jueves 26 de enero de 2012

ESPEJO, PAISAJE ESCRITO PUNTADA A PUNTADA




El repetidísimo tópico anacreóntico de la amada que hace avergonzar a las mismas divinidades por su belleza inigualable es trabajado y se recrea de una forma novedosa en uno de los sonetos más hermosos de la poesía colonial cubana. Uno de los poetas que conforma la tríada fundacional de los Manueles, esta vez Manuel Justo de Rubalcava (1769-1805), contemporáneo de Zequeira, pero de Santiago de Cuba escribe el soneto “A Nise bordando un ramillete”. 

La diosa que se le acerca a la muchacha es Flora, y no se siente retada esta vez por la belleza de Nise, sino por la perfección de su obra, del bordado. Ya no se trata de la pastora amada que supera a Venus con sus dotes naturales. Ahora es el artificio, la obra de arte, el bordado que Nise hace con sus manos el que llega a competir con la naturaleza misma, con las capacidades divinas. Nise le gana esta vez a Flora, es Aracné victoriosa, vindicada. Penélope que no espera a nadie, solo crea.

El poeta, en contra de los postulados dieciochescos sobre la imitación de la naturaleza en la literatura, afirma que la obra de arte es capaz de perpetuar lo que en la "realidad" es pasajero y efímero. La primavera se irá, el paisaje se hará gris, pero el bordado de Nise estará intacto y colorido. Sorprende que a finales del siglo XVIII un poeta cubano defienda estas ideas a través de un tópico anacreóntico, que parecería una versión más sobre dicho motivo, pero que está proponiendo la superioridad y autonomía del arte con respecto a su modelo. Dentro de las discusiones sobre la imitatio, esta, que parte de un tema del anacreontismo europeo, es una propuesta interesante y novedosa. 

Rubalcava evidencia una clara convicción artística en estos versos y proclama, desde una perspectiva inesperada para su tiempo, la capacidad demiúrgica de las manos de una mujer; el poeta muestra el manto tejido como espejo de la belleza, la prolongación del logos en los nudos de la seda, en el paisaje escrito puntada a puntada por esta pastora insular. 

Mientras la Anacreontea griega y en general la tradición anacreóntica anterior y posterior al santiaguero (Meléndez Valdés, Iglesias de la Casa, Zequeira, Varona, Luaces, Plácido) describen y celebran la hermosura de la mujer, de su cuerpo como "areté", como única arma a destacar (recuérdese la anacreóntica XXIV sobre los dones de la naturaleza a los animales y a los hombres), Rubalcava se detiene en su labor, en su faena artística, íntima, doméstica y a la vez trascendente, se enfoca en la ductilidad, ligereza y habilidad de sus dedos. 

No es su cuerpo lo que alaba, no es su cuerpo lo que admira y describe, sino el paisaje que en sus manos alcanza vida y perdurabilidad, sino la seda y sus formas sostenidas por Nise  "que aprendiendo entre [s]us dedos a ser rosas/ viven sin marchitarse eternamente." 

En estos versos la mujer deja de valer solo por sus atributos físicos y vale también por sus acciones, por su obra, por su creación. Deja de ser objeto admirado y se vuelve sujeto admirable. Pasa de ser bien creada a crear bien.  

sábado 14 de enero de 2012

LINA DE FERIA: DEL ÁRBOL TRUNCO AL DIBUJO ESTELAR*







“…la única libertad por que muero…”
Luis Cernuda

Suelen algunos jóvenes asiduos al verso citar a esta mujer, enunciar su versículo o renglón lapidario, epigramático, como isla torcida que se cose a otras hasta encontrar imágenes recién estrenadas, archipiélago de señales. Su poesía con frecuencia tiene un modo tan absoluto de enunciación que asusta (“digo que al infierno hay que llevarlo dentro”1) y recuerda la manera tan asidua en que Martí generalizaba. A veces se descubre en sus textos un empeño por definirlo todo, por “nombrar” como modo de posesión y entendimiento, lo que le confiere a su obra un sentido agónico, de imposible, al que todo creador se enfrenta cuando pretende transformar lo vivido o pensado en hecho artístico, lo “incorpóreo” en “objeto tangible”.

Confieso que me acerqué a su obra como ejercicio académico y que es tarea fatigosa querer desentrañar, hendir el sentido oscuro de sus textos. Ni siquiera descubro con frecuencia en su poesía el modo de escritura que suele cautivarme y, sin embargo, en varias ocasiones algún poema suyo me ha convocado a un diálogo muy íntimo. Pero el crítico (y aquí soy categórico como Lina o Martí), más allá de su gusto personal, ha de tener el discernimiento necesario para diferenciar entre lo que se relaciona directamente con su sensibilidad y lo que tiene la calidad necesaria para que se reconozca, aunque no coincida con sus preferencias.

La memoria ha sido, puedo asegurar, el móvil más constante en la obra poética de Lina de Feria. En su última entrega, Absolución del amor2, queda confirmada esta idea. El tema amoroso no suele ser muy abundante en sus libros publicados, aunque casi siempre aparecen algunos poemas que refieren una pretérita pasión concerniente, de manera directa, al sujeto lírico, o a otro. En Absolución…, Eros se desliza como sierpe continua; el verso se adelgaza y encabalga con más fluidez, sin que se noten las costuras entre una imagen y otra, de manera semejante a El libro de los equívocos, donde es evidente la mayor ilación sintáctica y semántica, quiero decir de modo expreso y tangible en el texto, distinto de aquel estilo pindárico que impera en cuadernos como El ojo milenario. También en A mansalva de los años, libro que vio la luz después de veinte años de silencio editorial, se puede entrever el estilo diáfano y la concepción del amor como fuerza liberadora que caracteriza a Absolución del amor, pero no con la insistencia, emancipación y naturalidad que consigue en este último. Solo el tiempo, monstruo al cual venera, le ha permitido a la autora mirarse con la precisión que la distancia otorga, y ahora puede desplazarse en el pasado con la seguridad que le negaba la cercanía de los acontecimientos en Casa que no existía3, donde tanteaba el futuro, lo probable o se disolvía en segundas y terceras personas.

