal, con el cual no se puede defender, es su fatalidad, ni de los perros ni del hombre.” El animal en Dashiell, que ya ha transitado de unicornio a ciervo, tiene cortados los cuernos, son la ofrenda que lleva el efebo en el último tríptico. La belleza se reconoce frágil, y entrega lo único que le permitiría defenderse. De este modo, lo vemos decorando un vaso donde es atacado por un león.

La recreación del cuerpo masculino nos acerca a la idea del καλός καὶ ἀγαθός de la Grecia arcaica. Junto a esa iniciación pitagórica a través del conocimiento y el cultivo del espíritu, también está el culto a la belleza masculina, refinada. Así describe Lezama los vasos órificos: “Adolescentes… aparecen mostrando la serenidad de sus cuerpos, mientras calladamente esbozan sus deseos al hacer visibles sus sexos”.

Los cuadros de Dashiell parecen vasos órficos, intangibles por ser habitáculos de lo sagrado y no por ser obras de arte simplemente. Sorprende en ellos ese sustento que se logra en el vacío, el encantamiento creador y demiúrgico, aunque se sienta la cercanía y la propensión al abismo siempre.



Del caos y el nacimento de Eros telúrico, fuerza natural que proviene de la noche; al dulceamargo de Safo; del palacio de Cnossos en Creta a los parlamentos plátonicos en El banquete; Eros dios y Eros hombre, archiefebo.

En el último tríptico de la muestra, la figura antropomórfica, de espaldas, parece moverse con el andar amable de la amiga que añoraba el sujeto lírico en un poema de Safo, al mismo tiempo que se asemeja a la rama que lleva en su mano derecha. Kourós, el muchacho ha logrado comunión tal con lo divino que alcanza el equilibrio de la balanza de Zeus, y logra la infinitud representada en la serpiente que se muerde la cola.

Demiurgo él mismo, dueño de lo que enmarca como un cosmos paralelo al nuestro, el artista coloca la figura humana que fascina con la flauta y la lira. Encantador que convierte el mar en asfalto seguro por el que avanza.

A diferencia de los egipcios, los órficos consideraban que la reencarnación era un castigo por el pecado original. Esto impedía al hombre regresar al uno infinito. Dashiell con su obra ha logrado desafiar esa maldición, se aproxima, y con qué aciertos, a lo bello y a lo Uno. Sus cuadros son sucesivos golpes luminosos de la belleza, perforados por la luz que se filtra.



Cercanía hacia lo perdurable, atentado celeste contra la muerte. Homenaje que también ha querido brindar a Lezama en el noventa y siete aniversario de su nacimiento. Exposición que recuerda el Narciso del Maestro que no muere, sino asciende para formar parte de lo Uno con Dios. Figuras que danzan con la vid dionisiaca y sobre el huevo órfico para recordarnos que nacer aquí sigue siendo, todavía, una fiesta innombrable.

Regla, 19 de diciembre de 2007.

NOTAS:

* Texto leído en la casa-museo de José Lezama Lima en la inauguración de la exposición Eróntika de Dashiell Hernández con motivo a la celebración del noventa y siete aniversario del nacimiento del escritor cubano.
1 José Lezama Lima. Confluencias. Letras Cubanas, La Habana, 1988, pp. 407-414.
2 José lezama Lima. “Mito y cansancio clásico”, en: Confluencias. op. cit., p. 216.
3 Ibidem, p. 217.
4 Idem.
5 Ibidem, p. 218.
6 A no ser por que Eros suele llevar alas y el Kouros no, pero el rostro de ambos es semejante en extremo.
7 Según poema de Konstantinos Kavafis.
8 José Lezama Lima. “Orfismo de Escardó”, en: Imagen y posibilidad, Letras Cuabanas, La Habana, 1981, p. 43.

2 comentarios:

  1. Sólo una pregunta, ¿de dónde han salido las imágenes?

    Buen texto.

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  2. Gracias. Las imágenes son del pintor que analizo, son sus pinturas digitalizadas. El nombre del pintor es Dashiell Hernández. Saludos.

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