Cuando algunas de las voces más reconocidas de la creación poética femenina en el país tienden a abordar la maternidad o lo cotidiano en el contenido y en la forma predomina el texto cada vez más narrativo4, Absolución…opta por versos cortos y por recordar la pubertad, las experiencias eróticas en la edad temprana. Lina mira a la juventud, a la inocencia.

El poemario se divide en dos secciones: “Poemas del ayer” y “Poemas del presente”, pero en una y otra ella recuerda con satisfacción y con empeño, recupera vivencias que no había podido abordar con el sosiego y la franqueza con que lo hace aquí. No se detiene a describirnos el presente, sus cotidianas frustraciones. Eso queda al margen, solo se descubre en las citas de Wordsworth y Martí que encabezan, de manera respectiva, cada sección; o en unos pocos fragmentos, sobre todo en la segunda parte, cuando reconoce, por ejemplo, no saber “hasta dónde/ podré ver en el hoy/ el ayer de tus ojos”5. Me parece que no es solo “la gran puerta… para la resignación”6 que predecía cuando pensaba en su vejez lo que encontramos en Absolución…, por el disfrute parece ser más; aunque se puede alegar en contra que no es remedio para la frustración del presente permanecer recordando el pasado; sin embargo, como propuesta literaria me parece sólida (mucho más como contraste frente a la obra anterior de la poetisa), y si, por un lado, existen algunas alusiones al “hoy” como espacio para la desilusión, esto no impide que los textos vayan conformando en su lectura una especie de residencia arcádica y abran en la memoria un “locus amoenus”.

En Casa…, que mereció el premio David en 1967, el yo enunciante se detiene más en el prójimo que en sí mismo, con los primeros textos crea una galería de personajes familiares que el tiempo conduce a una destrucción paulatina. En los intentos de realización, estos encuentran la muerte, el lento desfallecer. La vida resulta una parsimoniosa destrucción: la concertista que (aunque “diferente”) se hunde en el piano, el hombre que construye su torre de silencio y soledad. Toda verticalidad lleva a una “no realización”, al desgaste. En oposición a esto, surgen veinte poemas que componen Absolución…donde la verticalidad sí permite al sujeto lírico sentirse realizado y se relaciona con la satisfacción y la plenitud del deseo. La armonía que logra se refleja hasta en la equilibrada división de diez poemas en una parte y diez en otra. Ahora no se detiene tanto en la otredad como en sí misma, no cuenta amores ajenos sino los suyos. Si en Casa… apuntaba al futuro, a la vejez venidera y descubrimos a saltos un tono profético, en Absolución… potencia el recuerdo de la niñez y del amor de juventud como si lo viviera nuevamente.

Su primer poemario7 viene a significar la pérdida de toda identidad; del espacio íntimo, familiar, estable. Es una especie de expulsión del paraíso. Desde entonces emprende un largo peregrinar, el éxodo, una búsqueda incesante (testimoniada por su obra poética) de la estabilidad y el sitio propios. Del otro lado está este último poemario publicado en 2005, que podría interpretarse como “el hallazgo” y ofrece al yo poético quietud y altura, esperanza fundada hacia atrás, en el pasado. Al ver frustrado todo intento de encontrar en el futuro o presente el equilibrio necesario o “su” lugar, la autora emprende un “nostos” dentro de sí misma, regresa, por medio de la evocación, a los momentos en que fue feliz, los selecciona, los reúne, los escribe y los enseña.

En otros poemarios hay un contraste entre la decadencia del tiempo sobre las cosas y la invulnerabilidad del recuerdo en la mente del sujeto lírico o de la raza humana (Heráclito afuera- Parménides dentro): “se vuelve a la casa donde nada permanece/ donde ya son otros el techo el jardín/ el olor de mi infancia que no tuve/ se ha quedado sobre el patio”8. Algo evidente tanto en Casa… como en sus demás cuadernos: ella ha pretendido con frecuencia crecer “hacia atrás/ como si las vías por las que anduve/ hubieran tergiversado la historia con fin menos triste”9, aunque no con muy buenos resultados.

El ojo milenario10 es otro ejemplo de la búsqueda incesante en el recuerdo y el tiempo acumulado; la poetisa crea analogías entre el pasado universal y el presente. Con un ojo recorre los milenios, los pasea, une los hechos con imágenes vertiginosas, yuxtapuestas, insólitas. Pero se lee un hondo pesimismo, un ser recortado que lucha por crecer y queda en el intento. La posesión de la verdad lleva a la ruina, como le sucedió a Laocoonte; la vida mutilada desea alcanzar el cielo, pretensión imposible: “el árbol trunco aspira a la memoria/ y empapela su tronco de hojarasca/ donde quepan historias y ciudades/ pero nadie tropieza/ con el cielo mortal que lo aquejumbra”11. Solo la verdad del amor le ha permitido al sujeto lírico crecer, tener estancias prolongadas en las alturas, entre los astros; y esto es lo que nos enseña Lina en Absolución…

Absolución del amor alcanza la verticalidad y la plenitud que en anteriores poemarios quedaban solo en el área de lo imposible. Lina, después de tantear otros caminos, libera el deseo y enfrenta, gustosa, todo peligro; queda mirando al “tú” que la acompaña; limita un espacio íntimo, anulante, cercano. No es la primera vez que ella habla desde un sujeto lírico que se marca en el discurso a veces como masculino y alterna con la voz femenina, esto es parte de su modus operandi y lo encontramos en el primer poema de Casa... Pero ahora su cántico al amor sáfico es desprejuiciado, espontáneo, suave, libre como la sintaxis.

Se advertía ya en “amantes de azoteas y andamios”12 (de un modo más pesimista13) un campo léxico-semántico que se enriquece en Absolución…; este se relaciona con la altura y alude al deleite y a la felicidad: castillo, palacio, azotea, planetillos, cometas, luna, estrellas, soles, arcoiris; el cual se une, junto al oro, a la idea de luminiscencia y colorido, dado también a través de imágenes plásticas. La niñez y el nacimiento apuntan a la etapa adolescente, idealizada; con esto se relaciona la navidad (ecosistema de la esperanza) y la estrella de Belén. La pasión juvenil se traduce en ocasiones en imágenes muy inocentes y en elementos miniaturizados (a lo rococó), que encarnan la torpeza y la ingenuidad propias de la adolescencia, y hacen más vívido el recuerdo. La autora no construye en cada verso una imagen que siga a otra y a otra, como en anteriores cuadernos; ahora las escoge, las prolonga, extiende, las demora junto al tiempo, no ya vertiginoso, sino detenido “como si los amaneceres/ nunca fueran a llegar”14. No obstante, las asociaciones siguen siendo insólitas. La sintaxis abunda en subordinaciones, especie de onda o espiral en que la imagen se esparce (vertiente que desde Casa… utiliza). También se mantienen algunos de los temas más caros a la escritora: el tiempo, la memoria (con menos pesimismo), o imágenes que recorren todos sus libros: la verticalidad, el mar, el árbol. Además, siguen las peculiares referencias a las manifestaciones artísticas: el cine, Vivaldi, Chopin, Coleridge, Wordsworth, Velázquez, Van Gogh…

En Absolución… recordar no es don oscuro ni castigo. Es regresar, dialogar, hallar compañía. Lina logra con este poemario convertir el árbol trunco en mapa estelar. Su vuelo es el contrario al de Altazor: Lina crece hacia atrás y hacia arriba, a la génesis, y se mueve entre los astros, libre (aunque reconozca desde el presente que “la felicidad/ tiene siempre un infortunio/ de desenlace”15 y sin dejar de caminar por el Prado o de describir a un mendigo). Lo que para la mujer de Lot fue destrucción, caída, inmovilidad para ella es vida ascendente y crecimiento. Una vez más corre el riesgo de mirar hacia donde los demás no. Su vuelo es el del Ícaro que Delfín Prats nos describe en “Para celebrar el ascenso de Ícaro”, o, mejor aun, al que ella misma aspira cuando habla de una fuga “llena de un misterio de un Ícaro para el que morir en la belleza no es morir”16. Lina entiende que solo la verdad del amor ha permitido al yo poético acceder a las alturas. Por eso apuesta y nos invita a que (“como quien echa/ por primera vez/ un bote a la mar”17) transitemos “por donde el amor/ continúa hallando/ el aliento imborrable…”18


1 Lina de Feria. El libro de los equívocos. Ed. Unión, La Habana, 2001, p. 30.
2 Lina de Feria. Absolución del amor. Ed. Unión, La Habana, 2005.
3 Este poemario puede consultarse en: El rostro equidistante. Ed. Oriente, Stgo de Cuba, 2001.
4 Esto se puede confirmar en Las altas horas de Teresa Melo, El cabaret de la existencia de Aymara Aymerich, Otras cartas a Milena de Reina María Rodríguez, La sucesión de Caridad Atencio, Parábolas de Cira Andrés.
5 “Poemas del presente”, “II”, en: Absolución del amor. Ed. Unión, La Habana, 2005, p. 37.
6 “cuando mi vejez detenga el tiempo…”, en: El rostro equidistante. Ed. Oriente, Stgo de cuba, 2001, p. 21.
7 Me refiero a Casa que no existía, citado anteriormente.
8 “La parentela” VII, en:Idem, p. 13.
9 “acostándose dentro”, en: A mansalva de los años. Ed. Unión, La Habana, 1990, p. 121.
10 El ojo milenario. Ed. Sed de Belleza, Santa Clara, 1995.
11 “XVII”, en:Idem, p. 29.
12 En: A la llegada del delfín. Ed. Unión, 1998, p. 43.
13 Digo pesimista porque en el poema citado hay referencias a la destrucción de la cúpula cristiana (a la cual se le llama “símbolo de la muerte de sacerdotes faraónicos y bíblicos”) y los monjes “fenecen como el roce instantáneo de la tarde”. De este modo se crea un contraste entre la caducidad de la religión y el deleite emancipado de los amantes, pero este goce parece ser efímero, porque existen (aunque sean olvidados frente al ser amado) “viajes descendientes”, y hay un regreso a la tierra, al tedio, a la tristeza en los últimos versos, lo que indica una pérdida de la altura, cosa esta que no sucede en Absolución del amor.
14 “Poemas del ayer”, “I”, en: Absolución del amor. Ed. Unión, La Habana, 2005, p. 11.
15 “Idem”, “VI”, en: Idem, p. 22.
16 “cuando el polvo llega a los espejos”, en: A mansalva de los años. Ed. Unión, La Habana, 1990, p. 109.
17 “Poemas del ayer”, “VII”, en: Absolución del amor, Ed. Unión, La Habana, 2005, p. 25.
18 “Poemas del presente”, “IX”, en: Idem, p. 50.



*ESTE ARTÍCULO FUE PUBLICADO EN LA REVISTA DÉDALO DE LA AHS (oct.-nov., 2007). A ÉL DEBO EL INICIO DE MI AMISTAD CON LINA DE FERIA. LUEGO VENDRÍAN LOS PASEOS POR 23 Y POR G EN LAS TARDES HABANERAS, LAS PELÍCULAS DE PAUL NEWMAN EN LA CINEMATECA, LAS CONVERSACIONES SOBRE PLOTINO, LAS TARDES EN SU CASA DE LÍNEA, SU FE EN MÍ, SU ALMA SIEMPRE SORPRENDIDA, SIEMPRE JOVEN, SIEMPRE AL LÍMITE. HOY COMPARTO MI TEXTO COMO HOMENAJE A ESA GRAN POETA, A ESA GRAN MUJER.

viernes 6 de enero de 2012

PREMIO DAVID DE POESÍA: EL FILOSO RESBALADERO DEL LENGUAJE


Si Baudelaire hubiera conocido la historia editorial cubana más reciente (1990-2010), seguramente hoy matizaría algunos de sus consejos a los jóvenes literatos. Para el francés “todo comienzo está siempre precedido y es el resultado de otros veinte comienzos que no se conocen”, y en eso estoy de acuerdo, inclusive es y debe ser el sentido de un premio como el “David”. En el caso del género de poesía este certamen tuvo un inicio en 1967 con Casa que no existía de Lina de Feria y Cabeza de zanahoria de Luis Rogelio Nogueras que todavía hoy siguen siendo poemarios paradigmáticos y difíciles de superar. Pero lo que significó este galardón literario en sus primeras décadas de existencia ha tenido sustanciales cambios de 2000 para acá.

Mucho se ha cuestionado la apertura editorial de los últimos años y el incremento de las ediciones provinciales, propiciatorias de publicaciones con poca calidad estética y de un número de libros que alarman a algunos estudiosos de la literatura convencidos de que la cantidad no coincide con las posibilidades reales de talento en ciertas zonas de la isla. Algunas revistas literarias, como Dédalo, han servido de soporte a este tipo de debates. Indudablemente las ediciones Risograph han permitido hacer visibles, a través de sus publicaciones y certámenes, a un número de autores que poco a poco han sido reconocidos a nivel nacional. Gleyvis Coro Montanet de Pinar del Río y Rubén Rodríguez de Holguín pueden ser dos ejemplos tangibles, evidencias de que entre la prolífera hojarasca editorial hay resultados que germinan.

Por otra parte, dadas las posibilidades reales de publicación en las provincias y a lo largo de todo el país, algunos premios literarios ya no despiertan el interés ni significan lo que pudieron representar para los jóvenes que se iniciaban en la literatura hace diez o quince años, cuando casi la única manera de tener una publicación era ganando un certamen. El “Pinos nuevos” de poesía y el “Calendario” ya permiten que el ganador o el aspirante tenga un libro publicado, pero el premio “David” no ha cambiado sus bases y sigue exigiendo que el participante sea inédito. ¿Debería también este readecuar sus requerimientos a las nuevas condiciones? ¿Es esta una testaruda resistencia que olvida los cambios inevitables que hoy se viven en el mundo editorial de la isla?

De modo prematuro muchas veces, sin permitirles los veinte comienzos de los que habla Baudelaire, sin la madurez y la depuración necesarias de los textos, la mayoría de los jóvenes que son vistos con algún talento publican su obra dentro de las editoriales de provincia, lo que les impide luego participar en el premio “David”, que por su tradición era la cantera principal de nuevos talentos para los iniciados en el mundo de las letras nacionales, en momentos en que publicar un libro era casi un milagro. Solo unos pocos escépticos de sus propias capacidades, o sin el exacerbado interés prematuro de una primera publicación, esperan comenzar en la sombra las veces que sea necesario hasta tener ante sí una obra que los convenza a ellos mismos como primer jurado.

Esta ha sido una de las razones por las que dicho concurso no premió durante un continuo número de años. Sumémosle a ello la exquisitez y parcialidad de ciertos jurados que ayudaron a hacer del “David” una especie de mito inalcanzable. Pero hace unos años la suerte (o el tipo de jurado) ha cambiado, lo que permite tal vez no tener un poemario consistente y perdurable como Casa que no existía, pero sí una continuidad de búsquedas y la aparición de nuevos nombres en el panorama literario nacional que a ratos se vuelve monótono y repetitivo. Quiero abordar brevemente los dos poemarios que reavivaron el certamen cubano en la modalidad de poesía después de algunos años en ser declarado desierto.

En 2007 una joven recién egresada de Filología ganó el premio “David” con el poemario Del diario de Eva y otras prehistorias. Yanelys Encinosa Cabrera establece en sus textos la (re)escritura como modo de rectificación de la historia o el mito. Sus poemas se mueven entre la veneración a Dios y a veces, como característica de la verdadera fe, sus textos rozan la herejía. De ese modo la joven erige el verso entre la blasfemia y la devoción. Y acaso este sea el fin último y el sentido más acabado de la literatura: basfemar/venerar.

Sin embargo, hasta en el momento de la trasgresión el tono de Yanelys Encinosa es pausado, vital y coherente. Procede a mostrarnos los contornos del mundo, a reescribir el Génesis desde la perspectiva de Eva (con demasiada ingenuidad a veces), pero a ello entrelaza la poesía como parto y creación, y se presenta a sí misma como terreno propicio para ensancharse y reproducirse, de modo tal que pueda ver desde la altura, como Dios, el mundo que se agranda en su abdomen, hasta que se abra y entonces vuelva Eva a tener libre albedrío. En cada gestación y nacimiento parece repetirse el milagro de la creación del mundo.

Los mejores poemas del cuaderno evidencian una depuración que persigue la concisión, el resumen, la frase corta, pero no con el objetivo de hacer un discurso intermitente o entrecortado. A pesar de la brevedad, de la elipsis, de la sintaxis interrumpida, las ideas se entrelazan, se continúan y pretenden, buscan la plenitud. No niega el sujeto lírico la imposibilidad de poder terminar la obra del creador, pues “no sabré hacerme del todo/ en las formas que has dejado”, sin embargo, en el reconocimiento mismo de esas limitaciones “habrá de permanecer/ cada desvelo/ cada crecimiento imperfecto”. De ahí que desde esa incompletez se pueda vislumbrar el todo, la unidad del logos.

Uno de los procedimientos más recurrentes en el poemario es el de invertir ciertos códigos aceptados de la Biblia, como que la mujer haya sido creada de la costilla del hombre, pues aquí la fémina es la costilla que sigue multiplicándose en costillas infinitas y dolorosas a través del parto.

El de Encinosa es un cuaderno de iniciación que dialoga también con la tradición grecolatina, con temas como la insularidad y marcado por el estado de gestación de la autora cuyo mayor mérito formal, a mi ver, dentro del panorama lírico contemporáneo en Cuba, es hacer del discurso cercenado, no un reflejo de la vida triste e incompleta, o una evidencia de la decepción y la frustración sociales; sino imagen de la plenitud de Dios, alcance desde la concisión y el silencio sintáctico de lo primigenio a través del lenguaje que se sabe y se reconoce imperfecto.

En 2008, otra joven graduada en Filología ganó el premio David. Jamila Medina Ríos teje, como una aracné lezamiana, escribe (cava) sus Huecos de araña. Medina asume el lenguaje como búsqueda que engendra posibilidades infinitas, interrelaciones, tejidos, intermitencias del pensamiento. Jamila es carolingia porque asume el legado literario y cultural, lo reescribe, lo filtra desde su propia sensibilidad, como mismo los carolingios tomaron la cultura helenístico-romana y la reinterpretaron a partir de sus nuevas visiones. Su texto iniciático “Yo sé la infinitud del psalterio de Utrecht” así lo demuestra, en el que también la descripción y su esteticismo son carolingios: miniaturiza con sutileza, el lenguaje es ekfrástico y al mismo tiempo de un marcado e insistente sentido visual. Como escenas, las frases se suceden, las palabras “son rostros del paisaje” que conforman un retablo medieval.

Hay una lucha en Jamila entre el río, la corriente, el tiempo y la búsqueda de la eternidad, en ese propósito de trascendencia, de congelación, de transformar lo efímero en eterno, de congelar en cristales las lágrimas, o de temer al pistilo que se gasta inevitabemente. Las palabras, los símbolos se repiten: árbol, río, ciervo... Y al mismo tiempo todo cambia, la muchacha que flota salta, “se quiebra como un huevo de plata”. El río y las espigas forman parte del discurso heraclitiano, y por ello, tal vez la trascendencia haya que entenderla de otro modo, cíclica, interminable, como el tiempo:

Las canoras espigas se despiertan
fustigan sus miembros arqueados
recobran la esbeltez
besan las márgenes serenas
toman sus vidas redondas y apuestan por los ciclos
la luna les confiere el poder de repetir
repetirse repetir repetir...
les advierte
que no existe
la fijeza

Jamila Medina tiene una innegable vocación modernista por la imagen. La imagen callada de los márgenes, el martirio silencioso de la hojarasca; la escritora capta la luz y el brillo mudo de un ejército que desmura y estetiza poco o poco la ciudad. La otra inquietud de la autora es el propio lenguaje: a veces, conceptuando, nombrando, textuando, el poema se mira a sí mismo, mediante un acto especular, metapoético, pero no ajeno a la idea, alza el cuello, se tuerce y se vuelve a nombrar, cavila la palabra, la desmiembra y en esa constante deconstrucción se explica, se piensa, crece, dispersa, enriquece el prisma semántico del verso. Léanse como ejemplos “Hojarasca”, “Langustia” y “Tragaluz”.

La autora se empeña en el cuerpo que persigue que es también el cuerpo del lenguaje, el cuerpo del poema, inclusivo, polítropo, polisémico. En Jamila no hay límite entre un espacio y otro, entre lo lingüístico y lo contextual, todo es texto, todo es tejido, todo es entramado de la araña que textúa “un campo de rizomas”, una “bahína conquistada”, “para abrir paso a un cuerpo rompiendo la maleza”. La tendencia al neologismo es necesidad vital en ella, asociaciones fónicas o etimológicas, híbridos, hipogrifos léxicos que representan boquetes por los que el sentido, por los que el significado respira, se desahoga de la estrechez asmática del lenguaje.

El poemario se mueve entre la insularidad y el continente, entre la mujer y la maternidad, entre la ciudad y su revés, entre la historia y su negación, entre el pálpito y la muerte, entre lo escatológico y la metáfora. En asuntos de forma es variable, polimorfo; va del verso escurridizo, fluido a la acumulación de imágenes, a la yustaposición tropológica, en ocasiones abigarrada y de una sintaxis oscura y de difícil penetración.

A la búsqueda continua de Jamila por la palabra, el concepto, el verbo que trascienda al propio lenguaje; opongo el orden discursivo más diáfano de Encinosa. A la carne gravitante, a la maternidad cercenada, al padecimiento oscuro de Medina, opongo el verso adánico de Yanelys, su vientre epifánico. Entre la sombra o la luz, entre la isla y el cuerpo, entre la incompleta sintaxis que ahoga o refleja en su imperfección el milagro divino, permanece el lenguaje como factor común, como parpadeo de lo eterno y cíclico, como matria, el filoso resbaladero del lenguaje para caer o agitar las alas.

jueves 29 de diciembre de 2011

Strike 3: un hombre de verdad. Una crónica de Carlos Manuel Álvarez



En el filme argentino Yepeto de Eduardo Calcagno, el profesor de literatura interpretado por Ulises Dumont declara que el fútbol es la épica de nuestro tiempo. Nunca olvidé esa idea con la que no estaba de acuerdo. Siempre detesté el béisbol y todo el escándalo solariego que lo circunda cuando vivía en Cuba. En España detesto el fútbol, principalmente cuando quiero entrar a un bar y sentarme tranquilo y no puedo porque todos gritan como poseídos, bacantes perdidas, todos, sin excepción.

Ha pasado el tiempo y no he olvidado la sentenciosa frase del personaje que, para colmo, era un gran escritor y un curtido conocedor del arte y la literatura. Una vez iba en un auto y escuchaba en la radio a un comentarista deportivo. Habían marcado gol. La forma en que el comentarista narraba, el acento, sus comparaciones, un símil inesperado, la emoción, el modo en que lo vivía y lo iba describiendo me hizo ver en él una especie de poseído, de iniciado, a la manera en que nos presenta Platón al rapsoda en su Ión o de la poesía. 

Entonces pude comprender por qué el profesor decía que el deporte era la épica de nuestro tiempo: tenemos dos bandos (ya sean aqueos vs. troyanos o el Real Madrid vs. el Barça) y un aedo que nos cuenta, que puede ser Homero, un comentarista deportivo o un cronista. En todos ellos hay importantes elementos en común: la capacidad de encarnar en la palabra el entusiasmo (enthusiasmós), y la habilidad de fabular, de recrear, de divinizar e idealizar la realidad.

Nunca he colgado en este blog un artículo de otro sitio. Pero al leer la crónica de Carlos Manuel Álvarez sobre el pítcher cubano Norge Luis Vera he quedado deslumbrado por la sencillez y la exactitud de su discurso. Un  aedo entre nosotros, me dije de inmediato, al percibir su tono pindárico. Y luego seguí viendo los artículos de este joven estudiante de solo 22 años  y me pareció que el periodismo en Cuba tiene un buen futuro garantizado con dos más como él. Un periodismo tan precario y custodiado como el de nuestro país. Ojalá que esa frescura en la palabra y esa exactitud en el decir se contagie y no decaigan cuando se gradúe y sea ubicado en algún centro de prensa nacional. Yo apuesto con esperanza por el porvenir e insto a que lo lean.

Hay devoción, elegancia en el detalle (al modo en que Homero describía la armadura de Áyax o Diomedes), entusiasmo, subjetividad que se agradece, comparaciones que reflejan una sensibilidad poco común en los periodistas deportivos, y una capacidad de relación, de crear interconexiones entre el béisbol, el ballet, el cine, la literatura y las referencias culturales en general, todas filtradas por sus experiencias vividas. Y ya es mucho. 

Yo envidio su verbo diáfano, su certera forma de decir, de definir, de declarar, de nombrar. Por eso me permitiré subrayar las frases que me parecen un logro encomiable, las frases que quiero hacer mías y compartir. Este artículo demuestra que no importa el tema cuando hay una mano que sabe escribir, el tema es una excusa para el que sabe fabular. A mí hasta me está gustando, después de leerlo, el béisbol. Me empiezo a preocupar. Carlos Manuel es el portavoz de la areté del béisbol cubano.

A la fabulación homérica hay que unir la enunciación desde un yo que vive, que se declara enamorado, apasionado de lo que escribe, un yo con momentos de inspiración pindárica. Nos entrega un Norge Luis Vera que se mueve casi como un semidiós en el terreno, uno de sus héroes de la infancia coreografiando, ritualizando el vacío. No obstante, su apasionamiento no llega a ser desmedido, no se pierde en él, le da un toque peculiar a sus atinadas definiciones. Encuentra el equilibrio exacto entre lo dionisíaco y lo apolíneo tanto para su verbo como para su epifánica descripción de Norge Luis Vera. Envidio su concisión, la misma que me hubiera hecho falta para que esta presentación fuese menos larga. Mis palabras son balbuceo. Lo que yo hubiera querido decir ya lo ha dicho Carlos Manuel. 

Aquí va, después de tanta dilación, la crónica.



(Texto e imágenes tomados de Cubadebate)

Strike 3: Un hombre de verdad (+ Fotos)



Cuando Vera lanzaba, yo pensaba que me iba a morir. Era, por si no le bastara el talento, pura belleza.
Salía con sus medias altas y su melancólica elegancia y casi como un ritual preparaba el box, aquel redondel de tierra donde dejaba de ser un pitcher para convertirse en un incesante despliegue de formas. En una demencial acrobacia de luz.
Con los spikes removía el suelo, lo medía. Luego se inclinaba y tomaba la pez rubia o miraba la pizarra o se ajustaba el uniforme, nada de suma importancia, hasta que se acomodaba la gorra y con su mirada imperturbable, una mirada de comerciante persa, se paraba de frente al plato e iniciaba, praxitélicamente, su endiablado windup.
Otros hablarán del Duque. Porque también subía la rodilla a la altura de la visera. Y se contorsionaba. Y a la gente le parecía que después de lanzar, no tendría forma de zafarse del enredo.
Pero el hombre que yo vi fue Norge Luis Vera. Es decir, más o menos lo mismo, aunque a mí siempre me parecerá mejor. Un bailarín del pitcheo. Que es en el beisbol la mayor de las artes. Si uno mira cualquiera de sus fotos, puede que lo confunda con Fred Astaire.
Cuando Vera lanzaba, yo me ponía duro frente al televisor. Su slider congelaba el ambiente. Era como un cuchillo de circo, siempre a la altura de las rodillas. No malgastaba lanzamientos. No intimidaba con su presencia. No gesticulaba más de lo normal. Era un estoico, un tímido, un romántico.
Dos héroes tuve de muchacho. Alexei Maresiev y Vera contra los Orioles. Dos cosas me deslumbraron. La belleza de Milady de Winter y, como ya dije, aquel windup. Dos cosas me sedujeron. La vida de Huck Finn y la mirada dura de comerciante persa.
Llegué a pensar, inocentemente, que Vera me decía algo a través de la pantalla. Pero después supe que no. Que no miraba hacia ningún lugar. Y que sus ojos tristes y su quijotesca ingravidez eran extrañas expresiones de su virtuosismo.
Cómo Vera, a pesar de ser un pitcher ganado por lo reflexivo, un pitcher que llevaba en el rostro la huella indeleble de la sabiduría, lograba ser implacable, es algo que no logro entender. Un pitcher inteligente, muy inteligente, y no por eso menos impetuoso.
Todavía lo veo, así, con el 20 en la espalda, con toda la carga a cuestas, alzando la rodilla, ladeando el rostro, soltando el brazo a tres cuartos, girando las muñecas a favor del tiempo, uno, dos, varios segundos… y la slider cayendo largamente, en un sitio impreciso que no es, pero que bien pudiera ser la eternidad. 

Carlos Manuel Álvarez

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lunes 26 de diciembre de 2011

Hable con ella (tema para una habanera)



Entre las guías turísticas que le regala el periodista Marco Zuluaga a Benigno Martín está la de Cuba, la última que se menciona en la enumeración que hace el enfermero Benigno cuando ambos salen del hospital. La inmovilidad y la capacidad de la mente de viajar, de inventarse un destino, un sentido lógico es uno de los tópicos que trata el filme "Hable con ella" de Pedro Almodóvar.

Recordaba la cinta más dispersa, menos coherente, sin embargo al repasarla esta madrugada he quedado sorprendido. Es un filme redondo. El ballet, el cine mudo, las referencias a la literatura de viaje son como tragaluces abiertos en la piedra, ékfrasis que dialogan con los dilemas que se presentan en el filme.

Cuando la vi en Cuba tenía cortadas las partes en que se habla sobre la vida en La Habana. Ahora me interesa poner a dialogar el tópico antes mencionado con las referencias a una realidad cubana que sigue siendo la misma hasta hoy y que Almodóvar utiliza como especie de mise en abyme, de puesta en el vacío, nunca mejor dicho, porque de escapar al vacío, al sinsentido va el asunto.

Entre el estado vegetativo de la joven Alicia y la vida de afuera, la posterior encarcelación de Benigno y los viajes que lee en las guías turísticas que escribió su amigo, el accidente de Lydia y la continuidad de la vida hay un factor común: la oposición de estos espacios, de estos referentes es bombardeada por los diferentes intentos de los que siguen conscientes y en vida: Benigno contándole los filmes de cine mudo a Alicia, o describiéndole el último ballet que vio; el torero hablando con Lydia, llorando, esperando por su despertar; Marco desde el exterior de la cárcel haciendo todo lo posible por ayudar a Benigno. Todos creen en el fin del encierro, de la inmovilidad, todos persiguen la vida, aguardan la esperanza de la recuperación del otro al que estiman, ya sea la paciente-amante, el amigo, o la novia.


Como una especie de símil itinerante aparece la isla de Cuba: entre las guías que lee Benigno durante las noches en la cárcel, él se siente identificado con la cubana, aquella mujer apoyada en una ventana frente al malecón como esperando que pase algo, que haya un cambio, inútilmente. "Mi guía favorita es la de La Habana", dice, "y me identifiqué mucho con esa gente que no tiene nada y que se lo inventa todo".


En esa comparación está la síntesis de todas las oposiciones que el filme representa: la búsqueda de la libertad, de un despertar o un desenlace que puede ser plural: el doloroso y lamentable suicidio en el caso de Benigno al ver toda esperanza perdida, la muerte de Lydia, y (por suerte) el despertar de Alicia que poco a poco va recuperándose y que en ese encuentro con Marco al concluir el filme (un cierre de composición anular) da lugar a la esperanza y a la continuidad de la vida, del deseo, del misterio...

Los personajes han tenido su final, doloroso o esperanzador. La cubana no. La habanera, que es el cuerpo nacional, ha quedado congelada en el símil de Almodóvar. Esa imagen permanece en perpetuo desasosiego, esperando aún. Ojalá que su espera no sea inútil, que su fin no sea el de Benigno, quien ha puesto sobre la guía cubana todas las pastillas con las que se ha de suicidar, colocando todas las esperanzas en ese último viaje, definitivo que decide emprender para encontrarse con Alicia, a la que cree muerta.






Ojalá que La Habana, esa muchacha que permanece de codos en el balcón y mirando al horizonte, pueda encontrar el modo de bailar aunque no vea nada, como sucede en el ballet que da inicio al filme. Que no se quede la joven de la isla en estado vegetativo o encerrada o inerte, que aprenda a levantarse y que logre rescatar con paciencia los triglifos y las columnas dóricas que en su ruina la siguen sosteniendo.  


  

domingo 25 de diciembre de 2011

Parábola de Ícaro en bicicleta


"Quieren pintar como el sol pinta, y caen."
J. Martí

"Dame las alas que formaste sobre el sol"
Alberto Tosca

Anda en su nuevo ciclo por el parque, a través de las aceras más altas que rodean los cuadrantes de arena en que otros niños corren y juegan, suben a los columpios, se deslizan por la canal.

En esa sonrisa por lo nuevo, en su vitalidad y en el pedaleo de su respiración están toda la felicidad y todo el horror, toda la fuerza y toda la vulnerabilidad humana, la potencia y la fragilidad.

Cae sin alas. La madre, asustadiza, se levanta de un pálpito casi a punto de ir hacia él. Desde el suelo, la mira, sonríe y se levanta. Vuelve a la maquinaria del equilibrio. El pie sobre el pedal, un leve salto, el primer empuje, el impulso. Y otra vez andando sobre las gastadas arterias de piedra. Algún día querrá volar.

La sangre no se ve cuando se sonríe, no es importante cuando se quiere llegar más allá de ella. Volverá a caer. Acumulará caídas. Amortiguará algunas, otras no. No bastan las cercas, los cuidados. 

Pedirá alas después de aprender todo equilibrio terrestre. Es un asunto de gravedad. Y en la gravedad está nuestro temor más cotidiano. Algunos no llegan a superarlo, no comprenden que en la caída también se funda, que en la caída también se vence, que el golpe es también hallazgo. 

Él querrá tocar el sol, corregirlo.



    

jueves 22 de diciembre de 2011

La sombra de tu cuerpo se demora



"El ídolo de las Cícladas" y "Las Ménades" de Julio Cortázar son dos textos narrativos en que determinado carácter sagrado, sobrenatural, sobrecogedor, mistérico, iniciático y hasta terrorífico del mito griego llega y se inserta en la mejor narrativa latinoamericana del siglo XX. 

Recuerdo también haber leído en mis tiempos de estudiante los versos que el argentino escribió sobre Cnossos en su libro Salvo el crepúsculo. Su poesía casi siempre me parecía el ejercicio en verso de un narrador, pero a veces, entre un prosaísmo y una sinceridad visceral y cotidiana, Cortázar alcanza un lirismo que se agradece y que conmueve por diversas razones. Ejemplo de ello son "Encargo", "Resumen en otoño" y "Después de las fiestas", resultados sólidos de un ejercicio poético encomiable, si pensamos que este hombre tenía alma y estrategia de narrador nato.

Semejante al entorno doméstico e íntimo de "Después de las fiestas", a la eternidad de lo perdido, del amor que permanece incluso después de haberse marchado, es el poema que hoy quiero compartir. En la escritura del mismo debió influir en Cortázar el haber traducido la novela Memorias de Adriano de Margarite Yurcenar. La labor traductológica dejó una especie de esencia lírica que se respira y se prolonga en estos versos cortazarianos.

El poema se titula "Adriano a Antínoo", y es un soneto con rima y metro irregulares. Sin embargo, influenciado por el lirismo diáfano de Yurcenar, Cortázar nos regala imágenes y descripciones poco frecuentes en su poesía. Adriano, desde el lecho, en el aire, en el paisaje reconoce la dolorosa prolongación del cuerpo ausente.

Como la sombra del joven que irrumpe irremediablemente en el primer verso, Antínoo, su muerte, su pérdida se desplaza desde el dolor de Adriano estilizado en el mármol, vuelto pálpito de la belleza en la piedra, a la ficcionalización de Yurcenar. La autora habla desde un Adriano narrador y envejecido que escribe sus memorias y recuerda, repasa su vida. Luego Cortázar traduce (que es otra forma de crear, de vivir, de encarnar) la novela de la autora francesa. Y termina escribiendo este soneto todavía sometido a la voz del Adriano narrador.

El emperador romano habla a su amante muerto, y, como leemos en "Después de las fiestas", parece decir al joven de Bitinia de una forma menos coloquial y más elaborada: "eras más que el tiempo". Todavía hoy, al leer estos versos, "la sombra de [s]u cuerpo se demora":

ADRIANO A ANTÍNOO

La sombra de tu cuerpo se demora,
eco fragante, centro de este lecho
donde mi amor te abrió la voz y el pecho
buscando el balbuceo de otra aurora.

No te olvidan las sábanas, añora su
lino el rubio juego, tu deshecho pelo
de espigas, el ardido trecho donde
la flor de la delicia mora.

Bajo un silencio de topacio, el río
de nuestra doble fuga arde su espuma
cada vez que mi mano se reposa

en este lecho donde fuiste mío.
Tu queja vuelve sobre tanta pluma
como tu sangre desde tanta rosa.

Julio Cortázar